Cartelera Turia

Side profile of a man with short dark hair and a mustache, wearing a shiny gold metallic cape and looking downward.

¡Jácara, el siglo de Oro se desata en Valencia.

REDACCIÓN: Hay espectáculos que no vienen a ocupar un hueco en la cartelera sino a descolocarla entera, a moverla unos centímetros hacia otro lugar. Y eso es exactamente lo que hace ¡Jácara!, la nueva creación de Alberto Velasco que aterriza en València como una especie de fiesta escénica sin filtros donde el teatro, la danza, la música, la poesía y el cabaret se mezclan hasta volverse indistinguibles, como si todo formara parte de un mismo impulso vital, de un mismo latido que conecta épocas, cuerpos e identidades. Porque aquí el Siglo de Oro no se contempla con reverencia sino que se abre en canal, se sacude el polvo y se devuelve al presente con toda su carga de ambigüedad, picardía y transgresión. Algo que resulta especialmente revelador en un momento en el que seguimos leyendo aquellos textos desde una mirada demasiado ordenada, demasiado normativa, como si nunca hubieran estado atravesados por el deseo, el disfraz o la tensión constante entre lo que se es y lo que se aparenta. Y sin embargo estaban llenos de eso. De personajes que cambiaban de identidad, de mujeres vestidas de hombres, de hombres jugando a ser otra cosa, de cuerpos que ya entonces se escapaban de cualquier etiqueta. Solo que durante siglos se decidió no mirar ahí, o mirar de reojo. Y Velasco hace justo lo contrario: coger todo ese material latente, hacerlo visible y convertirlo en el centro de la experiencia escénica, como si de repente todas esas historias ocultas reclamaran su espacio con una mezcla de humor, belleza y una cierta insolencia muy consciente de lo que está haciendo. Porque ¡Jácara! no es un ejercicio académico ni una revisión museística del pasado sino un acto profundamente vivo que dialoga con el presente desde el cuerpo, desde la escena y desde una libertad que atraviesa todo el espectáculo. Lo masculino y lo femenino dejan de ser categorías cerradas y empiezan a diluirse en algo más amplio, más complejo y más honesto. Algo que tiene que ver con lo diverso, con lo inestable y con esa idea de identidad que nunca termina de fijarse del todo. Y en ese sentido la propuesta funciona como un puente entre tiempos, entre sensibilidades, entre textos clásicos y miradas contemporáneas, pero también como una celebración de todos aquellos cuerpos que históricamente han quedado fuera del relato oficial. Los llamados cuerpos imposibles, que aquí no solo aparecen sino que ocupan el centro del escenario con una naturalidad desarmante, respirando, bailando, riéndose y reclamando su lugar sin necesidad de justificar nada. Ahí es donde el espectáculo encuentra una de sus mayores virtudes: en esa capacidad de convertir lo que durante mucho tiempo fue marginal en algo luminoso, compartido, incluso gozoso. Porque hay mucho goce en ¡Jácara!, mucho disfrute de la escena entendida como espacio de libertad, como territorio donde todo puede suceder, donde el tiempo se pliega y donde el espectador es invitado a dejarse llevar más que a entenderlo todo. Y todo eso sin renunciar al humor, a la ironía, a ese tono juguetón que atraviesa el espectáculo y que conecta directamente con el origen popular de la jácara como género, esa forma de teatro breve, satírico y festivo que se colaba en los entreactos del Siglo de Oro y que el público reclamaba a gritos como quien pide más vida, más espectáculo, más desorden.

Theater poster for 'Un viaje sin retorno' showing a smiling woman on the left and a man on the right.

“Un viaje sin retorno” homenajea en La Rambleta a los cómicos de España de la posguerra.

