Tiburón o la metáfora anticapitalista.
ANDREA MOLINER: Es verano en la costa de la ficticia localidad de Amity. Las rayas de los barñadores surcan las curvas de niños y mayores. El empalagoso olor de la crema solar lo inunda todo. El paraíso de la infancia se traduce en gritos deshinibidos, imaginativos juegos e impetuosos chapoteos. Alex pide permiso a su madre para volver a probar la efímera promesa de libertad que ofrece el azul del mar. Ésta accede no sin escapársele un minísculo gesto de recelo que como espectadores no puede evitar ponernos en alerta al tiempo que el jefe de policía Martin Brody no quita ojo de la fina línea del horizonte, aquella que separa las profundidades del infinito, el arecife de las nubes, las criaturas que surcan el piélago de las que lo sobrevuelan, el cielo del infierno.
Un vecino de dudoso gusto para la moda de baño emerge tras dejar atrás a una señora flotando en posición de estrella de mar. Una joven chilla, desaparece bajo el agua unos segundos para después lucir una sonrisa sobre los hombros de un adolescente. Falsa alarma. La mujer de Brody, cuya única presencia (muy en consonancia con los años en los que se ambienta esta historia) responde al arquetipo de ciudadora emocional del protagonista, se apresura a rebajar la tensión que se acumula en los hombros de éste con un torpe masaje. A unos metros, un nutrido grupo de niños se levantan en tromba hacia la orilla. El pequeño Alex hace rato que juega a los marineros sobre una precaria colchoneta amarillo limón a una distancia en la que es imposible hacer pie.

Un hombre llama a su perro pero éste no da señales de vida. El palo flotando sobre el agua no ofrece un buen augurio. Brody parece abandonarse a los placeres de la estación entornando los ojos. Algo se mueve bajo los pies de los inocentes bañistas. Avanza con rápidez. Últimas patadas pulverizantes y ¡zas! Bocado. El rojo torna en pesadilla el anestesiante sueño en el que cada julio se sume Amity. Aquel que los infla como un globo y los empuja a creerse invencibles. Pero éste se rompe, como la colchoneta de Alex, un nombre que, en cuestión de segundos, ha pasado a ser un recuerdo, incluso en los ahogados gritos de su madre. De nada ha servido el histórico zoom al rostro del jefe Brody ni sus airados gestos, el escuálo ha decidido atacar de nuevo y la isla no está dispuesta a que una criatura proveniente del averno les arruine la temporada alta.
Nada como el terror para hacernos cosquillas ahí donde no queremos que se sepa o para remover el caldo de los debates/miedos colectivos. Eso mismo pensó Peter Benchley cuando, inspirado por la muerte de cuatro bañistas en las costas de Nueva Jersey de pincipios de siglo XX (con su consecuente histéria colectiva materializada en toda una orda de “voluntarios” a la caza de la sanginaria bestia) y en las memorias de Frank Mundus –una suerte de Capitán Ahab de los tiburones– decidió escribir la novela que lo colocaría en las listas de los autores más vendidos de mediados de la década del siglo pasado. Sin embargo, lo que no imaginaba este periodista que bien podía presentar un artículo para publicarse en el National Geographic como escribir los discursos del presidente Lyndon B. Johnson era que su gran obra literaria acabase en manos de un joven Steven Spielberg, cambiando la historia del cine para siempre. En el verano de hace exactamente cincuenta años no sólo se ampliaron los horizontes en lo que al género de terror disfrutado o sufrido en pantalla grande se refiere, también transformaron las reglas de la industria cinematográfica. Habían nacido los blockbusters estivales, los taquillazos masivos, una nueva forma de comunicación entre la cinta y el futuro espectador a través de los anuncios en televisión y la venta de los primeros productos asociados (juegos de mesa, camisetas, vasos, toallas de playa, pistolas de agua, el vinilo de la impecable banda sonora de John Williams…).
Como ya le sucedió a otros autores – Ira Levin o Peter Blatty por ejemplo- los más de cuatrocientos millones de dólares recaudados en todo el mundo opacó en gran medida el relato original, el de Benchley, cuya afilada pluma apuntaba directamente a la yugular del problema. Si en la adaptación cinematográfica las irresponsables arengas del alcalde Larry Vaughn se quedan en un segundo plano en favor de la aventura y el suspense, en la novela se ahonda profundamente en las tensiones entre quienes prefieren hacer oídos sordos al problema para seguir llenándose los bolsillos con el dinero que deja el “apacible verano” en Amity y los que, por el contrario, prefieren sacrificar el baño en la playa si eso sirve para salvar vidas. El debate de siempre y que tanto nos suena, pero tras una brillante y efectiva metáfora. La de esa setentera versión de Moby Dick capaz de zamparse el Carpe Diem y el dulce pero irreal sueño de evasión.

