Cartelera Turia

Beginning, de Dea Kulumbegashvili-Ambigua y Turbadora

Un plano medio fijo de la protagonista. La cámara observa con detenimiento y sensibilidad su rostro mientras ella yace sobre la maleza. En apariencia, durante esos momentos no ocurre nada, el cuadro sigue inamovible, ella está tumbada, con los ojos cerrados, y, de fondo, solamente escuchamos los sonidos tranquilos de la naturaleza. Pero la cámara sigue mirando su expresión insondable, entre el sosiego y la angustia, hasta que finalmente abre los ojos -la voz de su hijo la reclama- se levanta y desaparece. Así transcurre el tráiler y el plano secuencia que da imagen a uno de los carteles de Beginning, la ópera prima de la directora georgiana Dea Kulumbegashvili, estrenada en salas españolas el pasado viernes, presentada en el Festival de Toronto (Premio Fipresci) y en el de San Sebastián de este año, en el que dejó un palmarés para el recuerdo: Concha de Oro a la Mejor película, Concha de Plata a la Mejor dirección, Concha de Plata a la Mejor actriz para Ia Shukitsashvili (la protagonista) y Premio del Jurado al Mejor guion. A mi parecer, la elección de esta secuencia para el tráiler es todo un acierto, una declaración de lo que el espectador se encontrará si decide ver esta película. En apenas unos minutos muestra la idea de cine de esta directora, o, por lo menos, el cine que le ha interesado hacer en esta ocasión. Se trata de una apuesta atrevida, rompedora, a contracorriente en unos tiempos de consumo rápido, en los que a menudo todo parece ser fútil, efímero, lo presente un valor en sí mismo, y, extraordinariamente lúcida y sugestiva, tanto en su forma como en su fondo. La película narra la historia de Yana (Ia Shukitsashvili está magnífica durante todo el metraje), una mujer de mediana edad que abandonó su carrera como actriz para casarse con el que ahora es su marido, el líder de una comunidad de testigos de Jehová en la Georgia rural, congregación minoritaria acosada históricamente en este país (una sociedad mayoritariamente ortodoxa), con la complicidad del poder político y sus autoridades. El viaje del marido a la capital para pedir un préstamo para reparar el edificio de culto, destrozado en un ataque de un grupo extremista, actuará como encrucijada en la vida de ella. A solas -física y emocionalmente-, al tiempo que trata de salir adelante en una sociedad profundamente desigual, en la que el desprecio y la violencia hacia la mujer es sistémico y cotidiano, tratará de buscarse y verse a sí misma, lo que ha sido y es su vida ahora, lo que espera de ella. Duda y reflexiona sobre las decisiones que ha tomado, el entorno en el que ha crecido y del que forma parte, la religión que ha heredado, su capacidad de elección, su libertad, cómo quiere educar a su hijo, los valores e ideas que quiere transmitir. En una secuencia también reveladora ella misma se dirá: «Me miro en el espejo y veo a una extraña que me devuelve la mirada». La cámara actúa como narradora y exploradora del relato, de la intimidad de la protagonista y su contexto y trasfondo político. Las elecciones formales y estéticas están unidas y al servicio de la narración durante toda la proyección, del punto de vista desde el que la directora quiere filmar, del modo como quiere abordar sus asuntos, plantear sus dudas o preguntas, y, una de sus virtudes es la libertad y el riesgo con el que lleva a cabo estas decisiones. Pues se trata de una narración construida a base de planos largos, silencios, diálogos escasos, precisos e incisivos, un ritmo pausado, que deja reposar las imágenes, verlas y pensarlas, mirar más allá de ellas, en la que gana terreno la alegoría y el fuera de campo, lo que no vemos, lo que tratamos de averiguar a través de lo que percibimos. A través de una cámara que se debate entre la distancia y la cercanía, tratamos de averiguar qué ocurre en la mente y el corazón de la protagonista, sus pensamientos y sentimientos. Desde las primeras secuencias ya capta la oscuridad de la atmósfera, el terror y el miedo latentes, la violencia explícita e implícita, el peligro constante en la vida cotidiana de Yana, en la que todo puede estallar y torcerse en cualquier momento, a pesar de su aparente monotonía. Así, consigue colocarnos en su posición, ver las cosas desde su perspectiva, desde su dolor, sus deseos, frustraciones, temores y fatalidades, y, con ello, nos provoca una sensación de incomodidad y desazón perdurable, que posiblemente nos acompañe tiempo después de abandonar la sala (o por lo menos así me ocurrió a mí). Beginning es una película turbadora, ambigua, en la que su fuerza narrativa, conceptual y estética, se percibe en cada plano, tan duros como delicados. Por ello, además de sus premios, celebro la apuesta por ella en festivales y salas.

