Cartelera Turia

Male singer in white outfit performs center stage with a microphone while an orchestra accompanies him, blue stage lighting in the background

YANDEL ELEVA EL REGETÓN EN EL ROIG ARENA

Y.RAMÍREZ: Había curiosidad por comprobar si un género nacido en la calle podía convivir con la solemnidad de una orquesta sinfónica. La respuesta llegó con contundencia en el Roig Arena. Yandel no solo aceptó el reto, sino que convirtió su concierto en una demostración de que el reguetón también puede reinventarse sin perder un ápice de su identidad. Más de 10.600 personas fueron testigos de una propuesta tan arriesgada como efectiva, donde los violines, los metales y la percusión clásica abrazaron los ritmos urbanos que han acompañado a varias generaciones. Desde el primer momento quedó claro que no se trataba de un concierto convencional. El escenario respiraba una atmósfera distinta, con una gran orquesta ocupando buena parte del espacio mientras una cuidada producción visual, reforzada por juegos de luces, humo y columnas de fuego, envolvía cada interpretación. El resultado era una experiencia que respetaba la esencia de las canciones originales, pero las vestía con una dimensión épica que sorprendía incluso a quienes las conocían de memoria. El recorrido por su carrera estuvo cuidadosamente construido para alternar nostalgia y actualidad. Los grandes clásicos de su etapa junto a Wisin despertaron una inmediata conexión con el público, que convirtió el recinto en un gigantesco coro. Temas como Permítame, Abusadora, Noche de Sexo o la imprescindible Rakata demostraron que, dos décadas después, siguen siendo auténticos himnos del reguetón capaces de levantar a miles de personas al mismo tiempo. Pero el concierto no vivió únicamente de la nostalgia. Yandel también dio protagonismo a su etapa más reciente con canciones como Yandel 150, confirmando que continúa siendo una figura plenamente vigente dentro de la música urbana. La aparición de su hermano Gadiel añadió un componente familiar y cercano a una noche que fue mucho más que una sucesión de éxitos. Uno de los grandes aciertos del espectáculo fue precisamente el tratamiento musical. Los arreglos sinfónicos no actuaban como un simple acompañamiento decorativo, sino que aportaban nuevas texturas y una profundidad inesperada a unas composiciones que el público está acostumbrado a escuchar bajo una producción completamente electrónica. En muchos momentos, las cuerdas adquirían un protagonismo emocionante antes de dejar paso a la contundencia de las bases rítmicas, logrando un equilibrio sorprendente entre dos universos aparentemente incompatibles. El público respondió desde el primer minuto. La mayoría permaneció en pie durante buena parte del concierto, bailando, cantando y celebrando cada éxito como si se tratara de una gran fiesta colectiva. Era evidente que muchas de aquellas canciones forman ya parte de la memoria sentimental de varias generaciones que han crecido escuchando a Yandel. La recta final fue un auténtico estallido de energía. Moviendo Caderas, Sexy Movimiento y Algo me gusta de ti transformaron definitivamente el Roig Arena en una inmensa pista de baile donde ya nadie permanecía sentado. La comunión entre artista y público fue absoluta, cerrando una actuación que combinó espectáculo, emoción y una notable ambición artística. Con Yandel Sinfónico, el artista puertorriqueño demuestra que el reguetón ha alcanzado una madurez que le permite dialogar con otros lenguajes musicales sin renunciar a su esencia. Lejos de ser un simple experimento, el concierto ofreció una nueva lectura de un repertorio que ha marcado la historia reciente de la música latina y confirmó que las buenas canciones sobreviven a cualquier arreglo cuando detrás existe un artista capaz de seguir reinventándose sin perder su personalidad.

Man in an orange robe and headscarf leans toward the camera with a curious expression in a stone courtyard set piece.

