Teatro

RAFAEL PLA, in memorian.

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Hace unos días me desperté con la noticia del fallecimiento de Rafael Pla, el alma mater del circo “Gran Fele”. La primera imagen que me apareció fue la de un personaje salido de un filme de Fellini. Otra estampa se produce a recordarlo junto a su hermano, José Manuel, conformando una pareja de payasos (Pla y Pla). Él siempre fue el “cara blanca”, y con el tiempo, lució una característica “barba blanca”. También me viene a la memoria la imagen de un voluminoso maestro de ceremonias que asustaba a los espectadores más pequeños. Todo un personaje. Sin olvidar a la persona: amable, educado, apasionado y orgulloso de la saga de artistas a la que pertenecía. Sin olvidar tampoco su profesionalidad: acumuló uno de los mejores archivos relacionados con el mundo del circo en España.De todos modos, su gran hazaña fue la creación del señalado Circo Gran Fele, que ha llegado a tener una escuela propia.  La iniciativa surgía de una compañía de teatro del mismo nombre, heredado de su padre, un afamado ventrílocuo.

Comenzó su andadura en 1993. De la noche a la mañana, como si de un milagro se tratara -fue una iniciativa empresarial nunca vista en la Valencia de las últimas décadas- nació este círculo mágico, como así lo definiría su director.  Una iniciativa valenciana convertida ya en referente de las artes circenses desde que recibiera el Premio Nacional de Circo 2008, que otorga el Ministerio de Cultura. También, entre otros más, recogió el Premio Turia de 2012.

Mágico, porque su objetivo, desde sus primeros segundos de vida, fue trabajar en la creación de espectáculos con identidad propia, sin tómbolas, ni rifas, ni animales enjaulados.  Mágico, porque fue una de las primeras iniciativas españolas en romper con el predominio del modelo americano, basado en una mezcla sin sentido de número tras número con mayor o menor calidad. Gran Fele es -y espero que siga siendo y que regrese en Navidad- lo que se denomina un Circo de Dirección, donde todo tiene sentido, donde cada número expresa una idea, una emoción, un sentimiento, y todos y cada uno aparecen y desaparecen en función de una idea general.

Un circo donde pequeños y mayores pueden volver a sumergirse en su cortina roja de damasco, como la tradición manda, y en una atmósfera que queda bien expresada en lo que un día dijo el propio Rafael Pla, “un círculo íntimo donde la belleza de la representación supera por sí misma la heroicidad del ‘más difícil todavía’”.

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