Lux Æterna, de Gaspar Noé. Un viaje emocional

Cuando veo una película de Gaspar Noé recuerdo lo que hace unos años dijo el también director de cine Jess Franco en una entrevista: «Mis películas corresponden a estados de ánimo, a putos sentimientos o feelings, como dicen los pedantes». Sobre todo, lo recuerdo porque, a mi modo de ver, las películas de Gaspar Noé también van de eso, de cómo a través de las múltiples posibilidades que tiene el cine, de su lenguaje y estética, infunden en el espectador ciertos sentimientos y emociones, nos sumergen en las sensaciones y estados de ánimo que narran en sus tramas y afectan a sus propios personajes. Quizá, algo no muy distinto a lo que, a través de sus característicos e inconfundibles recursos literarios (sus subordinadas o repeticiones llevadas al extremo) consigue en la literatura Thomas Bernhard. Las más de las veces, cuando termino de leer un libro o incluso una página de Bernhard, termino con un dolor de cabeza insufrible o al borde de la depresión, pero no por ello dejo de admirarlo, su escritura y su logrado efecto. Y algo similar me ocurre con el cine de Gaspar Noé: muchas de las secuencias de sus películas me producen sensaciones de incomodidad, angustia, desazón o repulsión (incluso, en ciertos momentos y por distintos motivos me he llegado a tapar los ojos, para no verlas), pero al tiempo, parte de ellas también me excita de un modo a veces inexplicable u oscuro, su estética me atrae, las posibilidades e ideas que me inoculan me hacen pensar de veras, ir más allá de lo que veo en la pantalla, y con ello, es un director que no deja de fascinarme, su visión del cine y cómo la refleja en sus películas. En Lux Æterna, la última de ellas (en un principio, planteada como un encargo condicional de la firma de moda Yves Saint Laurent), presentada en el Festival de Cannes y en el de Sitges de 2019, Béatrice Dalle y Charlotte Gainsbourg interpretan respectivamente a una directora y a una actriz que van a rodar una película sobre la caza de brujas en la Edad Media. A partir de este argumento, Noé filma cómo es por dentro el rodaje de una película, sus entresijos, los pensamientos, dudas, temores y conflictos que plantea, sus espacios de misterio, el caos que puede llegar a ser, las relaciones de poder e interés que se establecen entre los miembros del equipo, y más concretamente, el tratamiento y el rol que se ha asignado y con frecuencia todavía se asigna a la mujer en este proceso creativo. A mi parecer, lo extraordinario de esta película es la manera como a partir de esta propuesta plasma su idea del cine y de la creación artística, tanto desde el fondo como desde la forma, y cómo así pone en cuestión ideas y hechos sobre la misma, pero sin juzgarlos, es más, siendo consciente y sin esconder que al tiempo es partícipe de esas mismas ideas y hechos que cuestiona. ¿Hasta qué punto el fin justifica los medios en un proceso de creación artística? ¿En qué medida cabe hacer ciertos sacrificios para la búsqueda o conquista de un ideal? ¿Qué hay de un autor en su obra? ¿A qué aspira o qué espero de una película? Son algunas de las preguntas que me suscitó la proyección, sobre las que todavía pienso y dudo días después. En esta película, Noé sigue explorando y lleva un paso más allá esa idea del cine como experimentación y experiencia estética y personal. Vuelve a usar de una manera arriesgada, lúcida y vigorosa los recursos cinematográficos, las posibilidades de la imagen, el sonido, la luz, el color, los tonos, el tiempo, el ritmo, la música y la ambigüedad de géneros para adentrarnos en un viaje emocional llevado al límite. Entramos una vez más en un mundo de sueños y pesadillas, esta vez, a través de la transformación de un set de rodaje en un infierno delirante, y así, de un modo en ciertos momentos explícito y en otros más velado, vemos o imaginamos lo oculto del alma humana, las posibilidades que hay en las personas, y con ello, la intimidad del mismo Noé, sus pensamientos, miedos, deseos, obsesiones, fantasías y debilidades. Lux Æterna es una película hipnótica, ambigua, pero, sobre todo, emocionante, perturbadora y bella al mismo tiempo, cuya secuencia final y la posterior referencia explícita (la famosa y genial frase de Buñuel, «Soy ateo, gracias a Dios») nos devuelve a la imagen de la navaja en Un perro andaluz, a esa sensación y relación ambivalente y a menudo insondable entre el placer y el dolor.

