VERÓNICA PUIG: La historia de María Jesús Moreno, alias Maje, ha dado un nuevo giro. Esta vez no en los juzgados, sino en el escaparate global del entretenimiento. La película basada en el mediático crimen de Patraix, ocurrido en 2017, ha escalado con vértigo al número 1 del Top 10 de Netflix España en apenas 48 horas desde su estreno. El algoritmo ha hablado: la historia de la enfermera valenciana que orquestó el asesinato de su marido —a manos de uno de sus múltiples amantes— fascina al público.
Y esa fascinación, como en tantos otros casos, abre un debate incómodo: ¿hasta qué punto el true crime es justicia narrativa o espectáculo voyerista?
El film, de factura eficaz y ritmo adictivo, recrea con detalles milimétricos el triángulo amoroso, la manipulación emocional y la ambición soterrada que llevaron al asesinato de Antonio Navarro, ingeniero de 36 años. A través de dramatizaciones, archivos judiciales y testimonios (algunos con nombre y otros con sombra), la película reconstruye una historia que tiene todos los ingredientes de un thriller: celos, sexo, traición, Valencia como telón de fondo… y una protagonista que desafía los estereotipos de género y maldad.
Lo que convierte este caso en material de película no es solo el crimen, sino la frialdad metódica de su autora. Maje no mató por impulso. Mató por planificación. Por poder. Por aburrimiento. Por ese oscuro deseo de salirse siempre con la suya. Como si la vida fuera un juego donde todos los hombres eran peones sacrificables en su tablero personal.
Pero si algo incomoda en el éxito de esta película es la normalización del morbo. La estetización del crimen. La construcción casi mitológica de una figura criminal que, sin quererlo, empieza a poblar el imaginario pop. No es la primera vez: lo vimos con Rocío Wanninkhof, con José Bretón, con El Príncipe de los Gitanos… Y ahora es Maje quien se convierte, involuntariamente o no, en personaje de culto para una generación criada a golpe de miniseries judiciales y narrativas true crime.

El estreno coincide con el aumento de productos audiovisuales que revisitan crímenes reales sin apenas distancia temporal. En València, la sombra de Maje aún flota por el barrio de Patraix, donde algunos vecinos siguen recordando la frialdad con la que la enfermera fingió dolor, acudió al funeral de su marido e incluso culpó a su amante cuando la investigación se cerraba sobre ella.
Ahora, esa misma historia se ve en pantallas de todo el mundo con subtítulos en inglés, francés o alemán. Netflix lo llama contenido global. Otros lo llaman banalización de la tragedia.
La pregunta queda flotando: ¿estamos informando o estamos entreteniendo? ¿Recordando a la víctima o consolidando el perfil de la asesina como icono audiovisual?
La respuesta, como Maje, probablemente esté manipulando a todos al mismo tiempo.