REFUGIO CLIMÁTICO: LAS MOSCAS

ANDREA MOLINER: Julio de 2026. Días antes de que un futbolista de Foios desatase la euforia de todo un país. Durante la segunda o tercera o cuarta ola de calor consecutiva en lo que llevamos de verano. Semanas después de que mi perfecto flequillo rizado se convirtiera en una cortina estufada e imposible de domar. Con el insistente eco de la tragedia en forma de llamaradas avanzando hacia pueblos y parajes naturales. Rodeados de las robustas columnas del claustro y bajo la atenta mirada de Luis Vives me hallaba junto a mi pareja, abanico en mano, a punto de ver Golfus de Roma. O lo que es lo mismo, esperando a que el cine de verano – una de las mejores cosas que se pueden hacer sola o acompañada, igual da, para soportar el tedio de tener que ir a currar con semejante panorama- dé comienzo. Los “uf”, los tirantes, los pelos adheridos a los hombros, los óvalos de sudor devorando espaldas y sobacos, el bocata de tomate, queso, mostaza y piparras que te sabe a gloria, la leve brisa que consigue orgasmar a más de una/o, los mosquitos sacando la artillería pesada o las moscas, sobre todo las moscas, posándose sobre pieles que se asemejan al caldo humeante en el que entre todos hemos convertido al Mediterráneo. Pese no haberla revisado desde mi época universitaria, os puedo asegurar que esta joyosa que mezcla el vodevil con las comedias de Pláuto me hizo reír como la primera vez, pero también ser partícipe de ese sudor (palabra mágica) que abrillantaba el rostro de unos intérpretes especialmente inspirados, que apelmazaba la peluca de Zero Mostel, que caía cual cascada bajo el sombrero de Buster Keaton o que tornaba aún más ridícula la estrambótica egolatría de Leon Greene en el papel del Capitán Miles Gloriosus. Ni las murallas de Ávila allá a lo lejos, ni el acueducto de Segovia convertido en una loquísima pista de baile o la desternillante persecución a toda pastilla sobre carros y cuadrigas por los montes de la sierra Madrileña consiguieron desviar mi atención de aquellos puntitos negros con alas posados sobre la túnica de la falsa Phillia. Lejos quedaron climáticamente otros cines de verano, los de la infancia, en los que no sabíamos como abrigarnos bajo el cielo despejado de un doce o trece de agosto. Cierto es que en un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín las temperaturas nocturnas solían caer en picado y, por tanto, quedarte sin sitio en medio de la hilera de sillas de plástico blancas era arriesgarte a levantarte al día siguiente con un resfriado. De todas aquellas sesiones de cine a la fresca – esta vez de verdad- recuerdo muy especialmente aquella en la que vi la primera entrega de la saga de Narnia en la que la nieve del paisaje nos caló tanto en los huesos que tuvimos que agregar una capa más a nuestras rebequitas y chaquetas vaqueras. Hubo quien, incluso, se echó una manta encima para poder disfrutar de la cinta sin pelarse de frío. Por aquel entonces nos empachábamos de pipas Grefusa, de chupa-chups, de pelotazos, de Lays Campesinas y de moscas, de nuevo ellas, a las que no parábamos de espantar entre plano y plano. A estas alturas, sobre todo teniendo en cuenta el poder que lo nostálgico tiene en nuestra relación con el presente, dudo mucho que los cines al aire libre desaparezcan. Aunque nos acabemos derritiendo en la cola de las palomitas, quizá ahora seria mejor hacer cola para unos helados, seguiremos disfrutando de uno de los pocos placeres que nos quedan: imaginar otras vidas posibles sobre una tela/pantalla blanca. Tal vez deberíamos seguir el ejemplo de las moscas las cuales, quiero pensar, han decidido dejar este mundo cada vez más extraño para compartir protagonismo y humor con Hystericus, Pseudolus o Erronius. Y aunque la historia dice que, en realidad, fue la fruta y verdura fresca que utilizaron como atrezzo lo que hizo que el plató y por consiguiente la imagen para la historia se llenase de este molesto insecto, sostengo que son afortunadas, que han conseguido escapar, que los que nos quedamos sólo nos queda contemplar, reír, suspender el tiempo mientras otros no dudan en arrebatárnoslo.

Person reads an open book on a bicycle or bike pannier, with a group on a bench and green hills in the background.

VIATJAR A LLOCS FRESCOS I FUGIR AIXÍ DE L’INFERN DE LA CALOR VALENCIANA.

PACO TORTOSA: Bon dia, lectors i lectores de la Túria del segle XXI. Ja estem instal·lats en l’any 2026 en plena era del canvi climàtic, entre guerres horroroses i incendis de sexta generació. El director Pau Vergara em demana que us recomane per on viatjar per passar uns dies d’estiu sense morir de calor. Us parlaré de contrades de l’estat espanyol que tenen en comú assegurar un bon dormir per les temperatures suaus dels seus estius, especialment a la nit, ja que este any les calors terribles també arriben al nord peninsular més humit. Són contrades que es troben a unes altituds que fan que les nits siguen de dormir conciliador en localitzar-se a serralada Cantàbrica i mirant a un mar encara fresc que es barreja amb l’oceà Atlàntic. Res millor que una experiència que acabe de viure pel nord de Lleó i l’interior d’Astúries. Acabe de tornar este principi de juliol, junt amb unes amistats molt benvolgudes, d’un viatge en bici pels voltants i l’interior del Parc Natural de Ponga (Astúries), a cavall entre Lleó i Astúries. En molts moments del viatge, les llàgrimes d’emoció em feien brillar la mirada extasiada davant tanta bellesa. Amb tota probabilitat Ponga siga un dels territoris de l’estat espanyol més salvatge i primigeni en esta tercera dècada del segle XXI. En trobar-se a l’ombra dels imponents Pics d’Europa, pocs viatgers i turistes hem trobat pels seus poblets de minúscula bellesa. El pedaleig ens ha portat entre boscos inabastables on la llum del sol a penes resta humitat al terra i les falagueres. Per allí viuen llops i ossos i sempre ens sobrevolen àguiles elegants que volen pausadament cercant menuts mamífers. L’escorrim constant en forma de fonts aigua és constant per tot arreu; una aigua prístina, freda i sanadora. I tot envoltat per una geologia intricada que dona peu a un relleu salvatge i ciclop, que de tan imponent et fa pensar en racons remots del planeta. En conseqüència, les verticalitats dels vessants muntanyencs deixen veure llogarets de poques cases penjats en el temps. En alguns tan sols viu una persona. Ella sola penjada sobre cingleres i sense cobertura de mòbil. Al fons humit i entre penombres de les valls, corre una aigua de rumors celestials que conforma cada poc uns tolls d’aigua on refrescar cos i anima. La seua frescor i nitidesa sembla que et porten a recórrer la Via Làctia a cavall d’una ment alliberada. Per eixes contrades hem pedalejat de manera assossegada, poètica i sensual al llarg d’una setmana. I per allí en sentit que ens hem tornat a ser lliures i feliços com un xiquet d’abans de les xarxes socials. Hem carregat energia que s’està expandint ara en tornar, entre amics i família més pròxima. En tenim d’energia per donar i vendre, jo almenys. Així que en els quatre dies que porte entre les calors insuportables de la Ribera Alta, cada vegada que tanque els ulls i recorde la comarca de Ponga, pense i visualitze que allí encara s’ensuma una vida única entre els seus congostos inaccessibles. Quan deixarem enrere les muntanyes de Ponga em vaig prometre de tornar l’any que ve. De segur. Si algun lector o lectora vol venir, ja pot anar fent un primer pensament; seria la primera pedalada del viatge de l’any vinent. Això, si no marxeu pel vostre compte este mateix estiu, motiu pel qual estic escrivint estes notes encoratjadores. I per dormir, hi ha molts hostals i hotels molt agradosos per aquelles terres asturianes. Nosaltres estiguérem en els que us comente: – Hostal Peña Santa, en Soto de Sajambre. El porten des de fa uns mesos un xicot i una xicona, tots dos de la comarca de l’Horta Sud. Són molt càlids en el tracte. I cuinen com els àngels. L’hotel és ben confortable i digne, sense luxes per agradable. Tel. 613 035 224. Per arribar a Soto de Sajambre la carretera sembla la de l’inici de la pel·lícula El Resplandor de Stanley Kubrick, tota ella misteriosa remuntant per contrades espectaculars de vertigen. – Hotel La Casona de Mestas, en el cor del Parc Natural de Ponga. Beatriz us cuidarà amb deler si dieu que aneu per allí de part meua. Porteu un llibre de poemes en la mà. Ben a la vora de les taules de la terrassa de l’hotel hi ha un toll d’aigua sanador. El bany garantit i amb la mà una cervesa ben fresca. No massa lluny cal visitar el Centre d’Interpretació del Parc Natural de Ponga. Un dels més originals del nostre país a l’hora de mostrar les meravelles del Parc. Tel. 985 843 055. – La Venta de Miyares, en Mirayes. Dormir a una casa d’Indià, és un privilegi de rics. Si a més a més, et cuida Carmèn i el seu marit, l’estança resultarà doblement agradosa. La casa està tal qual la deixa el propietari que vingué ric de Cuba, tan mobles com decoració. Al darrere hi ha un porxo amb un ample jardí, on soparem. Et conten que visites pels voltants horreos, coves, ermites…, però tu, el que vols és quedar-te al porxo llegint i amb una cervesa gelada a les mans. Tel. 600 676 283. Bé, ni us ho penseu. Agafeu trastos i arreeu cap a la cornisa Cantàbrica o Galícia, i es lliurareu per uns dies del foc infernal en què s’ha convertit l’estiu valencià. Bon viatge i ja meu conteu en tornar. Paco Tortosa. pacovallada@gmail.com pacotortosa.es  

