HIPÓLITO T. SÁNCHEZ: Sagunt a Escena nació como un escaparate de la cultura valenciana, mediterránea y plural. Este año, bajo la batuta del PP en la Conselleria de Cultura, se ha convertido en una postal en blanco y negro donde el valenciano apenas aparece y la crítica independiente es declarada persona non grata.
La novedad más insultante: por primera vez en décadas, los críticos de Cartelera Turia —Nel Diago, Inma Garín y Silvia Hueso— no han recibido entradas para seguir y criticar los espectáculos. Un veto implícito, una maniobra que rompe una tradición histórica y que no puede explicarse como un simple “olvido administrativo”. En realidad, es la señal más clara de un cambio de modelo: un festival sin críticas incómodas, protegido del espejo donde se reflejan sus carencias.
El valenciano, reducido a atrezzo
De las dieciocho obras programadas, solo una es en valenciano, y ninguna en el Teatro Romano. Cero. Nada. Como si la lengua de Ausiàs March, Estellés o Fuster fuera un obstáculo escénico. Mientras tanto, el conseller «comegambas» José Antonio Rovira vende que fomenta “la cultura valenciana y las mujeres creadoras”. Pero los hechos lo contradicen: la lengua propia queda relegada a un rincón, tratada como atrezo exótico para que parezca que algo se hace, sin que en realidad se haga nada. La portavoz de Compromís per Sagunt, Maria Josep Picó, lo resume: “Este verano, el valenciano se queda a las puertas del Teatro Romano”.

La presentación oficial en el Teatre Romà era la ocasión perfecta para escuchar al máximo responsable cultural de la Comunitat. Estaba previsto que Rovira acudiera. No fue. Su agenda lo llevó, en cambio, a la mascletà de Alicante. El resultado fue una rueda de prensa convertida en trinchera, donde asociaciones de actores, bailarines y profesionales interpelaron a la secretaria autonómica Pilar Tebar y al director general del IVC, Álvaro López-Jamar. Sin el capitán al mando, la escena fue un retrato perfecto de esta legislatura: cultura a la deriva, con los mandos intermedios conteniendo el temporal mientras el puente de mando se dedica a otros festejos.
Recortes, precariedad y discursos vacíos
Las quejas del sector fueron demoledoras: recortes presupuestarios, desaparición de direcciones independientes en festivales clave , falta de distribución de producciones propias.María Almudéver, presidenta de AAPV, desnudó la realidad de los contratos: “¿De cuántos días son esas contrataciones? De dos”. La respuesta institucional, en boca de María José Mora, fue que el IVC “está en continua escucha”. Escuchar sin actuar no es gestión: es simulacro. Por mucha sonrisa que le ponga.
El patrón PP: cultura como decorado electoral
Lo que pasa en Sagunt a Escena no es un caso aislado, sino parte de una estrategia cultural del PP que ya conocemos: vaciar de contenido las instituciones, reducir el apoyo a la creación local, concentrar las decisiones en pocos despachos y relegar la diversidad cultural a un gesto cosmético.
En lugar de fortalecer a los creadores, se les precariza. En lugar de abrir los escenarios a todas las lenguas y formatos, se les uniformiza. En lugar de rendir cuentas, se venden planes estratégicos que nunca se presentan. Mazón prometió en 2024 un gran plan para “despejar el futuro” de la cultura valenciana; Rovira, en 2025, anunció una “reformulación” del IVC para impulsar “nuestras industrias culturales”. A día de hoy, nada. Ni plazos, ni medidas, ni recursos concretos. La excusa es que “la DANA cambió las prioridades”. La realidad: la cultura no está en la lista de prioridades.
Sagunt a Escena como síntoma
La exclusión de la crítica de Cartelera Turia, el arrinconamiento del valenciano, la ausencia del conseller y la falta de escucha real son piezas de un mismo puzle: una gestión cultural que prefiere festivales de cartón piedra a procesos vivos, que se incomoda con la disidencia y que usa la cultura como escaparate electoral más que como servicio público.
Sagunt a Escena debería ser un puente entre el patrimonio clásico y la creación contemporánea valenciana. Este año, se parece más a una postal controlada, donde el aplauso está previsto y la crítica está fuera de plano. Y eso, para un festival con más de cuarenta años de historia, es una tragedia que ni Sófocles hubiera escrito tan previsible.