REDACCIÓN: La Rambleta acoge este 8 de mayo ‘Un viaje sin retorno’, una comedia dramática protagonizada por Ana Ruiz y Alex Gadea, bajo la dirección del prestigioso y prolífico director Ernesto Caballero. La obra propone un viaje a la España de los años cincuenta, donde dos artistas, Chelito y Federico, se adentran en el “fascinante y frágil mundo del espectáculo, del que no consiguen salir ilesos”. ‘Un viaje sin retorno’ narra la historia de dos personas corrientes que, por accidente, entran en el universo artístico y descubren que el triunfo también puede traer pérdidas, renuncias y sueños rotos, según ha explicado la sala en un comunicado. Ambientada en la España de posguerra, la pieza revive la música de la época mediante el personaje de Chelito Gallardo, una artista de aquel momento, y ofrece una mirada íntima a la vida de los artistas itinerantes que recorrían pueblos y ciudades tratando de ganarse la vida sobre los escenarios. El autor, Alex Gadea, explica que la obra “nace de la necesidad de recordar cómo vivían los cómicos hace más de setenta años y de rendir homenaje a quienes mantuvieron vivo el teatro incluso en los momentos más difíciles”. El texto rescata la figura de aquellos artistas que recorrían la España rural llevando el teatro, música y esperanza a lugares marcados por la escasez y la incertidumbre. La propuesta aborda temas universales como la emigración forzada, el amor, la ambición, la pérdida, el éxito y el fracaso, y parte “de una premisa clara: el éxito no siempre es un buen compañero de viaje”. Como advierte uno de sus mensajes centrales: “Cuidado con lo que sueñas, porque los sueños se pueden cumplir”. La dirección corre a cargo de Ernesto Caballero, figura clave del teatro español contemporáneo y exdirector del Centro Dramático Nacional, responsable de numerosos montajes y galardonado con premios como el Valle-Inclán y el Max. Caballero subraya el “valor emocional” del proyecto, que conecta la memoria íntima con la historia colectiva de un país en reconstrucción, mostrando a sus protagonistas no como héroes, sino como artistas vulnerables y perseverantes. El montaje está protagonizado por Ana Ruiz, actriz con una sólida trayectoria en teatro, televisión y musicales, y por Alex Gadea, intérprete valenciano ampliamente conocido por sus trabajos en televisión, cine y escena, quien además firma la autoría del texto como un proyecto “profundamente personal”. ‘Un viaje sin retorno’ invita al público a reflexionar sobre el precio del éxito y el valor de los sueños en un contexto social marcado por la necesidad y la esperanza.

Two professionals shake hands; a woman in a brown suit holds a black briefcase, smiling at the camera in a classroom-like setting.

HUEVO DE COLÓN: EL DESASTRE DE EDUCACIÓN Y CULTURA.