Empty open interior with beige walls, multiple square columns, and bright square ceiling lights.

BACKROOMS, de Kane Parsons. El terror de los espacios.

PAU VERGARA: Hay películas de terror que buscan asustar con monstruos. Backrooms prefiere hacerlo con un pasillo. Con una oficina vacía. Con una habitación iluminada por fluorescentes donde no ocurre nada… hasta que el propio espacio empieza a devorarte. Kane Parsons convierte un fenómeno nacido en internet en una experiencia cinematográfica sorprendentemente madura, capaz de transformar la arquitectura en el verdadero enemigo. Lo más fascinante de Backrooms no son las criaturas que acechan en sus interminables corredores, sino la sensación de que el mundo ha perdido cualquier lógica. Las paredes parecen desplazarse, las habitaciones se multiplican y cada puerta conduce a un lugar todavía más extraño. Parsons entiende que el miedo nace cuando desaparecen las reglas que utilizamos para orientarnos. No hay mapas, no hay referencias ni refugios posibles. Solo un laberinto infinito donde la realidad parece haberse roto. Esa es la gran virtud de una película que convierte el espacio en protagonista absoluto. El director construye un universo donde oficinas, pasillos industriales, viviendas y almacenes dejan de ser escenarios para convertirse en organismos vivos que respiran, mutan y atrapan a quienes se aventuran en ellos. La arquitectura deja de proteger al ser humano para convertirse en una prisión sin salida. Visualmente, Backrooms es una auténtica demostración de talento. Parsons, que comenzó experimentando con el lenguaje audiovisual en internet, demuestra aquí un dominio extraordinario del encuadre, la iluminación y el diseño sonoro. Cada plano transmite una inquietud constante, apoyada por un uso magistral del silencio, de las reverberaciones y del zumbido enfermizo de los fluorescentes. La atmósfera acaba siendo mucho más importante que cualquier sobresalto. La película también funciona como una metáfora sobre la desorientación contemporánea. Los personajes no solo están perdidos físicamente; también parecen atrapados en sus propios recuerdos, traumas y culpas. El laberinto adquiere así una dimensión psicológica donde cada nivel parece representar un descenso hacia aquello que preferimos olvidar. Sin necesidad de grandes explicaciones, Parsons sugiere que el auténtico monstruo no siempre espera al final del pasillo, sino que viaja con nosotros. Eso sí, Backrooms exige un espectador dispuesto a aceptar sus reglas. Quien espere una narrativa clásica o un relato lleno de explicaciones probablemente salga frustrado. El guion sacrifica parte de la construcción dramática en favor de la experiencia sensorial. Hay momentos en los que la historia parece diluirse deliberadamente para dejar que la imagen, el sonido y la atmósfera hablen por sí solos. Sin embargo, esa apuesta formal es precisamente lo que convierte a Backrooms en una propuesta distinta dentro del terror actual. En un panorama saturado de franquicias, sustos programados y fórmulas repetidas, Parsons recupera una idea casi olvidada: el cine también puede inquietar simplemente alterando nuestra percepción del espacio. Lejos de ser una curiosidad nacida de internet, Backrooms demuestra que Kane Parsons posee una voz cinematográfica propia. Su película dialoga tanto con el cine experimental como con el horror psicológico contemporáneo, construyendo una experiencia inmersiva que permanece en la memoria mucho después de abandonar la sala. No revolucionará el género, pero sí confirma la llegada de un director capaz de encontrar nuevas formas de provocar miedo utilizando los elementos más cotidianos. Porque después de verla, cualquier pasillo vacío o cualquier edificio anodino puede dejar de parecer un lugar seguro.

