Cartelera Turia

TERREMOTO RODRIGO CUEVAS

Man with a mustache wearing a pale yellow shirt ties a scarf-like accessory outdoors beside a white wall and green door in the background.

VERÓNICA PUIG: Hay artistas que sabes exactamente dónde colocar desde la primera escucha. Rodrigo Cuevas no es uno de ellos. Aparece en escena y, en cuestión de minutos, desmonta cualquier etiqueta previa: no es solo músico, ni solo performer, ni solo provocador. Es un híbrido incómodo que funciona precisamente porque no se deja domesticar.
Rodrigo Cuevas lleva tiempo jugando a ese equilibrio entre lo popular y lo contemporáneo, entre lo festivo y lo político, entre la carcajada y el pellizco. Pero lo hace desde un lugar muy concreto: el de alguien que ha decidido mirar hacia atrás no para reproducir el pasado, sino para reescribirlo. En sus manos, el folklore deja de ser reliquia y se convierte en materia viva, moldeable, casi peligrosa.
Su trayectoria es un ejemplo bastante claro de cómo construir un camino propio sin pedir permiso. Desde aquellos primeros trabajos donde ya mezclaba tradición con electrónica hasta el salto cualitativo de Manual de cortejo, Cuevas ha ido afinando un lenguaje muy personal. No se limita a reinterpretar canciones antiguas: las transforma, las lleva a otro terreno, las hace dialogar con el presente. Y en ese proceso introduce humor, ironía, erotismo y una conciencia política que nunca se vuelve explícita, pero siempre está ahí.
Parte de esa autenticidad tiene que ver con su decisión de vida. Mientras muchos artistas orbitan en torno a las grandes ciudades, él eligió instalarse en una aldea asturiana. No como gesto estético, sino como forma de entender el mundo. Desde ahí construye un imaginario que reivindica lo rural sin caer en la postal ni en el cliché. Gallinas, huertos, afectos, tiempo lento… elementos que en su discurso no son decorado, sino estructura. Una manera de resistir, también, a un modelo cultural cada vez más homogéneo.
Sus conciertos son otra historia. Ahí es donde todo cobra sentido. Cuevas no actúa, despliega. Hay música, sí, pero también hay teatro, cabaret, improvisación, juego constante con el público. Un espectáculo que puede pasar de lo íntimo a lo desbordante en cuestión de segundos. Y siempre con esa capacidad de seducción que lo convierte en un animal escénico poco común en el panorama actual.Con La Belleza, su nuevo proyecto, el salto es evidente. No tanto en escala —aunque también— como en profundidad. Cuevas se adentra en un concepto tan resbaladizo como el de la belleza y lo hace sin caer en lo decorativo. Para él, la belleza no es solo armonía o estética, sino una experiencia compleja, a veces contradictoria. Puede ser calma, placer, conexión… pero también obsesión, inseguridad, incluso oscuridad.

Magazine cover featuring a shirtless man with a blue headscarf, arms crossed, against a light blue backdrop. Bold blue text across the bottom reads 'TERREMOTO RODRIGO CUEVAS'. A vertical red masthead runs along the left side, and the top-right corner shows the issue number, date, and price.
Ese discurso atraviesa tanto el espectáculo como el nuevo material en el que está trabajando. En lo musical, se percibe una apertura mayor: más capas sonoras, más libertad estilística, menos dependencia de lo estrictamente tradicional. El folklore sigue siendo el punto de partida, pero ahora convive con electrónica, postpunk, bolero o lo que haga falta. Sin prejuicios.
El adelanto de esta nueva etapa, Un mundo feliz, es una buena muestra de todo eso. La colaboración con Massiel —que vuelve a grabar tras dos décadas— no es solo un gesto simbólico, sino una forma de tender puentes entre generaciones. La canción juega con la idea de utopía desde la ironía, con una letra que reivindica la libertad individual sin caer en el discurso solemne. Hay humor, hay provocación y hay, sobre todo, una mirada crítica que no renuncia al disfrute.
También en este nuevo trabajo aparecen otras voces como Zahara o Ana Belén, en un álbum que se perfila como el más abierto y colaborativo de su carrera. No se trata de sumar nombres, sino de ampliar el universo de Cuevas, de tensar su relación con la tradición y llevarla a otros lugares.
Lo interesante es que, pese a todo este crecimiento, no pierde lo esencial. Sigue siendo ese artista que entiende la cultura como un espacio de juego y de cuestionamiento. Que se ríe de los códigos mientras los utiliza. Que reivindica lo popular sin convertirlo en producto.
En un momento donde gran parte de la industria tiende a lo homogéneo, a lo previsible, Rodrigo Cuevas representa justo lo contrario: la rareza, la mezcla, la libertad. Y eso, más que una pose, es una forma de resistencia.
Rodrigo Cuevas visitará València el 26 de julio.

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