Cartelera Turia

ANTES DEL AMANECER.Otoño en los viñedos

DOLORS LÓPEZ ALARCÓN: Una puerta separa, a veces, más de un siglo de historia.

Estoy ante un rótulo en el que se lee CASA RURAL TÍA SEVERIANA. A mi lado, la dueña observa en mi rostro la impresión que me causa esta morada vetusta y blanca, tan recia en sus muros como en su planta. Entramos.

Octubre vivía sus últimos días y fuera llovía sin tregua sobre una tierra reseca de sequias ensartadas.

Tras una cortina de ganchillo artesano la calma volvió.  El aire olía a tiempo, a historias al límite y a miedo en la calle. A conversaciones sin terminar entre dos hermanas, Severiana y Julia, Las chiquillas no debían oír la tragedia de un padre sentenciado a muerte.

Los muebles, las colchas y tapetes permanecían en su sitio. Intactos. Relucientes de barniz unos, blancos de bicarbonato los otros. En cualquier momento podía aparecer la familia por el pasillo.

Eli, la dueña de la vivienda restaurada, me cuenta como su abuela Julia y su tía abuela, Severiana agarraron a los suyos con decisión y plantaron cara a la vida que les tocó en suerte. No fue buena esa suerte, pero consiguieron salir adelante.

Severiana enviudó al terminar la guerra infame y quedó sola y sin hijos. A Julia, la guerra le metió al marido en la prisión de San Miguel de los Reyes con pena de muerte sentenciada.

La casa de Severiana se ensanchó y abrió como un útero fecundo y protector para acoger a Julia y sus tres hijas.

Isabel era la segunda hija de Julia. Detrás aún había otra más, siempre malucha y curiosa.

Navegaron por los tiempos dramáticos del treinta y nueve sorteando la represión y las carencias. Lo hicieron con el ánimo que sólo pueden tener las mujeres cuando arrecia el peligro, cuando falta casi de todo y hay que cantarle una nana a la criatura más pequeña.

El silencio oscuro pesaba en la soledad de la noche. Seguía lloviendo y me instalé en un pasado por el que transitaba Julia, aterrorizada por el viaje que haría la mañana siguiente hasta la cárcel para llevar a su marido la comida que había preparado con su hermana.

A Julia le asustaba el viaje, los controles de la cárcel. La imagen de su marido deteriorado ante ella. Podía imaginar el beso de buenas noches que le daba a cada niña, con el temblor del miedo, en cada desplazamiento a Valencia.

Me acurruqué entre sabanas bordadas a mano y colchas de buena lana.

Intenté dormir mientras me deslizaba por los recuerdos que Eli, la hija que Isabel tendría en su futuro, había compartido conmigo antes de dejarme sola.

Mujeres vecinas, mujeres de la familia, mujeres del pueblo. Mujeres que se juntaban para hacer las conservas y los dulces de las ocasiones. Para coser. Para intercambiar productos del campo o de los animales.

Mujeres.

Mujeres valientes. Mujeres solas que sacaban a su familia de la miseria. De la tristeza. Del miedo.

Mujeres.

Seguía lloviendo fuera. Seguía oscuro dentro.

Seguía hecha un ovillo entre las sábanas cuando un gallo se atrevió a anunciar que el día comenzaba.

Desperté lentamente con la sensación de seguir en el siglo pasado, escondida en la cama protectora de la familia que me había adoptado. Me costó salir del hechizo.

No quería salir del hechizo.

Quería que Severiana y Julia vinieran a darme los buenos días con un vaso de leche tibia.

 Eli llama a la puerta para traerme bollos recién horneados y una sonrisa antigua y dulce. La de la familia.

Le agradezco su hospitalidad. Soy la primera persona que ha ocupado la casa recién restaurada. Hablamos de mis ensoñaciones. De la lluvia que no cesa.

Hablamos de las cadenas de mujeres que sostienen el mundo cuando se cae. Hablamos de la valía de las mujeres realizando todo tipo de trabajo. Hablamos de sus sonrisas y canciones mientras lo hacen.

Hablamos de la sororidad en su expresión más profunda.

Comienzo el viaje de vuelta sin ganas y con la certeza de haber vivido una experiencia extraordinaria. Siento el privilegio de mi zambullida en una saga familiar que me ha acogido y acunado.

Aparecen los viñedos en las ventanillas. Todo se vuelve ocre, rojizo y amarillo.

El otoño se enseñorea en la meseta.

Regreso.

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