Two performers on a dimly lit stage: a curly-haired pianist in a white blouse playing a keyboard while a second person points to sheet music on a stand nearby under purple lighting.

Musical de pequeño formato. PEQUEÑA CRÓNICA DE ANNA MAGDALENA BACH, de Esther Meynell Goldman.-Teatre Círculo.

NEL DIAGO: En realidad se trata de una adaptación teatral del libro atribuido a la novelista británica Esther Meynell que supuestamente recoge la visión que del gran músico germano Johann Sebastian Bach nos dejó su segunda y joven esposa, Anna Magdalena. La adaptación en cuestión, realizada por Miguel Polo, es una especie de diálogo entre la actriz Marina Martínez Corral, que va narrando y comentando diversas facetas de la vida del compositor y de su propio personaje, y el propio Miguel Polo que contesta e ilustra las frases de la mujer con las notas salidas de su teclado (piano y órgano), es decir, fragmentos más o menos extensos de un buen número de piezas musicales de Bach: suites, sinfonías, minuetos, preludios, variaciones (Goldberg, claro), que van señaladas en el programa de mano para su mejor identificación y seguimiento. Cabe apuntar que, dependiendo de dónde se situara la actriz en cada momento, a veces el sonido musical tapaba su narración, pero imagino que a los verdaderos melómanos, que posiblemente ya conocerán la biografía del compositor y su pareja, lo importante, la música, sí es perfectamente audible. Por lo demás, la puesta en escena, firmada por Hipólito Patón, es esencial y minimalista y sólo se permite algún cambio de luces cuando se pasa del piano al órgano, de lo profano a lo sagrado, y está bien que así sea, que lo importante aquí es el relato y la música, y no la escenografía. En fin, este ha sido el último espectáculo de la temporada en Círculo, que la climatología no perdona; por cierto, qué buena idea esa de dejar en cada butaca un abanico, por si alguien se olvidó de traerlo de casa (como fue mi caso). Y la temporada próxima, más; pero ya con el marchamo de ese “Avetid d’Or” que le acaban de conceder a la sala. Enhorabuena.

Group of performers in red costumes leaning over a table, posing and smiling during a backstage or stage show with a red-lit crowd behind them.

Aquí la vida es maravillosa. CABARET, EL MUSICAL. _ Palau de les Arts

XIMO CÁDIZ: Cabaret, como musical, cumple 60 años. Eso impone respeto. Es la magnífica novela Goodbye to Berlin de 1939 de Christopher Isherwood (que da pie a todo lo demás), es el espectáculo que se estrenó en 1966 en Broadway con libreto de Joe Masteroff, música de John Kander y letras de Fred Ebb (basado en la obra teatral I Am a Camera de John Van Druten de 1951) y es la insuperable película de Bob Fosse de 1972, con Liza Minnelli, Michael York y Joel Grey. En su versión de musical ha llegado a València para abrir las puertas del Kit Kat Klub y contar el ascenso nazi en Alemania, la animada vida nocturna de Berlín y los sueños de unos personajes que sobreviven entre miseria, pasión e ilusión. Y ahí están Víctor Palmero (alguien decidió que Abril Zamora, la maestra de ceremonias en Madrid, no viniese a València) y Laia Prats liderando el reparto, junto a Marta Arteta o José Pastor y los veteranos Tony River y Patricia Clark (para mí, los mejores) además del resto del elenco que baila, canta y provoca para recrear el ambiente del Cabaret y la convulsa historia de Alemania. Sí, hay un mensaje vitalista y sensual, de goce de la vida y superación de problemas (aunque sea solo por olvidarlos un momento)… pero el contexto del nazismo asoma su garra poco a poco, para estremecernos (aterra cuando cantan Der morgige Tag ist mein) y el espectáculo se resuelve, como es sabido, dejándonos ante el mayor horror de la Humanidad. El musical se presenta como inmersivo y lo es para una parte (pequeña) del público que lo disfruta desde unas mesas y sillas (muy juntas) que se entremezclan con los artistas (eso implica, a veces, verlos de espalda) para que la mayoría de los espectadores estén en sus butacas de la sala principal del Palau de les Arts. En Madrid, el teatro Albéniz completo se ha desmontado para que todo sean mesas y el Kit Kat Klub ocupe todo el espacio. Además, nuestra “calatraviana” ópera tiene sus paredes blancas y, a pesar de la iluminación, eso no ayuda a recrear la oscuridad macarra de un cabaret berlinés. El espacio no es el adecuado. Las comparaciones son inevitables: con la película (hay que verla, siempre… más aún en estos tiempos tan oscuros que vivimos; donde decían judío ahora dicen emigrante) y con aquel musical soberbio de 2003 que pusieron en escena un fantástico Asier Etxeandía (como maestro de ceremonias), Natalia Millán y Manuel Bandera que llevó Cabaret a su máximo esplendor.