Más estrenos a celebrar: Arranca 30 Monedas, de Álex de la Iglesia./ I

«Es la serie del año». A menudo me aterran este tipo de afirmaciones manidas, muchas veces son exageradas, generan grandes expectativas, desconfianza, son un riesgo. Pero también mentiría si digo que no me alegra ver el entusiasmo con el que a veces se reciben ciertas ficciones, otra cosa es que lo deseable sería que ese fervor inicial durara más allá de las primeras semanas o días de su estreno. Esto me ha ocurrido recientemente con 30 monedas, la nueva y esperada serie de Álex de la Iglesia (escrita junto a su habitual compañero Jorge Guerricaechevarría), estrenada el pasado domingo en HBO. Me ilusiona ver la expectación que ha generado en redes, las buenas críticas que ya ha tenido, el debate que ha generado dentro y fuera de Internet, la admiración hacia el cine de su director, la posibilidad de que en algunos espectadores despierte la curiosidad por ver más cine fantástico y de terror, que nos impulse a ver más cine, a hablar y a escribir sobre él. Con el cine de Álex de la Iglesia me suelen pasar algunas de las cosas que más me gustan de una ficción. Sus películas me entretienen, disfruto de ellas, me hacen reír y llorar, y, con el tiempo, las recuerdo, vuelvo a ellas y me llevan a ver otras películas. Ahora que ya han pasado unos días desde que vi por primera vez el primer capítulo de la serie -por el momento, el único disponible en la plataforma-, sigo pensando en muchas de sus secuencias, imágenes, asuntos e ideas que me suscitó y suscita, he vuelto una y otra vez a ciertas secuencias que han quedado grabadas en mis retinas. Sin ir más lejos, el arranque de la serie, sus imágenes y motivos (acción en estado puro y un bebé nacido de una vaca) ya es toda una declaración de lo que luego vendrá y posiblemente está por venir. Suspense, violencia, nervio y tensión frenética, motivos fantásticos y de terror, sangre, religión, giros inesperados, hechos espeluznantes y delirantes, monstruos impactantes, diablos, zombis, personajes cómicos y al tiempo terroríficos, sátira y realismo extremo y oscuro: es decir, el imaginario de de la Iglesia concentrado, pero esta vez, posiblemente con más presupuesto que nunca, lo cual suele traducirse y así ha sido en este caso (como él mismo ha reconocido en varias entrevistas) en más libertad de creación. Este primer capítulo, tanto en el fondo como en la forma, nos introduce el hilo conductor y en el universo de la serie: 2000 años después de la legendaria traición de Judas a Jesucristo por 30 monedas, una de ellas aparece en Pedraza (un pueblo de Segovia, de la «España vacía»), lo cual desencadena una serie de hechos sobrenaturales y demenciales que parecen ocultar ciertos secretos y conspiraciones de las élites del poder religioso (el Vaticano) y que suponen la puesta a prueba de la humanidad, o por lo menos, de los habitantes del pueblo en el que transcurren estos hechos. A partir de este argumento que ya genera intriga, de la Iglesia construye todo un extraordinario entramado de ficción que mezcla elementos e influencias de distintos géneros y tradiciones, gótico rural épico y horror cósmico, aventuras, costumbrismo y humor negro.