LA CONSELLERIA de Educación e Incultura estrenó nueva etapa con Carmen Ortí, tras la salida de José Antonio Rovira, el ya célebre “comegambas” o “Terminator”, enviado a Hacienda para vigilar las cuentas de los valencianos. Rovira deja un panorama erosionado, pero el relevo no ha cambiado el fondo: solo el envoltorio. Menos ruido, más reuniones. Menos bronca, más sonrisas. Pero el sistema sigue igual de atascado. ORTÍ NO llega a un ecosistema cultural —teatro, danza, circo, música, gestión cultural, literatura— que lleva meses denunciando abandono, recortes y descoordinación. Un sector que ya venía haciendo malabares para sobrevivir entre convocatorias tardías, estructuras débiles y una administración que aparece más como obstáculo que como aliado por la inutilidad y desidia de sus gestores. LA NUEVA consellera activa rápidamente el protocolo clásico: ronda de reuniones con asociaciones, colectivos, profesionales. AAPV, AVETID, gestores culturales, distribuidores, creadores… todos pasan por el despacho. Se habla mucho. Se escucha mucho y se promete aún más. Palabras como “diálogo”, “nueva etapa” o “escucha activa” empiezan a circular como moneda oficial. El encuentro clave llegó el 10 de febrero. El sector puso sobre la mesa todo el desastre: el colapso del Institut Valencià de Cultura, el Circuit Cultural, los retrasos en ayudas, la caída de producción valenciana, la falta de planificación. Los mismos arquitectos del desastre dando la cara tres años después de la llegada del torero Vicente Barrera. Son unos indolentes. UN MES después de la reunión del sector de las artes escénicas volvía la movida solicitando una reunión urgente con la consellera del “diálogo” para denunciar de nuevo los recortes presupuestarios, los retrasos en ayudas y los cambios en el Circuit Cultural Valencià que, a su juicio, están agravando la situación de compañías y profesionales. EL NUEVO Circuit Cultural Valencià parece diseñado por alguien que carece de los mínimos conocimientos de gestión pública. Programaciones comprimidas en el último cuatrimestre, municipios sin actividad durante meses, compañías trabajando sin continuidad, como si se tratara de trabajadores estacionales de la recolección de melones. Cultura en formato “atracón”: todo al final, nada durante el año. Un modelo que no responde ni al público ni a los profesionales. EL DATO es tan simbólico como devastador: el Teatro Principal ha pasado más de un año sin programar compañías valencianas. En el principal escenario público de la ciudad. No es un error, es una declaración de su responsable, Maria José Mora.Mientras se habla de “impulso cultural”, la producción propia desaparece de los espacios teatrales institucionales. LAS AYUDAS públicas llegan tarde, se resuelven tarde y se pagan tarde. Y cuando llegan, lo hacen con una carga burocrática que el sector describe como “sobredimensionada”. Resultado: compañías endeudadas, proyectos sin planificación y profesionales más pendientes de papeles que de crear. La cultura convertida en gestoría. TRES AÑOS después de llegar al gobierno, la Conselleria de Incultura del PP anuncia que va a hacer… un estudio cultural. Otro estudio. Después de reuniones, quejas, comunicados, recortes y colapsos la se sacan “un estudio” de la chistera para ganar tiempo y tratar de dormir a la ovejas. Así que se ha pasado de la expectativa a la frustración, y de la frustración al hartazgo. Quieren un sector callado. HABLAMOS de “Incultura, pero lo que está pasando en el otro sector de la Consellería. la de Educación, no es menos grave. En paralelo al caos cultural, la otra mitad del despacho de Carmen Ortí arde sin necesidad de metáforas. Educación está en punto de ebullición. El profesorado ha roto el diálogo con la Consellería tras meses —desde septiembre— reclamando mejoras salariales, reducción de burocracia y planificación real. La última reunión fue el resumen perfecto de la legislatura: buenas palabras, cero propuestas, ninguna cifra y todo supeditado a unos presupuestos que no existen. MIENTRAS tanto, los sindicatos —STEPV, CCOO, UGT, CSIF— ya hablan abiertamente de huelga indefinida a partir de mayo. No como amenaza, sino como consecuencia. Porque cuando una administración responde al conflicto con “ya veremos en otoño”, lo que está diciendo en realidad es “aguantad”. Y el profesorado ha decidido que no. ORTÍ INSISTE en que hay voluntad negociadora, que se está trabajando, que habrá una propuesta. Pero sin fechas, sin cantidades y sin calendario. Es decir, sin nada. El profesorado, que lleva meses pidiendo exactamente eso —concreción—, ya no compra el relato. De hecho, lo califica directamente de chantaje: se les pide responsabilidad para no afectar al alumnado mientras se ignoran sus condiciones laborales. La paradoja es brutal: se apela a la calidad educativa mientras se desprecia a quienes la sostienen. Y así, entre apelaciones a la calma y reuniones estériles, la Conselleria ha conseguido lo impensable: unificar a todo el frente sindical en una misma respuesta. EL CONFLICTO no es nuevo, pero sí acumulativo. El profesorado valenciano sigue estando por debajo de la media estatal en retribuciones, con plantillas tensionadas y una carga burocrática creciente. Las reivindicaciones no son revolucionarias: equiparación salarial, más recursos, menos papeleo. Pero ni eso ha sido suficiente para provocar una respuesta política. La sensación en los centros es clara: la administración no solo no mejora, sino que posterga cualquier solución. Y cuando una administración pospone sistemáticamente los problemas, lo que genera no es estabilidad. Es conflicto. EN MEDIO de este incendio educativo, aparece el episodio que lo resume todo. Jordi Martí, nombrado bajo el paraguas político de Pérez Llorca responsable de Formación del Profesorado de la Consellería de Educación, ha tenido que dimitir por su actitud faltona y chulesca con el profesorado. La polémica se remonta al contenido del libro Educación 6.9. Fábrica de gurús, publicado en 2022 y denunciado ante los grupos de las Corts Valencianes por un funcionario de la Conselleria de Educación, según el Diario.es PORQUE NO estamos hablando de un desliz en una entrevista ni de una frase sacada de contexto. Estamos hablando de afirmaciones como definir a parte del profesorado como “los más estúpidos de la pirámide”, un desprecio frontal hacia quienes, paradójicamente, debía formar. O de un tono general que, según la denuncia interna, incluía expresiones

Crowd of protesters holding colorful banners and flags in front of a brick government building, wearing yellow and green shirts under a blue sky with umbrellas nearby.

