Cartelera Turia

EL HOT POT SE IMPLANTA EN VALENCIA

Hot Pot: cocinar juntos, comerse el tiempo

La primera vez que te sientas frente a un hot pot no sabes muy bien si has entrado en un restaurante o en una especie de ritual doméstico ajeno. No hay platos cerrados, no hay cocina escondida detrás de una puerta, no hay ese momento cómodo en el que alguien decide por ti. Aquí no. Aquí te colocan una olla hirviendo en el centro de la mesa y te dicen: adelante. Y, curiosamente, ahí está la gracia.

El hot pot —o huǒguō— es una de las tradiciones más antiguas y sociales de la cocina china. Se remonta a siglos atrás, probablemente al norte del país, donde los pastores cocinaban carne en caldos calientes para combatir el frío. Con el tiempo, esta forma de comer fue evolucionando y expandiéndose por todo el territorio, adaptándose a cada región. En Chongqing, por ejemplo, el picante es casi una religión. En otras zonas, el caldo es más suave, más aromático. Pero la esencia es siempre la misma: una olla compartida, ingredientes crudos y tiempo.

Porque el hot pot no es solo comida. Es estar. Es hablar mientras remueves, es discutir si eso ya está o todavía le falta, es perder una albóndiga en el caldo y encontrarla media hora después como si fuera un hallazgo arqueológico. Es una forma de comer sin prisa, sin jerarquías, donde todo sucede alrededor de la mesa.

Luego llega el choque cultural. Porque cuando abres la carta —o mejor dicho, el catálogo de ingredientes— aparecen cosas que te obligan a replantearte tu relación con la comida: sangre de pato, pulmón, intestinos… Aquí no hay filtros occidentales. Es una cocina que aprovecha todo, que no disfraza, que no pide permiso. Puedes entrar con respeto o con curiosidad, pero lo que está claro es que no deja indiferente.

Y en ese contexto, Valencia ha ido incorporando poco a poco esta tradición, creando pequeños puntos donde el hot pot no solo se come, sino que se experimenta.

Shuzhen Fresh Hotpot: una puerta de entrada amable
En la calle Bailén, en Extramurs, Shuzhen Fresh Hotpot es probablemente el lugar ideal para iniciarse. Aquí el caldo de tomate sorprende, las setas están en su punto y hasta se permiten un steak tartar que conecta con paladares más cercanos. El ambiente es acogedor, el servicio atento y todo está pensado para que el cliente no se pierda. Su valoración de 4,7 en Google no es casual: es un hot pot accesible sin perder autenticidad.

Spicy Soul Hot Pot: el picante como protagonista
En la calle Pintor Benedito, Spicy Soul va directo al grano. Aquí el picante manda. No hay demasiadas concesiones: es un sitio para quien quiere intensidad, para quien busca esa experiencia que se siente en la boca… y al día siguiente también. Más crudo, más directo.

Shullun Hot Pot: autenticidad sin filtros
Y luego está Shullun, por detrás de la Estación del Norte, en una zona donde todo parece girar en torno a la comunidad china. Aquí la experiencia cambia. La carta es inmensa y no habla de platos, sino de ingredientes. Carne, verduras, vísceras… todo está ahí. Y sí, hay cosas que no apetece mirar dos veces.

El sistema de caldos —puedes elegir uno o combinar dos— es uno de los grandes atractivos. El caldo picante es de un rojo casi amenazante, lleno de guindillas flotando. El de hueso es más suave, pero igual de profundo. Y luego está el juego: tú cocinas. Tú decides. Y tú te equivocas.

Porque te quemas. Siempre te quemas. Sacas algo antes de tiempo o lo dejas demasiado. Pierdes comida dentro de la olla. Pero ahí está parte de la experiencia: no es un restaurante donde vienes a que te sirvan, es un lugar donde participas.

Shullun no es para todo el mundo. Pero si entras en su lógica, es de esos sitios que no olvidas.

Al final, el hot pot tiene algo difícil de replicar. No es solo el sabor, ni el picante, ni la variedad. Es la sensación de compartir una olla, un tiempo y una conversación. En un mundo donde todo va rápido, sentarse frente a un caldo que hierve lentamente puede ser, también, una forma de parar.

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