GERARDO LEÓN: ‘Hamnet’, ‘Los pecadores’, ‘El sonido de la caída’, ‘Sirat’, ‘Sorda’, ‘Los tortuga’, ‘Yo no moriré de amor’, y tantos otros títulos, en apariencia temáticamente dispares, pero que tienen algunos denominadores en común, han asaltado en los últimos años la cartelera y las plataformas de streaming.
Este cine se reconoce por varias características. La primera de ellas es la ausencia de una verdadera narración. Son películas en las que no hay una historia propiamente dicha. Lo que hay es un tema de fondo que se quiere representar, generalmente asociado a distintas causas de orden social. Hasta aquí ningún problema. De haber algún problema, lo encontramos en que, a diferencia de autores como Ken Loach o los hermanos Dardenne, viejas voces de un cierto cine comprometido, estos nuevos cineastas no construyen relatos que nos pongan sobre determinadas realidades, lo que construyen son aparatos fílmicos que sirven de excusa para, simplemente, enumerar o poner en pantalla dichas problemáticas. De esta forma, en este tipo de cine los personajes no se enfrentan a un conflicto concreto que deberán resolver o abordar, sino que son vehículos ficcionales para representar una serie de situaciones que vienen adheridas como signos, hitos de esa cuestión que se quiere plasmar en la pantalla. Con frecuencia, en este tipo de películas no hay un algo que quede resuelto, en todo caso, hay un algo que queda expuesto, explicitado, es decir, enunciado (de ahí la etiqueta de “cine enunciativo” con la que hemos titulado este artículo), de tal forma que es eso dicho, explicitado, lo que debe ser, del alguna manera, no comprendido, sino simplemente reconocido. No serían películas que abordan, afrontan o exploran, a través de la ficción, tal o cual situación y sus consecuencias (el racismo en la América profunda en ‘Los pecadores’, la situación de la mujer en Alemania a lo largo del siglo XX en ‘El sonido de la caída’), sino que las expone, obviando o esquivando un verdadero tratamiento dramático.

Tengo mis dudas sobre si este tipo de cine es el resultado de una tendencia o corriente de estilo o una estrepitosa caída en la calidad de las historias que proponen estos nuevos narradores, a una falta de verdaderos fundamentos para abordar la complejidad de las cuestiones que dicen abordar. Sea como sea, la otra pata de este cine apelaría a un espectador que aparece aquí como un sujeto pasivo, que no participa de lo contado, sino que asiste al espectáculo, bien como cómplice de dichas causas, al entrar en el juego del reconocimiento, o, en el otro polo, como un simple receptor de dichos mensajes, pero manteniendo una distancia contra-interactiva con la narración. En este cine, el espectador no “descubre” nada, no evoluciona emocionalmente con el desarrollo de la trama, simplemente “recibe”, asume (si lo acepta) aquello que queda dicho o mostrado.
Aparece, así, un cine que se va recluyendo en un espacio cerrado, un cine de nicho dirigido a un espectador que ya reconoce dichos signos antes de entrar en la sala, pero que creo que deja fuera a ese otro público no implicado previamente en lo enunciado, que carece de las herramientas necesarias para acceder a dicho reconocimiento (y no tiene por qué). Un espectador que, con frecuencia (se ve en los comentarios de plataformas como Filmin), se aburre a la espera de que le cuenten una historia que le permita disfrutar, sufrir con lo contado, embeberse de una verdadera experiencia emocional. La proliferación en cartelera de este tipo de cine, justificado por los premios que recibe en los festivales, cada vez menos prestigiosos, está expulsando al público de las taquillas. En una noticia reciente, se señalaba la desaparición del cine estadounidense de un festival como Cannes. Un cine made in USA que no acaba de encontrar cómo dirigirse al público contemporáneo, más allá de la repetición de ciertas formulas ya contrastadas. En dicho certamen, una larga lista de prestigiosos cineastas reclamaba a las autoridades europeas más ayudas para financiar un cine “independiente”. Pero, ¿qué es hoy el cine independiente? A tenor de los estrenos que nos llegan, el cine europeo parece que va a seguir los pasos de nuestros “amigos americanos”.