EDITORAL: HAY MOTIVO

No suele ocurrir que un colectivo tan poco dado a los gestos extremos como el profesorado se plantee una huelga indefinida. No es un sector impulsivo. Al contrario: acostumbra a resistir, a aguantar, a estirar los recursos hasta donde no llegan. Por eso, cuando el 77% de los docentes valencianos afirma estar dispuesto a movilizarse, conviene dejar de hablar de “conflicto” y empezar a hablar de problema serio. Los datos no son una anécdota. Casi 10.000 profesores han participado en una consulta impulsada por los sindicatos y la conclusión es clara: la huelga no es una amenaza retórica, es una posibilidad real que puede arrancar el 11 de mayo. No hay división significativa, no hay dudas de fondo. Hay cansancio. Y, sobre todo, hay una sensación bastante extendida de que al otro lado no hay nadie escuchando. Porque lo que está en juego no es solo una subida salarial. Eso sería reducir el conflicto a una cuestión contable, y no lo es. El profesorado lleva meses —algunos dirían años— reclamando algo más básico: condiciones dignas para trabajar. Menos burocracia, plantillas suficientes, estabilidad, reconocimiento. En resumen, poder dar clase sin tener que sobrevivir a la administración. La respuesta de la Conselleria de Educación, dirigida por Carmen Ortí, ha sido una mezcla de buenas palabras y aplazamientos. Promesas de diálogo, sí. Intenciones, también. Pero propuestas concretas, ninguna. Todo queda supeditado a unos presupuestos que no llegan, a un calendario que no existe y a una negociación que siempre parece empezar mañana. Mientras tanto, el mensaje implícito es peligroso: paciencia. Siempre paciencia. Como si el profesorado no llevara ya demasiado tiempo sosteniendo un sistema que funciona más por inercia que por planificación. Como si el desgaste no tuviera consecuencias. La situación se agrava cuando desde la administración se apela a la “responsabilidad” de los docentes para no perjudicar al alumnado. Un argumento que, utilizado así, roza el chantaje emocional. Porque precisamente son los profesores quienes garantizan cada día que ese derecho a la educación se cumpla, incluso en condiciones que distan mucho de ser las ideales. Y lo hacen con servicios mínimos, con sobrecarga de trabajo y con salarios que siguen por debajo de otras comunidades. La huelga, por tanto, no es el problema. Es el síntoma. Y si se llega a ella, será porque todas las vías anteriores han fracasado. Porque el diálogo se ha quedado en la foto y no ha pasado al contenido. Porque la política educativa ha optado por ganar tiempo en lugar de afrontar los conflictos. Hay, además, un elemento que no conviene olvidar: el desgaste no es solo laboral, también es simbólico. Casos recientes, como la dimisión del subdirector general Jordi Martí tras la polémica por sus declaraciones y publicaciones denigrantes hacia el profesorado, han contribuido a erosionar aún más la relación entre administración y docentes. No es solo una cuestión de gestión, es también de respeto. En este contexto, la huelga aparece como último recurso. No como estrategia, sino como salida. La pregunta ya no es si habrá movilizaciones. La pregunta es por qué se ha llegado hasta aquí. Y la respuesta, aunque incómoda, es bastante evidente: porque no se ha querido escuchar a tiempo. Hay motivo. Y de sobra.

Two adults standing side by side in front of a large orange-and-pink event backdrop with Spanish text.