A bearded man in a beige cloak and a woman in a light headscarf stand on a flat shoreline with shallow water and distant cliffs behind them.

Nolan desafía a Homero: el rodaje de La Odisea más épico.

PAU VERGARA: Cada generación ha tenido su gran superproducción épica. Ben-Hur, Lawrence de Arabia, Apocalypse Now, El Señor de los Anillos o Gladiator marcaron una forma de entender el cine como espectáculo total. Christopher Nolan aspira ahora a ocupar ese lugar con La Odisea, una producción monumental que no solo adapta el poema de Homero, sino que pretende recuperar una manera de hacer cine prácticamente desaparecida: rodar en escenarios reales, asumir riesgos físicos, reducir la dependencia de los estudios digitales y devolver al espectador la sensación de estar viviendo una aventura auténtica. No es casual que Nolan haya escogido precisamente La Odisea. El director británico lleva años explorando historias sobre el tiempo, la memoria, el sacrificio y la supervivencia. Desde Memento hasta Oppenheimer, pasando por Interstellar, Dunkerque o Origen, todas sus películas hablan, de una u otra manera, de personajes obligados a recorrer un camino imposible para regresar a casa, recuperar una identidad o enfrentarse a sus propios fantasmas. Odiseo representa la culminación natural de esa obsesión. Pero adaptar uno de los textos fundacionales de la literatura occidental implicaba enfrentarse a un desafío sin precedentes. Nolan no quería realizar otra película de mitología clásica repleta de fondos digitales, cromas y efectos visuales omnipresentes. Quería que el espectador sintiera el peso del mar, la inmensidad de las montañas, el viento golpeando las velas y la incertidumbre de navegar hacia lo desconocido. Quería convertir el propio rodaje en una expedición. Un viaje alrededor del mundo para reconstruir el Mediterráneo de hace tres mil años La preparación de La Odisea comenzó muchos meses antes de que se encendiera la primera cámara. Historiadores especializados en la Edad del Bronce, arqueólogos, expertos en navegación antigua, arquitectos, lingüistas y diseñadores trabajaron junto al equipo artístico para reconstruir un universo lo más cercano posible al imaginado por Homero. La producción descartó desde el principio construir grandes decorados en estudios. La filosofía de Nolan era exactamente la contraria: encontrar en el mundo actual aquellos lugares que todavía conservan la fuerza salvaje del Mediterráneo antiguo. Durante meses, equipos de localización recorrieron Europa y el norte de África buscando paisajes capaces de transmitir esa sensación de territorio inexplorado.Las secuencias de Troya se levantaron en Marruecos, donde fue necesario construir enormes estructuras inspiradas en la arquitectura micénica. Grecia aportó acantilados, cuevas naturales y escenarios montañosos utilizados para representar algunos de los episodios más legendarios del viaje de Odiseo. Sicilia acogió el regreso a Ítaca, mientras que las playas volcánicas de Islandia sirvieron para recrear el Hades, aprovechando un paisaje prácticamente extraterrestre donde la lava negra y la niebla natural generaban una atmósfera imposible de reproducir digitalmente.Cada localización obligó a desplazar centenares de técnicos, toneladas de material y un complejo sistema logístico que convirtió el rodaje en una auténtica operación internacional. El mayor reto técnico de la carrera de Christopher Nolan Si la dimensión artística ya resultaba gigantesca, el apartado técnico elevó todavía más la dificultad del proyecto. La Odisea se ha convertido en el primer largometraje de la historia rodado íntegramente con cámaras IMAX sobre película fotoquímica. Hasta ahora incluso Nolan alternaba distintos formatos dependiendo de la escena. En esta ocasión decidió asumir el reto completo.Las cámaras IMAX ofrecen una calidad de imagen extraordinaria, pero también presentan enormes complicaciones. Son mucho más pesadas, consumen grandes cantidades de negativo, requieren una iluminación muy específica y complican enormemente cualquier movimiento de cámara.Transportarlas por cuevas, barcos, playas volcánicas o fortalezas medievales obligó a desarrollar nuevos sistemas de estabilización y soportes especiales. La producción trabajó durante meses junto a ingenieros para adaptar parte del equipamiento y permitir que las cámaras pudieran operar en condiciones extremas.El objetivo era sencillo de explicar pero dificilísimo de conseguir: que el público sintiera que estaba físicamente dentro del viaje de Odiseo.Sin embargo, Nolan ha insistido desde el principio en que la película no gira alrededor de los dioses ni de las criaturas fantásticas, sino de una familia rota por veinte años de separación. Si el resultado está a la altura de la ambición del proyecto, La Odisea no solo supondrá una nueva cima en la carrera de Christopher Nolan. Puede convertirse en el regreso del gran cine épico concebido para la pantalla más grande posible y vivido como lo imaginó Homero hace casi tres mil años: como una aventura destinada a perdurar durante generaciones.

Crowded indoor party scene with people wearing colorful leis and German flags, posing and mingling around long tables with drinks and beers visible in the foreground.

LARGO Y CÁLIDO VERANO: ¿POR QUÉ VEO EL MUNDIAL DE ESPAÑA?

