Cartelera Turia

ENTREVISTA A ABELARDO MUÑOZ, LA MEMORIA DE CONTRACULTURA VALENCIANA

PAU VERGARA: Entre la crónica íntima y la memoria colectiva, Abelardo Muñoz abre en canal su pasado para ofrecernos Anomia. Rebeldes valencianos en 1970, una autobiografía fragmentada, herida y lúcida que reconstruye los años convulsos del tardofranquismo desde las entrañas de València. En estas páginas, la ciudad se convierte en un mapa emocional habitado por poetas malditos, cineastas radicales y jóvenes que soñaban con romper las cadenas impuestas. Más que un libro, Anomia es un ajuste de cuentas y un testamento sentimental de una generación que quiso cambiar el mundo desde los márgenes.

Publicas Anomia, que muchos leemos como una especie de ajuste de cuentas, contigo mismo y con una época. ¿Es así?
Escribir Anomia ha sido una liberación de los fantasmas y mitologías de mis tiempos jóvenes. Una limpieza de cutis mental, vamos. En este libro desmonto muchos de los tópicos que me tenían atrapado desde la ardua lucha antifranquista. Fue una suerte que aquel periodo del fascismo español me pillara tan joven. Quiero decir que, pese a todo, me lo pude pasar bien. Y tras las mixtificaciones doctrinarias de los viejos marxistas, pudimos ver el futuro. Dentro de nuestras buenas intenciones por liberar el país, se infiltró mucho cantamañanas. Auténticos hipócritas que solo querían poder. He intentado desenmascarar a esos falsos revolucionarios.

Y en el centro, dos nombres: Eduardo Hervás y Antonio Maenza. ¿Qué significaron para ti, más allá de lo literario?
Justamente eso. Esos dos personajes, que murieron dejando un bonito cadáver, fueron de los pocos amigos íntimos y auténticos que tuve. Concebían la política no solo como un combate ideológico, sino como un arte, una forma de reformar la manera de ver las cosas: el sexo, el amor, la música, y sobre todo la literatura.

Dices que Anomia es también una carta al padre. ¿Qué padre? ¿El biológico, el simbólico, el político?
En Anomia no hay una carta al padre, como en Kafka, sino algo mejor: una carta del padre. Me la escribió poco antes de morir y yo la perdí entre las páginas de Crimen y castigo. Pero la encontré. Es una carta de todos los padres posibles. Simbólica, porque jamás comulgó con las ruedas de molino del PSOE. Todos sus amigos eran artistas, y muchos comunistas, pero odiaba el dogmatismo estalinista. Aun así, jamás dijo una mala palabra contra la dictadura soviética: a fin de cuentas, les habían ayudado a alargar la defensa antifascista.

Está también el padre político, el traspaso de la antorcha: de un viejo republicano, como era mi padre Abelardo Muñoz, nacido en Catarroja, a una nueva generación. Esa carta es ejemplar: demuestra que hubo una generación que no se amargó por perder la guerra, sino que usó la derrota para aprender, para sacar de lo malo lo bueno. Mi padre comprendía nuestra posición, nuestra rebeldía que iba más allá de la política, que incluía un cambio de visión del futuro. La búsqueda de la belleza, de la paz mental. El ecologismo, la revolución verde y el desenmascarar a los falsos socialdemócratas que jugaron a la política para enriquecerse. Eso nos ofendió profundamente.

¿Hay algo de la València de los 70 que siga viva hoy? ¿Algún rastro, algún latido que resista entre tanto cambio?
Mucho. Se sintetiza en la cantidad de jóvenes y viejos que no han seguido la mentira socialdemócrata de las buenas intenciones. De convertir el país en una lucha bipartidista, para seguir alimentando el conflicto falso entre “rojos” y “fachas”. Hoy hay mucho más matiz. Los valores que movieron a nuestro movimiento contracultural se están imponiendo frente a la vulgaridad de una izquierda clásica que sigue peleándose entre sí como gatos encerrados en una caja de zapatos. Pero vas a las manis y ves de todo: ancianos con la sillita, jóvenes punkis tatuados hasta el dedo gordo. Y sí, la subversión continúa. La lucha contra el capitalismo sangriento tiene los días contados.

¿Qué queda de aquellos espacios alternativos? ¿De esa juventud inconformista? ¿Del barrio del Carmen como epicentro cultural y político?
Bueno, para empezar, se ha convertido en el museo de graffitis más espectacular del Estado. Esos turistas bobalicones en bicicleta miran sin ver. Pero detrás de muchas casas, en caserones que parecen abandonados, hay colectivos trabajando. Moviendo ideas. En El Carmen aún bulle la contracultura. Hay jóvenes dispuestos a cambiar el mundo. Y lo harán. Siempre los hubo. Siempre los habrá.

En una entrevista dijiste: “Cuando esté criando malvas me gustaría que algunas de las cosas que he escrito sirvieran para reconstruir la memoria de esta ciudad”. ¿Ese sigue siendo tu mayor deseo?
Sí. Esta ciudad cambiará. La València revolucionaria, contracultural, divertida, lúdica… sigue ahí, bajo las piedras. Solo hay que levantarlas y lanzarlas contra el coco de los inútiles que la gobiernan ahora mismo.

¿Cuántos años llevas escribiendo en Cartelera Turia?
Tantos como los que tiene la piedra Rosetta.

¿Qué ha sido Turia para ti, más allá del periodismo? ¿Una trinchera, un hogar, un diario íntimo compartido?
Mucho. En mi trabajo literario, casi todo. Su libertad de expresión, su espíritu libre y su lucha contra cualquier tipo de censura me han permitido ensayar una escritura y un estilo de crónica urbana del que estoy muy satisfecho. Turia demuestra aquello que decía Gabo: el periodismo es un género literario.

¿Qué ves en el futuro?
El espejo es el de Alicia: si brincamos el cristal, cambiaremos la ciudad, y por supuesto el mundo. La estupidez no puede ganar jamás en una ciudad tan polifacética y culta como esta.

¿Hay esperanza? ¿Ves alguna posibilidad real de cambio?
Sin duda. Que la tercera metrópoli de la legendaria Iberia esté gobernada por una colla de matats e ignorantes solo puede significar dos cosas: o esto cambia ya, o si no los derribamos del caballo, son capaces hasta de desecar la Albufera.


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