HUEVO DE COLÓN: BARBARITAT CULTURAL

COCOLISO: La Conselleria de Educación y Cultura, a través del Institut Valencià de Cultura, continúa con su deriva una semana más y el sector ya no habla de crisis, habla directamente de abandono. Once asociaciones alzando la voz no es una pataleta colectiva, es un diagnóstico compartido. Lo llamativo no es la protesta, es que nadie dentro de la administración parece dispuesto a escucharla. El silencio institucional empieza a ser tan preocupante como la propia falta de gestión. EL RECORTE del 11% no es un accidente presupuestario, es una decisión ideológica. En un momento en el que el sector necesita estabilidad, se introduce incertidumbre. Y en cultura, la incertidumbre no genera eficiencia, genera parálisis. Menos dinero no implica hacer más con menos: implica hacer menos, producir menos y, en última instancia, desaparecer del mapa. DENTRO del IVC ya no se oculta el colapso. Falta personal, los expedientes se acumulan y los tiempos administrativos se dilatan hasta lo insostenible. Pero, al mismo tiempo, se destinan más de 200.000 euros a externalizar funciones. Es el modelo perfecto de la contradicción: debilitas lo público y pagas fuera para que alguien haga lo que antes funcionaba dentro. EL CIRCUIT Cultural Valencià se ha convertido en un sistema fallido que concentra la programación en unos pocos meses, dejando amplias zonas del calendario en blanco. Municipios sin actividad, compañías sin gira, público desconectado. La cultura ya no es un flujo continuo, es un evento puntual. Y cuando la cultura se convierte en excepción, deja de ser servicio. EL NUEVO sistema de justificación de ayudas roza lo absurdo. Documentación infinita, plazos imposibles y una sensación generalizada en el sector: no quieren que entres. No hace falta eliminar subvenciones si conviertes el acceso en una carrera de obstáculos diseñada para que muchos desistan antes de empezar. EN MEDIO de este escenario, hay nombres que se mantienen intactos. El de María José Mora, responsable de Teatres, sigue ahí, inamovible, pese al deterioro evidente del sistema. En el sector ya no se habla en voz baja: su continuidad no se entiende sin el contexto político y familiar que la rodea. La percepción es clara —y peligrosa—: no se trata de gestión, se trata de protección. Y cuando la meritocracia se sustituye por redes de afinidad, el sistema deja de ser profesional para convertirse en otra cosa. EN LA CÚSPIDE, Álvaro López Jamar es conocido por los distintos agentes culturales como un “inútil”. Pero eso ya se sabía cuando lo nombraron. Un chupatintas gris carente de cualquier interés por el sector cultural, y sin experiencia para conocer los detalles de cómo funciona una administración pública. Y cuando la cúspide falla el edificio entero se resiente. EN SU HABER quedará el haber decidido retirarle la ayuda a la Academia Valenciana del Audiovisual, el haberse cargado el Circuit teatral valencià, el haber denostado la Mostra de Teatre d´Alcoi que era el escaparate referencia del teatro valenciano al exterior y muchas otras decisiones o indecisiones que han subsumido a la cultura pública en un cienagal. La caída de la producción valenciana y en valenciano ya no es una hipótesis, es una realidad. Menos apoyo, menos recursos, menos visibilidad. Y luego llegarán los discursos sobre la defensa de la identidad cultural. Pero la identidad no se protege con palabras, se sostiene con políticas. LA MOSTRA d’Alcoi, uno de los pilares históricos del sector, entra en recortes. Y cuando empiezas a tocar lo que funciona, es que ya no controlas lo que no funciona. Es el síntoma más claro de que el modelo ha entrado en una fase de deterioro estructural, muy en la línea de la situación del propio gobierno del PP, apoyado por la ultraderecha de Vox. COMO GUINDA, la eliminación de los Premios de las Artes Escénicas Valencianas en 2025 no es un detalle menor, es un gesto político con consecuencias profundas. Sin premios no hay foco, sin foco no hay relato, y sin relato el sector desaparece del imaginario público. Lo más preocupante no es el cansancio del sector, es que empieza a instalarse la resignación. Y cuando llega la resignación, el desmantelamiento ya está casi completado. LA SEMANA pasada contábamos que la Conselleria de eduación y Cultura pedía al Ayuntamiento de Xàtiva la devolución de una subvención de 300.000 que se había gastado en la construcción del próximo Centro Raimon, un proyecto importante que no solo será un centro cultural sino el lugar de legado de la obra del cantautor. Pues esta semana había novedades. LA DIPUTACIÓN de Valencia, a través de la Vicepresidenta Primera (Ens Uneix) ha aprobado 1 millón de euros para financiar las obras de dicho centro.Según el alcalde de Xàtiva, Roger Cerdà esto contrasta con la actitud sectaria de la GVA que no ha renovado el convenio y además pide la devolución de lo invertido. Estamos en manos de auténticos bárbaros.

