GERADO LEÓN: Andábamos hace solo unos días un grupo de amigos cenando juntos, cuando, según la conversación iba avanzando y haciendo efecto en nuestro ánimo, se fue avivando el debate sobre diversas cuestiones, entre las que cobró protagonismo, algo frecuente, el cine.
Entre otros asuntos, vino la memoria a poner sobre la mesa el nombre de Andréi Tarkovski, cuya filmografía, a modo de un ejercicio de fuerza, estaba repasando uno de los comensales. En torno a diferentes valoraciones sobre su vigencia (hubo quien la defendió enfáticamente, tanto como quien decretó su caducidad) surgieron varias preguntas. ¿Habría sido posible el cine de Tarkovski sin la complicidad de aquel espectador que aquilató su carrera durante las décadas de los 60 a 80 del siglo pasado? ¿Dónde estaría hoy ese espectador? Y sobre todo, ¿quién ocuparía su lugar en el cine contemporáneo? Y ahí surgió de inmediato el nombre de Béla Tarr.
Permitió entonces la casualidad que, al día siguiente, se anunciara el Premio Nobel de literatura que este año recaería en el escritor húngaro László Krasznahorkai, compatriota de Tarr y con el que ha compartido la escritura del guion (a veces adaptando alguno de sus libros) de la que es considerada la cima de su filmografía que iría, desde su primera pieza juntos, ‘La condena’ (1988), pasando por monstruos fílmicos como ‘Sátántangó’ (1994), ‘Armonías de Werckmeister’ (2000), ‘El hombre de Londres’ (2007) y ‘El caballo de Turín’ (2011). Podría decirse que hay dos Tarr en Tarr, uno antes y orto durante su relación con Krasznahorkai.
Tarr hace suya y pone en práctica de manera radicalmente rigurosa aquella máxima de Tarkovski según la cual el arte del cine se asemeja a la de un escultor que esculpe su obra con tiempo.
No es fácil acercarse al cine de Béla Tarr. Primero porque, antes que nada, se requiere de un cierto estado de ánimo o voluntad para dejarse seducir por lo impredecible, sin esperar una recompensa rápida. El cine de Tarr es esencialmente oscuro y no solo porque la fotografía de todas sus películas sea en un contrastado blanco y negro. Los personajes de sus películas miran al mundo desde un lugar en el margen de la sociedad, un lugar también oscuro dentro de sí mismos que los aboca a la desesperanza, no por gusto, sino porque el mundo es un lugar desesperanzado, aunque al final haya algo de esperanza. Sus personajes son supervivientes, primero, de sí mismos, y luego de un entorno implacable y hostil.

Entre los grandes atributos que se asignan al cine de Béla Tarr se encuentran esos largos planos secuencia que luego trataría de imitar el norteamericano Gus Van Sant en su trilogía de la muerte compuesta por ‘Last days’, ‘Elephant’ y ‘Gerry’. Planos que no son solo la prueba de un incuestionable virtuosismo técnico, sino de un artista que mira el mundo, no de frente, sino en 3600. Un autor para quien el espacio es tanto o más relevante que un argumento que, en su caso, no es más que una excusa para invocar a las imágenes. El bar del pueblo, la sala de baile, sus sucias callejas, una plaza, una granja corroída en la pobreza, un enclave portuario son algo más que un escenario, son personajes con vida propia, son mucho más que un contexto, son una metáfora del mundo, un espejo.
Tiene fama Béla Tarr de atesorar una obra críptica. Y puede que en eso tengan razón sus detractores. Críptico si miras sus películas desde el prisma del canon del cine comercial o, incluso, de un cine de autor más o menos complaciente. El cine de Tarr es un cine de exploración, no tanto intelectual, como sensorial. Tarr no anuncia desde qué posición nos está hablando, es el espectador quien, sintiendo lo que ha sentido, analizando lo que ha visto debe descubrir cuál es ese lugar desde el que le hablan. Sentido y fondo que quedan perfectamente expresados en una de sus imágenes más icónicas. En ‘Armonías de Werckmeister’, un espectáculo ambulante ha llegado al pueblo. Entre las atracciones, se ha corrido la voz de que han traído una ballena de verdad. Pero, ¿cómo es posible? Entre lo fantástico y lo real, entre el sueño y la vigilia se mueve el cine de uno de los creadores más relevantes del cine moderno.

