CARLOS LÓPEZ-OLANO: Radio España Independiente la llamaron la Pirenaica, aunque nunca estuvo en los Pirineos. Inició sus emisiones desde Moscú en 1941 y su primera directora fue Dolores Ibárruri, “Pasionaria”. Fue una radio libre que durante toda la Dictadura emitió para la Península Ibérica, ofreciendo información alternativa a la oficial del régimen. Las ondas de radio en esa época –en la que ni se soñaba con internet o las redes 2.0–, saltaban fronteras, sorteaban la censura y llegaban a las casas de los vencidos que podían atisbar como era el mundo más allá del Tribunal de Orden Público, de los Flechas y Pelayos y la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera. La Pirenaica fue siempre un enemigo a batir para la policía franquista: interceptaban la señal, entraban en las casas de los sospechosos y comprobaban si los receptores estaban sintonizados en su frecuencia para poder oír a los locutores de la radio libre. Si te pillaban, no te librabas de la prisión. Incluso en 1945 fusilaron a un hombre –se llamaba Alfonso Martínez Peña– por escuchar “emisoras rusas y clandestinas de Toulouse y Pirenaica”.
Hoy en día la radio pese a lo que piensan muchos no ha muerto, sigue siendo un importante medio de comunicación ahora además revitalizado mediante el fenómeno de los podcast y la difusión de los contenidos de audio por internet. Pero hay que reivindicar el papel que cumplió en la historia del siglo XX. El ministro nazi de propaganda Joseph Goebbels intuyó su poder –junto al del cine– para influir en las masas. Pero los aliados no se quedaron atrás en su uso como arma de difusión y de influencia internacional: las emisiones del World Service de la BBC que aún hoy en día se hacen en cuarenta y dos idiomas se iniciaron durante el ascenso del fascismo. Y no se pierdan este detalle que es muy importante: son financiadas, entonces y ahora, por el Foreign Office, el ministerio de Exteriores británico. Durante el franquismo, la programación radiofónica en español que podía captarse gracias a la onda larga desde el interior del país era diversa: BBC Mundo, Radio París o Radio Praga Internacional mantuvieron sus contenidos durante decenios. Con diferencia, la emisora más escuchada fue la que patrocinó el PCE: Radio España Independiente.


A lo largo de los años, se convirtió en una auténtica leyenda de la lucha antifranquista. En los tiempos de la autarquía era la voz de la esperanza, la que denunciaba las injusticias, la que daba voz a los mineros de Asturias, la que denunciaba los silencios de Radio Mentira que es como llamaban a Radio Nacional. Nadie sabía muy bien donde estaba, pero a su sede llegaban cada año miles de cartas de españoles que eran leídas en antena, en las que se narraban las penurias de los vencidos, la vida cotidiana de los que lidiaban con las condenas a muerte y el ostracismo interior. La intrahistoria de los torturados, hambrientos y explotados. Eran poetas, maestros, campesinos o estudiantes, que denunciaban los desmanes de los señoritos, de los curas, caciques y terratenientes, y que encontraban en esas voces que salían de las antiguas radios de galena, un resquicio por el que entraba un rayo de luz.

Nunca estuvo en los Pirineos: el PCE jugaba al despiste, para desorientar a la policía franquista. De Moscú se mudaron a los montes Urales huyendo de la Wehrmacht, y después a Bucarest (Rumanía) en 1955, desde donde emitieron durante veintidós años. La sede de la Pirenaica se estableció en un palacete ubicado cerca de la residencia del presidente Nicolae Ceausescu. Nada recuerda en su fachada que desde este lugar se emitió para España durante tantos años, que un puñado de heroicos locutores hablaban con libertad a los que se habían quedado atrapados dentro de la larga noche del franquismo. El bello edificio alberga ahora el archivo del cercano Museo del Campesino, y no está abierto al público. Lo sé, porque estos días he visitado este lugar que considero importante para la historia de España. No fue fácil, pero gracias a la amabilidad de una veterana funcionaria que sí recordaba que hubo un tiempo que la casa estuvo llena de periodistas y locutores españoles, pude entrar al antiguo estudio de radio, ahora cerrado a cal y canto bajo llave. Y ahí está: conservado tal cual como cuando se clausuraron sus emisiones en 1977. Con sus paredes forradas de madera y su pecera de cristal que comunicaba con la sala de control. Ahora está lleno de trastos viejos y de libros apilados, pero de ese mismo espacio era de donde salían las emisiones hacia una España que estaba a cinco mil quilómetros, y donde los oyentes se jugaban la vida por oír lo que decían los locutores de la Pirenaica, porque su voz, era la de la Esperanza para los que lo habían perdido casi todo.

Entrar allí, en este lugar vedado y olvidado por la historia donde no todo el mundo puede acceder, fue emocionante para mí. Imaginé a Concha Limia, la última voz de Radio Pirenaica, despidiéndose de sus oyentes por última vez, después de 108.359 emisiones recibidas tan lejos y tan cerca, siempre con miedo, siempre en soledad. Lo hizo después de retransmitir la primera sesión de las nuevas Cortes de 1977. “Buenas noches, amigos oyentes. Hasta muy pronto a través de los medios de comunicación democratizados”. Dicen que leyó estas palabras con los ojos anegados en llanto. Y no me extraña. Me pregunto qué sentirían todos aquellos periodistas que durante treinta y seis años lucharon contra Franco desde las ondas si leyesen, si escuchasen, los medios de comunicación y las redes de hoy en día. Polarizados. Partidistas. Ensañándose con las piezas que les ofrecen los partidos con los que, cualquier observador avezado, descubriría las deudas. Licenciaturas y másteres de uno y otro bando, ahora. Libertad y democracia, entonces. Tal vez aquellos hombres y mujeres volverían a llorar.