FRONT PAGE: ALTAS TONTERÍAS

PAU VERGARA: Todos los que tenemos hijos en edad escolar hemos escuchado a algunos padres o madres comentar: “Es que mi hijo tiene altas capacidades”. Al final, como persona interesada en la educación e incansable observador de la conducta humana, uno se da cuenta de que se ha creado todo un negocio alrededor de las supuestas dotes especiales de nuestros hijos. Hay gurús, academias, informes milagro y una industria entera que convierte cualquier rasgo en una etiqueta vendible. Y los padres lo cuentan orgullosos, como si hubieran descubierto una nueva especie humana en el salón de su casa. Luego lees estudios de pedagogía y te encuentras con otra realidad: chavales con desequilibrios, presión excesiva, dificultades para encajar. Pero siempre queda el comodín: “es que mi hijo tiene altas capacidades”. No, lo que tienes es un niño al que no estás entendiendo. Y unos padres, en muchos casos, más perdidos que él. Y luego está el otro gran campo de batalla: lo público y lo privado. La educación como trinchera ideológica y, sobre todo, como marcador social. Cuando escolaricé a mis hijas en un conocido colegio público del centro de Valencia, un vecino —con esa seguridad que da la ignorancia— nos soltó a mi mujer y a mí que “ahí iban los hijos de las putas y los emigrantes”. Más tarde supimos que era votante de Vox, aunque tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para intuirlo. Aquella frase, más que un exabrupto, era una radiografía perfecta de un país que sigue midiendo a los niños por el código postal del colegio al que van. Con todo ese caldo de cultivo —ansiedad, clasismo, miedo disfrazado de ambición— se construye Altas capacidades, la nueva película de Víctor García León. Y lo hace con una lucidez que incomoda tanto como divierte.Lejos de acomodarse en el chiste fácil, García León recupera la mirada afilada que ya apuntaba en Selfie, aquella comedia que con los años ha ganado peso hasta convertirse en una especie de documento sociológico adelantado a su tiempo. Si entonces el foco estaba en el privilegio y la impostura de una generación, ahora lo traslada a uno de los espacios más delicados: la crianza. Junto a Borja Cobeaga, construye un guion que entiende perfectamente el delirio contemporáneo: padres de clase media intentando tomar decisiones educativas como si estuvieran gestionando una inversión de alto riesgo. Todo se mide, todo se compara, todo se vive con la sensación de que un paso en falso puede condenar el futuro de tus hijos.La historia de la pareja interpretada por Marián Álvarez y Israel Elejalde funciona precisamente porque no tiene nada de extraordinaria. Un niño con problemas en el colegio público. Una posible plaza en un centro privado de prestigio. Un entorno que presiona. Y, poco a poco, una decisión que deja de ser educativa para convertirse en una cuestión de identidad, de estatus, de miedo. Porque Altas capacidades no habla de niños. Habla de adultos desbordados.De padres que proyectan sus frustraciones.De madres que confunden protección con control.De parejas que ya no saben si están decidiendo por sus hijos… o por ellos mismos.La película acierta al retratar cómo el discurso del “quiero lo mejor para mi hijo” es, muchas veces, una forma elegante de esconder inseguridades propias. El colegio privado aparece como una promesa de salvación, pero también como una trampa: una estructura que no solo educa, sino que clasifica, separa y, en muchos casos, excluye. Formalmente, García León se aleja de la comedia televisiva para apostar por una puesta en escena seca, incómoda, casi quirúrgica. Los espacios pesan. Los silencios hablan. Y cada escena parece diseñada para que el espectador se ría… hasta que deja de hacerlo.Ahí reside una de las grandes virtudes de la película: su capacidad para generar incomodidad sin perder el humor. No hay chistes fáciles, sino situaciones que empiezan siendo absurdas y terminan revelando verdades incómodas sobre la hipocresía social, el clasismo o la incapacidad de los adultos para comunicarse sin máscaras. En el fondo, Altas capacidades es una película sobre la impostura. Sobre una sociedad que necesita que todo el mundo sea especial, brillante, excepcional… aunque eso implique forzar etiquetas, exagerar diagnósticos o convertir la normalidad en un problema.Y ahí lanza su dardo más certero: quizá el problema no es si los niños tienen o no altas capacidades. Quizá el problema es que los adultos no sabemos aceptar que nuestros hijos —y nosotros mismos— somos, en esencia, bastante normales.Sin discursos grandilocuentes, pero con una precisión incómoda, la película deja entrever un alegato a favor de lo público, de lo imperfecto, de lo común. Y lo hace sin moralinas, sin pancartas, simplemente mostrando.Puede que no sea una comedia cómoda. Puede que remueva. Pero precisamente por eso, Altas capacidades se coloca como una de las películas más inteligentes y necesarias del año.Porque pocas cosas hay más peligrosas —y más honestas— que una película que se atreve a decir lo que muchos piensan… pero casi nadie se atreve a reconocer.