Los Europeos, de Víctor García León

Hace unos días, cuando salí del cine de ver Los europeos, de Víctor García León, inspirada en la novela homónima de Rafael Azcona, estrenada en la pasada edición del Festival de Málaga, volví a pensar en la secuencia de Los ilusos, de Jonás Trueba, en la que uno de los personajes dice así: «El cine es como la vida, una mezcla de cosas tristes y alegres». Es una secuencia que suelo recordar cuando leo o veo trasladado a la pantalla un texto de Azcona (o inspirado en él, como en este caso), porque eso es lo que reflejan de manera extraordinaria sus textos: lo bello y lo triste de la vida, sus múltiples caras. A partir del viaje de Miguel y Antonio (interpretados por Raúl Arévalo y Juan Diego Botto), dos solteros treintañeros que un verano viajan a la Ibiza de finales de los 50, atraídos por el mito sexual de las turistas europeas y el deseo de una vida reposada y libre, la película aborda las historias íntimas de estos personajes, la historia de amor de Miguel y Odette, una hermosa francesa que éste conoce una noche festiva en la isla. Tanto por la parte y pasajes de la novela en los que se centra como por el modo como está filmada, se trata de una versión libre del texto de Azcona, lo cual no me desagrada, al fin y al cabo, son obras distintas, con lenguajes distintos. Precisamente, a mi modo de ver, uno de sus aciertos es el de no pretender imitar la lucidez narrativa que tenía Azcona para crear obras complejas, delicadas y a su vez mordaces, emotivas y con sentido del humor, sino centrarse en su parte emocional, en las relaciones personales de los personajes, pues así consigue recrear parte de su esencia. El mundo interior y las vicisitudes sentimentales de sus protagonistas ganan terreno a la chanza y la sátira siempre brillantes en los textos de Azcona, pero parte de los rasgos y motivos de sus obras siguen presentes en esta película. García León filma los lugares en los que transcurre la acción, los comportamientos de esos personajes, sus conversaciones, discusiones, lo que comen, lo que beben, los momentos en los que disfrutan, ríen o lloran, y así, bajo la forma de una obra amable, narra con ligereza y profundidad sus penas y alegrías. A fuerza de minuciosidad en el detalle, una cuidada puesta en escena y un guion e interpretaciones cuya gran virtud es la sugestión y el sentido del ritmo, narra una etapa de las vidas de esos personajes, y con ello, un lugar y un tiempo. A través de sus actos, decisiones, gestos, miradas, expresiones y silencios, de lo que dicen y las más de las veces lo que no dicen, refleja sus sueños, aspiraciones, frustraciones, derrotas, dudas, fatalidades, deseos y debilidades, sus actitudes frente a la vida, sus matices y contrariedades, la mezcla de placer y dolor que hay en toda existencia. Como el mismo Azcona decía de su idea de la literatura, Los europeos es una película divertida sobre cosas tristes. Retrata con gracia y elegancia los sentimientos ambivalentes de sus protagonistas, su carácter iluso y a su vez conforme, su deseo de obtener de la vida más de lo que ésta puede dar, y al tiempo, su conformidad (que no es lo mismo que conformismo o resignación) con el devenir de los hechos. Salí de la sala con la sensación de haber visto una película agradable de ver, disfruté de la proyección, y, como ya escribió hace un tiempo Aloma Rodríguez en una de sus columnas y a mí también me suele suceder con ciertas películas, durante el paseo de regreso a casa, pensé y dudé sobre lo que me había parecido, recordé parte de sus secuencias, imágenes, asuntos y conflictos de los personajes, me imaginé y vi a través de ellos. Todavía sigo haciéndolo.

