COCOLISO: LA ENTREVISTA de Emiliano García-Page en La Razón no es una reflexión: es una operación. Una ofensiva susanista clásica, de las de antes, con aroma a naftalina y a despacho cerrado. El mensaje es claro: Sánchez sobra. Y lo dicen los de siempre, los jarrones chinos que jamás aceptaron perder el control del aparato. González, Ibarra, Jordi Sevilla, Page… el viejo PSOE vuelve a reclamar la herencia como si el partido fuera una finca familiar. No ofrecen proyecto, solo ajuste de cuentas. Cuando el presente incomoda, se invoca al pasado.
LA FRASE de Page no es casual: es marco moral. No discute políticas, discute legitimidad. Viene a decir que la militancia no es suficiente, que la democracia interna es sospechosa si no gana quien debe ganar. Es el argumento perfecto para desacreditar liderazgos incómodos: ganar no basta, hay que hacerlo como ellos consideran aceptable. Curioso concepto de limpieza democrática el de quienes nunca cuestionaron pactos con la derecha, pero ahora descubren la ética cuando toca ajustar cuentas internas.
EL SALTO retórico es revelador. Page pasa del análisis político a la insinuación moral sin despeinarse: quien pacta “mal” acaba comportándose “mal”. No aporta datos, aporta sospecha. Es el viejo manual: si no puedes tumbar al rival por las urnas internas, ensúciale el terreno. No importa si el debate se degrada; lo importante es dejar un poso. En política, como en el barro, basta con salpicar.
NO ES LA DERECHA quien más aprieta ahora al PSOE, sino su ala conservadora. El relato del partido “en disolución” no nace en Génova, sino en los platós y columnas donde los exdirigentes socialistas pontifican sobre lo que debería ser el PSOE… sin estar ya en él. No quieren reconstruir el partido: quieren recuperarlo. Y si para eso hay que empujarlo al abismo, se empuja.
LO DE EXTREMADURA no es solo un resultado electoral: es un ensayo general. Empieza a circular la idea de que el PSOE debería “facilitar” gobiernos del PP para frenar a Vox. Traducido: asumir derrotas como responsabilidad de Estado. Es la gran coalición sin nombre, el abrazo del oso presentado como moderación. Primero en territorios periféricos, luego —si cuela— en clave estatal. Portugal como coartada, Alemania como fantasía, Extremadura como laboratorio.
CUANDO EL CAMBIO de ciclo se huele, los discursos se recolocan a velocidad de vértigo. Analistas que ayer contextualizaban hoy personalizan. Donde había estructuras, ahora hay culpables únicos. Donde había complejidad, ahora hay eslóganes. No es convicción: es supervivencia. El antisanchismo ya no se disfraza de crítica interna; se ofrece como pasaporte para la próxima tertulia.
ADOPTAR los marcos de la derecha mediática no te hace más crítico, te hace más funcional. Hablar de “búnker”, de “degeneración”, de “fin de ciclo” con el mismo vocabulario que La Razón o ABC no es valentía: es integración. No se trata de incomodar al poder, sino de no quedarse fuera cuando cambien los equilibrios. El análisis se convierte así en coreografía.
SI LA SEMANA pasada señalábamos cómo PRISA sigue dando cancha a analistas que han acabado reproduciendo los marcos de la derecha mediática, esta le ha tocado el turno a otra figura emergente: joven, provocadora y con un mensaje diseñado para el clic. El planteamiento es simple y rentable: enfrentar generaciones. Jóvenes precarios contra jubilados “privilegiados”. No es análisis social: es simplificación interesada.
EL DISCURSO es conocido: los jubilados “viven demasiado bien”, cobran “demasiado” y han “ocupado” el mercado laboral. Una tesis cómoda porque desplaza el foco. No se habla de salarios bajos, ni de precariedad estructural, ni de vivienda imposible, ni de empresas que pagan mal. El problema no es el sistema económico: son tus padres y tus abuelos. Dividir es más fácil que señalar hacia arriba.
EL ARGUMENTO de que los boomers “no dejaron espacio” a los jóvenes parte de una idea falsa: que el empleo es un pastel cerrado que alguien acapara. No lo es. El empleo lo crean —o lo destruyen— políticas públicas, modelos productivos y decisiones empresariales. Culpar a quienes cotizaron durante décadas es confundir causa y consecuencia.