CINE EN SEMANA SANTA

PAU VERGARA: Hay dos certezas absolutas en la vida: que Hacienda siempre vuelve… y que en Semana Santa alguien, en algún canal, está poniendo Los 10 mandamientos,  Ben-Hur. O Espartaco. O Rey de reyes. Da igual el año, el gobierno, el algoritmo o la plataforma que jure conocerte mejor que tu madre: cuando llegan estas fechas, el cine se convierte en una especie de procesión audiovisual donde desfilan siempre los mismos títulos, con la solemnidad de un paso y la inevitabilidad de una torrija. Y lo curioso es que lo sabemos. No hay sorpresa posible. Sabemos que Charlton Heston va a fruncir el ceño como si llevara siglos cargando con el peso de la historia, que los romanos hablarán como si cada frase fuera una sentencia eterna y que todo avanzará con una calma que hoy, en tiempos de TikTok, parece casi revolucionaria. Y aun así… nos sentamos a verlo. Porque hay algo profundamente reconfortante en esa repetición, en ese déjà vu que, lejos de aburrirnos del todo, nos sitúa en un lugar reconocible, casi íntimo. Semana Santa tiene algo de suspensión del tiempo. Las ciudades cambian de ritmo, las persianas bajan antes, las calles se llenan de pasos o de silencio, y en casa sucede algo parecido: se abre un paréntesis. En ese paréntesis, ver una película de cuatro horas no es un exceso, es un plan. Y esas películas —las de siempre— encajan perfectamente en ese estado mental. No hay prisa, no hay urgencia, no hay necesidad de “optimizar” el tiempo. Solo hay sofá, algo dulce en la mesa y una historia que ya conoces pero que vuelves a recorrer. Películas como Los diez mandamientos, La túnica sagrada o Jesús de Nazaret no son solo cine, son memoria colectiva. Están asociadas a momentos muy concretos: tardes en casa de los abuelos, discusiones familiares sobre quién tenía el mando, cabezadas en el sofá mientras alguien insistía en que “ahora viene lo mejor”. Son películas que hemos visto a trozos, empezadas a mitad, retomadas al día siguiente, comentadas sin demasiado interés pero con una familiaridad absoluta. Y luego está el espectáculo. Ese cine hecho a lo grande, sin ordenador, sin efectos invisibles, con miles de extras y decorados que parecían ciudades enteras levantadas para la ocasión. Hoy lo vemos con una mezcla de admiración y cierta sonrisa irónica, pero hay algo innegablemente hipnótico en esas imágenes. Todo es excesivo, sí, pero también profundamente físico, tangible. Los caballos corren de verdad, el polvo se levanta de verdad, la épica no está renderizada, está construida. Ese exceso, que podría resultar ridículo, acaba funcionando como un refugio. Porque frente al consumo rápido y fragmentado de hoy, estas películas te obligan a detenerte, a aceptar su ritmo, a entrar en su lógica. No puedes ver Ben-Hur “mientras haces otra cosa”. O te entregas o te vas. Y en Semana Santa, curiosamente, estamos más dispuestos a entregarnos. Pero no todo es cariño. También hay rechazo, y es legítimo. Ese momento en el que haces zapping y te invade una sensación de déjà vu televisivo casi agresivo. Ese pensamiento inevitable: “¿de verdad no hay otra cosa?”. Porque estas películas, vistas desde fuera del ritual, pueden resultar pesadas, previsibles, incluso un poco anacrónicas. Representan una forma de hacer cine que ya no existe y que, en ocasiones, cuesta digerir con la mirada actual. Además, hay algo de imposición en todo esto. Como si alguien hubiera decidido que la Semana Santa viene con un pack cerrado: procesión, torrijas y cine bíblico. Y claro, en una época donde todo es personalizable, donde cada uno construye su propia parrilla, esa repetición puede generar una especie de rechazo instintivo. Y sin embargo, seguimos cayendo. Porque en el fondo no vemos estas películas solo por lo que cuentan, sino por lo que activan. Nos conectan con una idea de continuidad, de tradición, de tiempo compartido. Nos recuerdan que hubo un momento en el que no elegíamos tanto, en el que ver lo que había también tenía su encanto. En un presente donde cada semana hay diez estrenos imprescindibles, donde siempre hay algo que “no puedes perderte”, volver a lo mismo tiene algo casi liberador. No tienes que decidir, no tienes que estar al día, no tienes que demostrar nada. Solo tienes que sentarte y dejar que la historia avance, aunque ya sepas exactamente hacia dónde va. Quizá por eso, aunque protestemos, aunque hagamos bromas, aunque juremos que este año no caeremos… siempre hay un momento en el que te quedas mirando la pantalla y piensas: “Bueno… ya que estoy, la dejo un rato más”. Y ese rato, como siempre, acaba siendo toda la película. Porque en el fondo, Semana Santa sin Ben-Hur, sin ese exceso, sin esa repetición casi absurda, no sería exactamente Semana Santa. Sería otra cosa. Y probablemente, un poco menos nuestra.