Desirée de Fez, Reina del Grito

«Adoro el cine de terror por mil razones: su libertad, su intensidad, su inclinación a lo inesperado. Pero la principal es esa invitación a observar mis miedos desde fuera e interpretarlos. Eso me ha dado y me da una fuerza increíble. Porque se puede ser miedosa y, a la vez, fuerte». Así concluye el prólogo de Reina del grito (Blackie Books), el recién publicado libro de Desirée de Fez, periodista y crítica de cine, especializada en fantástico y terror. Desde hace un tiempo, espero, escucho y leo con gusto las opiniones, recomendaciones y textos de Desirée de Fez (sus columnas en El Periódico de Catalunya y colaboraciones habituales en la revista Fotogramas, en el programa de televisión Página Dos o en el podcast Marea Nocturna, además, también es una de las razones por las que aún sigo en Twitter). Me gustan e interesan sus publicaciones, no solamente por una cuestión de afinidades, sino por su manera de acercarse al cine, su forma libre, clara y profunda de hablar de las películas y las personas que las hacen posibles, las ideas y reflexiones que expresa acerca de ellas. Así, recibí con especial entusiasmo la noticia de la publicación de su libro, y, la misma mañana del día que salió a la venta -el 21 del mes pasado-, fui a por él a una de las librerías en las que suelo comprar. Como ustedes ya podrán deducir, el libro habla de cine, pero no se trata exactamente de un libro especializado en cine, o por lo menos no va solamente de eso, y, a mi parecer, este es uno de sus aciertos. De Fez aborda su relación con él, su forma de verse (a veces sin haberlo querido) a través de las películas, sus vivencias y miedos pretéritos, presentes y quizá futuros y cómo el cine de género le ha hecho mirarlos, enfrentarse o aprender a vivir con ellos. El miedo heredado, el miedo a no ser aceptado, al rechazo, a la sangre, al sexo, al deseo, a no reconocerse a uno mismo y a la persona que ama, o a no saber si la ama de veras, a repetir los errores de los que nos preceden, a no resistir lo que a uno le angustia, a la presión social, a crear vínculos no queridos, a engordar, a envejecer, a la pérdida, a las propias obsesiones, también, el miedo que excita. De todos esos temores que son inherentes a la existencia habla de Fez, de cómo los ha vivido a lo largo de los años, de cómo los vive ahora, y, por lo tanto, de cómo los ha vivido y vive como y por su condición de mujer, de los que se deben a esa condición: el miedo a no llegar a casa cuando una regresa a solas de noche, al embarazo, a fracasar como madre, a la mujer que hace lo que le da la gana; de los obstáculos y presión añadida que por ello ha tenido y tiene en su ámbito laboral (ya de por sí muy masculinizado), y, en consecuencia, su obstinación y trabajo por demostrar su capacidad y reivindicar la presencia de otras voces femeninas en el género. Reina del grito me devuelve a una reflexión de Lucia Berlin que a menudo recuerdo: «En cualquier texto bien escrito, lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad». Pues a pesar de las distancias, de las diferencias naturales que hay entre una vida y otra, en la escritura honesta, personal y a su vez cercana de de Fez reconozco ciertas verdades, ciertas emociones, sentimientos, dificultades y miedos que yo también he tenido y tengo, y no creo que me equivoque demasiado si digo que ustedes también lo harán, posiblemente más si usted es también una mujer. Por eso mismo decía que esa forma de acercarse a las películas en clave autobiográfica me parece un acierto, pues de ese modo, consigue expresar esa relación que suele haber entre el arte y la propia vida, la huella o vestigios que dejan en nosotros ciertas obras, los lazos que uno crea con ellas, al tiempo que suscita interés por esas películas (en verlas o en su caso, volver a hacerlo) y así proporciona una sugerente guía de cine fantástico y de terror. Reina del grito hace ver que Desirée de Fez es una de las protagonistas de su propio libro, esas ‘reinas del grito’ que consiguen frenar la acción en medio del caos y así son escuchadas. Pues éste es una grata y sorprendente extensión de sus publicaciones y otros trabajos, un agradecimiento personal al cine de género y a esos personajes femeninos y mujeres que forman parte de él. En él, sigue demostrando con viveza que no hay una única manera de acercarse al cine de terror, al tiempo que va un paso más allá y abre nuevas posibilidades. Explora de forma emotiva y con sentido del humor sus recuerdos, pensamientos, ideas, reflexiones, debilidades y miedos, y así nos permite adentrarnos en su intimidad. Su lectura me ha acompañado un tiempo, y ahora que ya han pasado unos días desde que lo terminé, tengo la impresión de que, además de las películas que lo recorren, también lo harán parte de sus pasajes.