Cuando supe que España iba a pasar a cuartos de final reservé en el bar más futbolero de mi barrio, el Mesón Molino. Un bar que desde que tengo uso de razón ha cambiado de dueños cada cinco años. Es gigantesco, iluminado con halógenos –nada acogedor, claro– pero que desde siempre se ha caracterizado por adornar sus paredes con vinilos de futbolistas medio rotos y bufandas deshilachadas (probablemente de imitación). En otros países siguen existiendo pubs centenarios con barras de madera tallada, como los que aparecen en Ted Lasso –serie que, por cierto, recomiendo encarecidamente– y todavía mantienen cierta esencia pero, en Patraix, la única huella del pasado futbolero de nuestro país se viste de un vinilo de David Villa, medio roto, que es más que suficiente como para auratizar este bar que bien podría confundirse con un coworking en Ruzafa. La única diferencia con el templo de la gentrificación mencionado es que este local todavía no ha descubierto que puede cobrar el doble simplemente por ser austero y minimalista. A mí nunca me ha atraído el futbol, ni ningún deporte en general. De verdad que ningún deporte, ni la bici, ni el correr, ni las clases de piscina a la que todo niño debe ir para no ahogarse… Todos me aburrían y me generaban una ansiedad terrible porque no se me daba bien ninguno. Probé con el baloncesto “¡tú que eres alta se te dará genial…!” Y lo único que descubrí, en todo caso, es que desde pequeña he sido de lo más pija, porque no podía soportar el hedor de los petos fosforescentes que utilizábamos para diferenciarnos del otro equipo, y que un deporte que hacía que tuviese que lavarme el pelo todos los días, jamás merecería la pena. Únicamente, desarrollé cierta predilección por el deporte en la adolescencia, cuando descubrí que ayudaba a perder peso. Aunque eso lo dejaré para otro momento. Volviendo al tema del fútbol y España. Cuando empezó el mundial estaba yo en Berlín. Al principio no le presté demasiada atención, pero todo cambió aquel día. Estaba yo medio mala; había pillado un resfriado y la combinación con el calor, que en Alemania jamás puede paliarse con un aire acondicionado, me tenía medio delirante ante un portátil recalentado, que debía ubicar lo más lejos posible de mi cuerpo para evitar cualquier contacto con este más allá del de mis huellas dactilares, en mi búsqueda desesperada de cualquier película que me hiciese sentirme algo mejor, Un condenado a muerte se ha escapado de Bresson no fue la mejor elección, claramente. En la película, como dice el título, un preso intenta escaparse de su celda. Cada día repite pequeños gestos, casi imperceptibles, y siempre en silencio, como aflojar una tabla de la puerta o esconder un trozo de alambre para lograr escaparse. Todo ocurre ultra despacio, y cualquier ruido o cualquier error podría costarle la vida al protagonista. Yo estaba completamente sumida en mi pantalla de trece pulgadas, cuyo sonido se mezclaba con el del ventilador de mi ordenador cuando de repente, un estallido de gritos irrumpió desde la calle. Al principio no entendía nada, los alemanes no chillan casi nunca, pensé, y efectivamente, el coro que en este caso había demostrado con creces su registro de altos, vitoreaba el segundo gol de Ecuador. A partir de ese día, todo mi feed se llenó de una especie de videos de una estética de índole neodecolonial, y reconozco que sentí cierto goce cada vez que veía a la selección ecuatoriana meter en bucle ese segundo gol, claro porque estoy tan deconstruida. Lo mismo con Marruecos o Paraguay. Sí, lo sé, hacer de esto una lectura geopolítica es, en el mejor de los casos, una ridiculez. El fútbol no deja de ser un deporte atravesado por intereses económicos blabla nacionalismos de saldo blabla y una industria multimillonaria que convierte cualquier gesto en mercancía blablabla. Intelectualizar un sistema tan profundamente contradictorio tiene algo de ejercicio narcisista: proyectar sobre noventa minutos de juego un orden moral que simplemente no existe. Pero, precisamente, por eso resulta tan revelador observar quién necesita que ese orden exista. Y por eso, yo, expatriada en Berlín, cogí la bicicleta y me fui al Bar Raval a ver mi primer partido de España. Al principio performé mi desinterés en el partido poniendo encima de la mesa el libro Historias de fantasmas de Siri Hustvedt. Pero lo vi. Vi a Lamine Yamal, uno de los pocos futbolistas que ha conseguido hacerse un hueco en mi TikTok de chica propalestina. También vi a Cucurella y al guapo del mullet, cuyo nombre sigo sin aprenderme. Metieron un porrón de goles y todos los españoles en Berlín bebimos vermut y nos alegramos muchísimo. Desde ese partido he visto a España jugar cada vez. Reservé en el Mesón Molino, chillé «¡Sí se puede!» —escuchándolo por primera vez en un contexto futbolístico, lo cual me hizo muchísima gracia porque yo siempre había pensado que era patrimonio exclusivo de los podemitas—, me he enfadado con las declaraciones de Rajoy, he visto en bucle el gol de Merino y hasta me he reído con un TikTok en el que un chico prepara una tortilla con un par de laxantes, mira a cámara y se dirige a Ester Expósito para enseñarle qué debería darle de cenar a Mbappé. No lo entiendo. ¿Por qué disfruto algo que trae consigo una apología del mundo de las apuestas, el blanqueamiento de diferentes agresores sexuales o la turistificación de las ciudades que acogen los grandes eventos? No lo sé. Me encantaría acabar este artículo ofreciéndome a mí misma una respuesta; quizá no hoy, pero la semana que viene pueda dármela. Para entonces habré visto la final, otra vez, en Berlín, en el Bar Raval, rodeada de españoles que llevamos todo el año intentando no parecer demasiado españoles y que, durante noventa minutos, nos volvemos sorprendentemente colaboradores.

