Algo se rompió en la gala. No fue el protocolo. No fue la estética. Fue la paciencia. Cuando parte del sector cultural valenciano, reunido en su noche grande, rompió a gritar “Mazón dimisión”, no solo estaba expresando una indignación política. Estaba rompiendo el pacto tácito del silencio, ese que durante años ha permitido al poder tratar la cultura como un escaparate, no como una herramienta crítica.
Lo que ocurrió en esa gala no fue una anécdota. Fue un síntoma profundo de la deriva cultural del PP. De un gobierno que ha decidido dar la espalda a los creadores, intervenir programaciones, recortar presupuestos y aplicar una estrategia de poda ideológica en teatros, festivales y centros de producción. Un gobierno que ya no disimula: prefiere una cultura dócil antes que una libre.
Los gritos que incomodaron al Palau de la Generalitat fueron, en realidad, un eco de un malestar creciente. Porque mientras se reducen ayudas, se congelan presupuestos y se clausuran voces, el Consell sigue colocando piezas fieles en puestos clave. Una de ellas es María José Mora, actual responsable de Artes Escénicas del Institut Valencià de Cultura. Su nombramiento no es nuevo —fue impulsado por Compromís durante su etapa en Dansa València—, pero su permanencia ahora incomoda incluso a los que antes la auparon. No por su profesionalidad, sino por su alineamiento acrítico con una política cultural cada vez más errática y desconectada del sector.
La comunidad escénica, cansada de las promesas y de las fotos, ha empezado a hablar alto. Y cuando el teatro se levanta, el poder tiembla, porque sabe que lo simbólico es más potente que cualquier nota de prensa. Mazón ha optado por atrincherarse en su discurso vacío de libertad cultural, mientras ahoga a quienes no comulgan con su narrativa. Y quienes hasta hace poco callaban, hoy empiezan a señalar a los que sostienen ese sistema desde dentro, incluso a los que llegaron con otras siglas y hoy sirven de parapeto para una política que desprecia el arte cuando no le baila el agua.
No es solo una cuestión de siglas. Es una cuestión de respeto. De entender que la cultura no es un premio, es un derecho. Y que quienes la crean no están al servicio de ningún partido, sino de la sociedad.
La cultura valenciana no se calla. Y eso, por suerte, todavía no pueden evitarlo con un decreto.