ANTIDISTURBIOS: Un viaje al corazón de las tinieblas

Una familia juega al trivial en el salón de su casa. La pregunta que ya deducimos mientras aparecen los títulos de crédito es: «¿Cuál era el nombre propio de la mujer de Antonio Machado?», y luego: «¿En qué tragedia shakesperiana aparece un personaje llamado Cordelia?». La primera imagen que vemos es un plano medio de Laia (la que será uno de los personajes protagonistas de la serie, una de las agentes de Asuntos Internos de la Policía), y ya después, en los otros lados de la mesa, a la familia completa, sus padres y su hermano. La situación se tensa cuando ésta descubre que su padre ha intentado hacer trampas en el juego. Ella no soporta el engaño, mientras que a los otros les da igual, tratan de quitarle peso al asunto, no lo ven para tanto. Con esta reveladora y lúcida secuencia arranca Antidisturbios, la nueva serie de Rodrigo Sorogoyen (Stockholm, Que dios nos perdone, El reino, Madre -el corto y el largo-), realizada en gran parte por su habitual equipo (coproducida por su productora Caballo Films, Isabel Peña y él mismo como creadores y guionistas, fotografía de Álex de Pablo y Diego Cabezas, música de Olivier Arson, montaje de Alberto del Campo, y esta vez, Eduardo Villanueva también en el guion y Borja Soler en la dirección de dos capítulos), estrenada en la pasada edición del Festival de San Sebastián y que desde el pasado 16 de octubre ya puede verse completa en Movistar Plus. Esta secuencia inicial ya es magnífica, no solamente porque nos presenta de forma perspicaz, sutil y sagaz a uno de los personajes protagonistas y claves de la serie, sino porque utiliza la narrativa audiovisual, las posibilidades que tiene el cine, para definirlo, tanto de forma individual como con respecto a los otros y al entorno que lo rodea, e introducir así los motivos que mueven el relato: las pulsiones humanas, las relaciones de convivencia entre uno mismo y la realidad en la que vive, la vieja y famosa picaresca española y la subversión de los roles convencionales de género. Pues Laia no será «la mujer de», sino más bien la encarnación del personaje trágico de Cordelia, de El Rey Lear, imagen de la esperanza, un personaje a contracorriente y a su vez ambiguo, que trata de luchar contra la corrupción del mundo que lo envuelve, pero que, sin embargo, también termina siendo derrotado. En ese primer capítulo, Sorogoyen filma el que será el hilo que empuja y haga evolucionar la trama: un equipo de antidisturbios realiza un desahucio que termina en desgracia, la muerte de una persona, un inmigrante vecino de la corrala donde ocurre el incidente. A lo largo de seis capítulos, de más o menos una hora de duración cada uno, la serie narra las consecuencias de ese hecho y todo el turbio mundo que hay detrás; la investigación que se empeña en seguir la agente Laia (y el equipo encubierto del que será parte) y a partir de la complicada situación legal a la que se enfrentan, la cotidianidad de los miembros de ese cuerpo de policía, sus realidades diversas. Pero que los antidisturbios también son personas como lo somos todos nosotros es algo obvio y sabido (qué serían si no), y que, por lo tanto, como tales, pueden tener una vida no tan distinta a la que podamos tener nosotros, con sus tristezas, alegrías, responsabilidades, ataduras y servidumbres diarias.