Soldier with a medical patch on backpack facing a ruined, waterlogged Valencia cityscape with futuristic domed buildings; a wall reads 'Infectados no acercarse' as debris and a damaged skyline stretch into the distance.

RELATOS DEL MÁS ALLÁ WALKERZ.1/ EL MUNDO CAÍDO.

PAU VERGARA: Nadie podía señalar el día exacto. Eso era lo que más la enfermaba a Ana, si es que le quedaba algo de estómago para enfermar: que el fin del mundo no llegara con un trueno, sino goteando, como una cañería vieja que un día amanece rota y ya no hay quien recuerde cuándo empezó a gotear. Ella lo situaba, si la obligaban a elegir, en la Ciudad de las Artes. En esas costillas blancas del Hemisfèric varadas sobre un agua que ya no reflejaba nada porque nadie quedaba para mirarse en ella. Le gustaba pensar —era una tontería, lo sabía— que el mundo había elegido morir allí primero, en el sitio donde antes habían soñado con el futuro, como si la ironía fuera lo único que a la Historia todavía le quedaba de sentido del humor. Después vinieron los rostros. Eso lo recordaba con una nitidez que le daba náuseas: los ojos de la gente cambiando de color por dentro, como si alguien hubiera girado un interruptor en el sitio donde antes vivía el alma. Ana había visto morder a una vecina suya en el Mercat Central, entre las cajas de naranjas que ya nadie iba a comprar, y había entendido, en ese instante exacto, que la palabra “vecina” acababa de perder su significado para siempre. Separaron a los niños los primeros días. En el Cabanyal, donde las casas de azulejos todavía tenían ropa tendida meciéndose sobre calles vacías, como si sus dueños fueran a volver a por ella en cualquier momento. Manos pequeñas aferradas a vallas metálicas, sin llorar ya, porque hasta el llanto es un lujo que se agota. Las familias que escaparon del contagio no encontraron alivio en huir: se convirtieron en fantasmas dentro de su propia ciudad, escondidas en los pisos altos de Russafa, mirando desde las persianas entornadas cómo los soldados patrullaban un Valencia que ya no protegían, solo vigilaban, del mismo modo en que se vigila un cadáver para que no se levante. Cuando las mordidas ganaron la partida a las palabras, dispararon. El cielo sobre la Malvarrosa se puso del color de una herida infectada durante semanas. Ardieron Londres, Washington, París, y también ardió Valencia, con su olor a azahar sustituido para siempre por el de la gasolina y la carne quemada. Los bancos cerraron. Los gobiernos, como edificios sin cimientos, se derrumbaron sobre sí mismos. El mundo no estalló. Se apagó, luz por luz, manzana por manzana, como una ciudad entera quedándose sin corriente durante un apagón que nadie iba a arreglar jamás. Sobrevivieron unos pocos. Escondidos entre los escombros de lo que había sido su casa, esperando algo a lo que todavía no le habían puesto nombre. Y en el fondo, aunque nadie lo dijera en voz alta, todos sabían la misma cosa espantosa: que lo peor no había pasado. Que lo peor, con toda la paciencia del mundo, seguía esperando su turno. El Centro Comercial El Saler llevaba años convertido en una tumba de cristal reventado cuando el equipo de Lucas cruzó sus escaleras mecánicas, paradas desde hacía tanto tiempo que el óxido les había dado un color de sangre seca. Seis soldados avanzando entre maniquíes caídos y escaparates ciegos, con esa clase de silencio que Ana había aprendido a temer más que cualquier grito: el silencio de un sitio que finge estar vacío. Fue ella quien vio la cruz roja descolorida sobre lo que había sido una farmacia, medio tapada por una capa de polvo tan vieja que parecía tela. Entraron. El cristal crujía bajo las botas como huesos pequeños, y a Ana ese sonido —después de tanto tiempo— todavía se le metía debajo de la piel. Encontró vendas. Antibióticos. Un frasco de analgésicos que, en aquel mundo, valía más que cualquier arma que hubiera cargado en su vida. Los guardó deprisa, con esa avidez sucia de quien ha aprendido que la generosidad es un lujo que ya no se pueden permitir. Entonces lo oyó. Un quejido. Tan bajo que al principio pensó que se lo había inventado su propio miedo, esa parte de la cabeza que después de tanto tiempo en ruinas empieza a fabricar fantasmas solo para tener algo de qué asustarse. Pero no. Estaba ahí, viniendo de un armario derrumbado a medias contra la pared, y Ana sintió que el vello de los brazos se le erizaba de un modo que no tenía nada que ver con el frío. WalkerZ es una versión literaria del guion de Pau Vergara registrado Safe Creative registration #2410199856629  

Stack of colorful hardcover books by a sunny pool with sunglasses resting on top; a glass of lemonade and tropical drink beside them; playful circular labels with text in Spanish/Catalan visible on the left.