Rural Street Photography: mirar despacio en La Vall de Gallinera

Mientras tanto, lejos de los focos, la cultura también encuentra su lugar en los márgenes. La visita del fotógrafo Frank Jackson a La Vall de Gallinera propone justo lo contrario a la lógica contemporánea: detenerse. Durante los días 17, 18 y 19 de abril, este encuentro impulsado por el Institut de Permacultura Iriai plantea la fotografía como una herramienta para entender el territorio, no para consumirlo. La sesión abierta en Benialí y el taller “Rural Street Photography” invitan a observar la vida rural desde dentro, atendiendo a los ritmos, los gestos y las transformaciones silenciosas del paisaje. En un mundo obsesionado con la velocidad, aquí se reivindica la pausa como forma de conocimiento.

Skyline Benidorm Film Festival: el corto como campo de batalla creativo

En paralelo, el audiovisual encuentra su epicentro en Benidorm. El Skyline Benidorm Film Festival celebra su décima edición consolidándose como algo más que un escaparate: es un laboratorio donde se cruzan generaciones, estilos y urgencias narrativas. Del 18 al 25 de abril, la ciudad se convierte en ese lugar donde el cortometraje deja de ser una antesala para convertirse en protagonista. Dentro de este ecosistema, PRISMA – Industry Encounters funciona como el corazón industrial del festival, reuniendo a guionistas, productores, distribuidores y prensa en un espacio donde las ideas buscan convertirse en proyectos reales. Aquí no hay glamour impostado, hay trabajo, dudas, encuentros y, sobre todo, la sensación de que el cine sigue siendo un oficio colectivo.

Pet Shop Boys aterrizan en el Roig Arena el 23 de julio con su primer concierto en España en 2026

El dúo británico repasará los grandes éxitos de sus 40 años de carrera en un concierto que forma parte de la gira “Dreamworld: The Greatest Hits Live”, que solo hará parada en Valencia y Santander. Ya está abierto un registro en la web de Roig Arena para acceder a la preventa exclusiva que tendrá lugar el jueves 26 de marzo a partir de las 10h. La venta general será el viernes 27 de marzo a las 10h en la web www.roigarena.com. Valencia, 25 de marzo de 2026.- El dúo británico Pet Shop Boys actuará el 23 de julio en Roig Arena en un concierto que celebrará cuatro décadas de grandes éxitos y que se enmarca en la gira “Dreamworld: The Greatest Hits Live”. Será su primer concierto en España en 2026 -al que le seguirá su actuación en un festival de Santander- y marcará, además, su regreso a la capital del Turia diecinueve años después. Desde su incorporación a Parlophone Records en 1985, el dúo integrado por Neil Tennant y Chris Lowe ha colocado 22 singles en el Top 10 de Reino Unido, logrando cuatro números uno. Han publicado 15 álbumes de estudio, que se han posicionado en lo alto de las listas en todo el mundo y han sido incluidos en el Libro Guinness de los Récords como el dúo británico más exitoso de la historia. Sus conciertos se caracterizan por su propuesta de “pop musical theatre”, de la que han formado parte directores, diseñadores y artistas como Derek Jarman, David Alden y David Fielding, Zaha Hadid, Sam Taylor-Wood, Es Devlin o Tom Scutt. Durante su carrera, Pet Shop Boys han sido cabezas de cartel de multitud de festivales, entre los que se encuentra Glastonbury, Primavera Sound y Sónar Barcelona. En 2009, los BRIT Awards los premiaron con el premio “Outstanding Contribution to Music”. Además de colaborar como autores y productores con artistas de la talla de Madonna, David Bowie o Noel Gallagher, Pet Shop Boys también son autores del musical del West End de Londres “Closer to Heaven”.