Reseña: Un hipster en la España vacía

Hace un tiempo, alguien dijo en Twitter (no recuerdo si fue un famoso escritor) que le gustaría que en la crítica literaria o cinematográfica se hablara más sobre los personajes de la obra, que los críticos se mojaran de verdad, que se hablase claro, decir sin reservas que un personaje nos ha resultado insufrible, que nos ha aborrecido hasta desear su muerte. Desconfío de la gente que juzga una obra según la moralidad de su contenido, pero eso no significa que el carácter de sus personajes no me interese. Al fin y al cabo, si es que el autor lo hace bien, cuando leemos un libro o vemos una película nos creemos una historia inventada (por lo menos una transformación de la verdad), y como pasa en la vida real, al final uno termina teniendo cierta opinión sobre sus personajes, nos caen bien o mal, llegamos a amarlos u odiarlos o quizá a tener debilidad por alguno o algunos de ellos. Como decía Lucia Berlin en Punto de vista (uno de los relatos de su magnífico libro Manual para mujeres de la limpieza, que lo recomiendo encarecidamente), al final todo queda en manos del narrador, del punto de vista que elige, de la manera como narra esa historia y a sus personajes. Desde luego, si los hace creíbles no nos serán indiferentes. Y esta es una de las virtudes que consigue el escritor Daniel Gascón en Un hipster en la España vacía, su última novela, publicada el pasado mes de junio. La novela narra las aventuras de Enrique Notivol -el hipster- en un pueblo de «la España vacía», La Cañada, cuando después de una ruptura amorosa decide marcharse de la gran ciudad (Madrid) e iniciar una nueva vida allí, en la casa de sus tíos. El hipster está cargado de buenas intenciones, quiere emprender sus proyectos, comprometerse con la comunidad, mejorar la vida de sus habitantes. Pretende montar una granja orgánica colaborativa, organiza un taller sobre nuevas masculinidades, les enseña juegos alternativos a los jóvenes, empieza a frecuentar el bar del pueblo, y llega a ser el alcalde. Pero en su camino de héroe también comete errores, en algunas ocasiones incluso peligrosos, como la vez que provoca un incendio en la serrería. Como dice una pintada en un pasaje memorable del libro, el hipster es un gilipollas, un joven convencido de sí mismo y de su visión de la vida (o al menos eso pretende), un urbanita que trata de imponer y decir a los demás cómo tienen que vivir. Pero a pesar de los pesares, de sus estupideces, de su buenismo irritante, de su hipocresía, de su velada pretensión de superioridad moral, no me resulta un personaje insoportable, dejo que me acompañe un tiempo, quiero saber qué le pasa. Y aquí es donde actúa la voz y el ingenio del narrador. La historia del hipster se abre en primera persona, en forma de diario personal. Leyendo sus confidencias reconozco sus engaños, sus fracasos, su ridiculez, sus contradicciones, sus guerras floridas, y me hacen reír. Pero esto posiblemente sería distinto o simplemente no pasaría si la manera de narrar de Gascón fuera otra. A menudo leo o escucho a gente decir que «el arte nos salva» o cosas por el estilo. Al margen de lo que pienso de tales frases (cada uno sabrá lo que en su caso le «salva»), si acaso considero que algo me «salva» o que en todo caso me hace pasar buenos ratos o me ha aliviado los duros es el humor. Esto es lo que me parece extraordinario de la novela y me hace cercano a su protagonista. Gascón utiliza la exageración y la chanza para construir un personaje que es un gilipollas, un iluminado, pero también un iluso, un poco como somos o lo podemos ser todos. Un personaje que nos puede resultar repelente a la vez que amigable. A través de la sátira, de un tono irónico que no decae en ningún momento y del juego con el punto de vista (mezcla de forma lúcida voces y registros) refleja los pequeños y grandes conflictos de nuestro tiempo, las contrariedades que todos tenemos. En la nueva vida del hipster todo deviene una aventura rocambolesca, demencial y delirante, lo cotidiano se vuelve épico, temas que están en el orden del día como el cambio climático, el ecologismo, el feminismo, la inmigración, la corrupción y fragmentación partidista, el afán de corrección política, la puerilidad social, la memoria histórica o la cuestión cultural e identitaria se convierten en motivos emocionantes, en «una gran ficción», como ya dijo Karina Sainz Borgo en su crítica. Al tiempo que uno lee Un hipster en la España vacía, resulta inevitable pensar en autores como Rafael Azcona, Berlanga o José Luis Cuerda. Pues en un tiempo en el que a menudo los asuntos de toda índole parecen tomarse al pie de la letra, la novela de Gascón nos recuerda una vez más la gran virtud de no tomarse las cosas de tan aburrida manera, de saber reírse de nosotros mismos y de la realidad en la que para bien y para mal nos ha tocado vivir.