REDACCIÓN: Entre naufragios, disfraces, islas perdidas y personajes empeñados en huir del amor, el Teatre Talia de València acoge uno de los grandes acontecimientos teatrales de la temporada: el estreno de La Ternura, la célebre comedia de Alfredo Sanzol que conquistó público y crítica hasta convertirse en uno de los fenómenos escénicos más importantes del teatro español reciente. La producción, impulsada por Olympia Metropolitana junto a El Punt de la I, podrá verse del 20 de mayo al 28 de junio y supone además una nueva apuesta por acercar al público valenciano textos contemporáneos que ya forman parte del repertorio esencial de la escena española actual.
Hablar de La Ternura es hablar también del regreso de la gran comedia teatral entendida no como un entretenimiento superficial, sino como un artefacto inteligente, emocional y profundamente humano. Alfredo Sanzol, uno de los dramaturgos y directores más importantes de las últimas décadas en España, construyó aquí una pieza que bebe claramente del universo shakespeariano, especialmente de obras como La Tempestad, Noche de Reyes o Mucho ruido y pocas nueces. Pero lejos de limitarse a un homenaje académico, el autor transforma esos códigos clásicos en una comedia moderna llena de ironía, deseo, contradicciones y heridas emocionales reconocibles para cualquier espectador contemporáneo.
La historia arranca con una premisa tan absurda como brillante. La reina Esmeralda, una mujer desencantada con los hombres y con el poder que estos han ejercido sobre su vida, decide huir junto a sus dos hijas hacia una isla desierta para vivir alejadas para siempre del universo masculino. Para lograrlo provoca un naufragio gracias a sus habilidades mágicas y desembarca en un territorio aparentemente aislado del mundo. Lo que ignoran es que esa isla ya está habitada por un leñador y sus dos hijos, quienes llevan años escondidos allí precisamente para no volver a relacionarse jamás con ninguna mujer.
El choque entre ambos mundos desencadena una cascada de malentendidos, identidades ocultas, disfraces y tensiones amorosas que convierten la función en una maquinaria cómica de precisión casi perfecta. Pero como sucede en las mejores comedias clásicas, detrás del humor y del juego teatral aparece una reflexión mucho más profunda sobre el miedo, la vulnerabilidad y la necesidad humana de conectar con los demás.
Porque La Ternura no habla realmente de hombres contra mujeres. Habla del miedo al sufrimiento. Del impulso de encerrarnos emocionalmente después de las decepciones. De esa tentación contemporánea de blindarnos frente al daño afectivo levantando muros, ironías o distancias de seguridad. Y precisamente ahí reside buena parte de la belleza de la obra: en reivindicar la ternura no como algo ingenuo o débil, sino como un acto de valentía.
En un tiempo marcado por el cinismo permanente, las relaciones líquidas y cierta incapacidad colectiva para mostrarse vulnerable, la obra de Sanzol funciona casi como una pequeña rebelión emocional. Sus personajes se esconden tras disfraces físicos y emocionales para evitar el dolor, pero terminan descubriendo que vivir sin amar también implica una forma silenciosa de derrota.
La producción valenciana está dirigida por Rebeca Valls, una de las figuras más reconocidas del teatro valenciano contemporáneo, que afronta el reto de trasladar al escenario esa mezcla delicadísima entre ritmo de comedia clásica, poesía emocional y caos sentimental que define el universo de Sanzol. El reparto, formado por intérpretes como Jordi Ballester, Diego Braguinsky, Paloma Vidal, Paula Braguinsky o Bruno Tamarit, se mueve además en un registro muy físico y coral donde el trabajo actoral resulta fundamental para sostener el tono vibrante y lúdico de la función.
Uno de los mayores aciertos de La Ternura es precisamente su capacidad para hacer convivir diferentes capas de lectura. El público puede disfrutarla simplemente como una comedia disparatada llena de situaciones hilarantes, diálogos afilados y ritmo frenético. Pero también como una reflexión sofisticada sobre las relaciones humanas, el deseo, el miedo y la dificultad de convivir con nuestras propias contradicciones emocionales.
Y quizá por eso la obra ha conectado tan profundamente con espectadores tan distintos desde su estreno original. Porque bajo su apariencia luminosa y festiva esconde preguntas incómodas que atraviesan nuestra época: ¿hasta qué punto nos protegemos demasiado? ¿Cuánto miedo hay detrás de quienes aseguran no necesitar a nadie? ¿Es posible amar sin aceptar antes nuestra propia fragilidad?