RESULTA llamativo cómo algunos discursos presentan a los pensionistas como una élite acomodada, obviando realidades evidentes: pensiones mínimas, jubilaciones ajustadas, dependencia de ayudas familiares y redes de cuidados cruzadas. Convertir al jubilado medio en símbolo de privilegio no es solo inexacto: es socialmente irresponsable.
QUE ESTE TIPO de mensajes encuentren eco en grandes medios no es casual. El conflicto generacional vende, polariza y simplifica. Jóvenes enfadados, mayores señalados, tertulias encendidas. Es más rentable que hablar de fiscalidad, de vivienda o de reparto de la riqueza. El problema no es que se critique a una generación; el problema es que se sustituya el análisis por el enfrentamiento.
CUANDO UN LIBRO, una columna o una gira de entrevistas se construyen sobre la base de “ellos viven bien y tú mal”, no estamos ante una propuesta transformadora, sino ante un producto ideológico de consumo rápido. Provoca indignación, sí, pero no ofrece soluciones. Solo desplaza la frustración hacia un enemigo cercano y cómodo.
MIENTRAS jóvenes y mayores discuten entre sí, el verdadero poder permanece fuera de foco. Empresas que precarizan, fondos que encarecen la vivienda, políticas que no redistribuyen. La división generacional funciona porque desactiva la crítica estructural. No es nueva, pero sí cada vez más explícita.
La precariedad juvenil es real. El malestar existe. Pero convertirlo en un relato de guerra generacional no ayuda a entenderlo ni a resolverlo. Señalar hacia arriba siempre es más incómodo que señalar al de al lado. Por eso algunos prefieren lo segundo.
QUE UNA BROMA funcione es normal. Que una inocentada se convierta en deseo colectivo, no tanto. La supuesta candidatura de Gabriel Rufián lanzada por Electomanía no se viralizó por ingeniosa, sino porque llenaba un vacío. Cuando una ficción política alcanza millón y medio de visualizaciones, no habla del chiste: habla del momento.
“IZQUIERDAS DE FRENTE” era una ocurrencia… pero perfectamente verosímil. Coalición amplia, listas conjuntas, campaña pueblo a pueblo, transición ecológica, vivienda, reforma electoral. Nada disparatado. Nada imposible. Nada que no esté ya en conversaciones informales desde hace años. La gracia no era la propuesta: la gracia era que no fuera real.
EL ÉXITO del post revela algo incómodo: hay una parte del electorado que no se resigna a la fragmentación eterna de la izquierda. La broma funcionó porque imaginaba una izquierda sin complejos, sin pedir permiso, sin miedo a incomodar. Y eso hoy cotiza alto.
NO SE TRATA de Gabriel Rufián en sí. Se trata de lo que representa para muchos: discurso claro, confrontación directa, poca liturgia y mucha política. Que su nombre encabece la fantasía dice más del desgaste de los liderazgos actuales que de una ambición personal inexistente. No es culto al líder: es hambre de relato.
PODEMOS, Bildu, BNG, ERC, IU, Sumar. Demasiado heterogéneo para ser real, demasiado lógico para ser descartado. La inocentada funcionó porque todo el mundo entendió el concepto en tres segundos. Cuando una idea se explica sola, suele ser porque responde a un problema real.
LA “VIRALIDAD” no fue casual. Fue un experimento involuntario que midió algo muy concreto: hasta qué punto una parte del país está dispuesta a imaginar otra cosa. No ganó votos, pero sí algo más peligroso: atención, conversación y expectativa.
LA POLÍTICA suele llegar tarde a los estados de ánimo. Esta vez, una inocentada llegó antes. Y dejó claro que el problema no es la falta de ideas, sino la falta de voluntad para articularlas. Cuando una broma parece más creíble que la realidad, no hay que reírse tanto: hay que preguntarse por qué.
Y cerramos aquí.
QUE LOS REYES no os traigan demasiado carbón —que ya hay bastante en el ambiente— y, si pueden, que dejen un recuerdo para los niños y niñas palestinos, a los que esta Navidad les han robado casi todo menos la memoria.
DESCANSAD, afinad el espíritu crítico y no perdáis el sentido del humor: vienen tiempos ruidosos y hará falta cabeza fría.
Nos leemos.