UN ESTIU DE LLIBRES

ANDREA MOLINER: Canícula, del latín “canicula”, que significa “perrita”, que a su vez es el diminutivo de “canis” (perro) y que, como toda buena palabra que se precie, hace referencia a la constelación del Can o Canis Mayor y a su estrella más brillante llamada Sirio. Se sitúa muy próxima a la archiconocida Orión – como si de su fiel compañero se tratase – protegiendo con sus colmillos a su hermana pequeña, la Can o Canis Menor. Los antiguos romanos creían que si la estrella Sirio recordemos, la más luminosa y, por tanto, más abrasadora de la constelación, se volvía visible al amanecer – es decir, si se fusionaba con el sol- provocaba como resultado que los días de verano fuesen más calurosos, aflorando lingüísticamente en nuestra lengua ese término que tan bello me resulta al oído pero que en mis propias carnes se traduce en sudor, agotamiento y ganas de meter el cuerpo en una bañera llena de cubitos de hielo. Un poco como los hombres y mujeres retratados en una miniatura de época medieval con la que me topé un día mientras hacia scroll por Instagram. Una parrilla humana bajo la que, seguro, esos otros “canes” (si nos atendemos rigurosamente al sistema de declinaciones de una de las lenguas muertas más importantes e influyentes de la historia) se están relamiendo. Y es que el verano, dicho de una forma más coloquial, es muy perro o se tiende más a la perrería. Entiéndase como ese estado en el que desearías no levantarte de la cama hasta que no fuese absolutamente necesario, enganchar una película tras otra sin criterio alguno, hacer lo propio con las cervezas/tintos de verano/lo que sea que la convención social dicte que se debe beber en verano, estirar las tardes hasta que el sol se ponga en el horizonte, sobrevivir a base de ensaladas, gazpachos y rodajas de sandía o melón, pasear sin rumbo por tu pueblo o ciudad sintiéndote el único habitante sobre la faz de la tierra o, como no, leer hasta que las palabras se transformen en reconfortantes soplos de aire fresco. Sobre todo cuando la perrería es, por el momento, una anhelante quimera. Y mientras la estrella Sirio nos achicharra desde el firmamento, los mortales nos entregamos al reposado placer de la lectura mientras tachamos días en el calendario, confiando en que el momento de hacer el canis, llegue lo más pronto posible. A continuación, unas cuantas recomendaciones para la larga espera: Dentro de todos los rankings en los que Comerás flores, el último de Eduardo Mendoza, el nuevo cuaderno de vacaciones de Blackie Books y el Murdoku (que hasta hace un mes no sabía ni siquiera lo que era) nos topamos con algunos textos que deberían al menos generar cierta atención por nuestra parte. Empezando por el apartado internacional es impepinable mencionar Principio, medio, fin de Valeria Luiselli. La autora mexicana afincada en Estados Unidos y que tan buenos ratos nos ha dado de la mano siempre de Sexto Piso, ahora ficha por Feltrinelli para regalarnos una historia de relaciones intergeneracionales – madre e hija- en el marco de unas vacaciones en la siempre sugestiva isla de Sicilia. Muy de cerca le anda otra vieja conocida, Delphine de Vigan (autora de Las gratitudes, ese bestseller cíclico) quien con Los figurantes (Anagrama) pone el foco sobre la historia de aquellos que ocupan siempre la anecdótica posición dentro de la industria del entretenimiento. Y sin duda, aunque en esta ocasión haría falta un redoble de tambores, los fans de Thomas Pynchon estamos de enhorabuena ante la publicación de A oscuras (Tusquets), el esperadísimo regreso de un autor/incógnita – existen muy pocos documentos biográficos y visuales de su persona- cuyo nombre siempre aparece en la terna del Premio Nobel de Literatura. A estos nombres deberíamos añadir los de Irvine Welsh con Hombres enamorados (Anagrama), Indetectable de Sergei Lebedev (Random House), Catherine Lacey con El libro de Moebius (Alfaguara), Calire-Luise Bennett con Besos, chao (Malas Tierras), Kae Tempest con Una vida buscando (Random House), Chris Offutt con El sheriff reticente (Sajalin) o Mark Frost con El sexto mesías (Impedimenta). Sumergiéndonos en la piscina de casa – quien tenga una que invite a los demás- deberíamos prestar bastante atención a la nueva creación de Eva Baltasar en Peces (Random House), cuya inmersión visceral y poética en el deseo femenino y la obsesión que deriva por parte de una escritora hacia una pescadera es de las que deja poso. Por otro lado, otro regreso muy celebrado es el de Manuel Jabois con La víspera (Alfaguara) en el que se exploran los límites de la lealtad y el sacrificio a través de un suceso que sacude a un pequeño pueblo gallego. Mujeres elegantes (Lumen) reza el nuevo título de otra conocida por el lector, Milena Busquets, en la que a través de su estilo particular nos muestra un catálogo de opiniones y obsesiones. De igual modo, en el ámbito del cuento, ha resultado enormemente sorprendente la irrupción de Pablo Echart con la sugestiva colección de microrelatos Mirar el mar (Acantilado) o la de Sofía Balbuena con Personaje secundario (Páginas de Espuma). A los que debemos añadir, a modo de compilación, a José Ignacio Carnero con Los fabuladores (Random House), Adolfo García Ortega con Los falsarios (Impedimenta), Carlota Visier con Hija única (Temas de Hoy), a Mariana Arrabal con Dulcenombre (Blackie Books) o a Rosario Villajos con Cortarse el pelo (Seix Barral). A modo de apunte, busquemos entre las palabras de Andrea Chapela en la reciente Todos los fines del mundo (Random House) algunas de las claves de nuestros anhelos e inseguridades de nuestra generación. Nadando a mayor profundidad en el paraíso clorífico debemos detenernos un instante en la no ficción, siempre en plena forma. Uno de los textos que, por supuesto, debe ser mencionado es Inmaculada (Libros del KO) de Marta García Carbonell, Esther López Barceló y María Palau Galdón. Un texto cuyo éxito ha avivado el debate entorno no sólo al Patronato de la Mujer sino