Cartelera Turia

IVAN Y HADOUM Y RAVALEAR TRIUNFAN EN LA BERLINALE

ANNA ENGUIX: Hay una forma de presencia que no se impone por la vía del espectáculo, sino por la persistencia. El cine español lleva años construyendo en la Berlinale una presencia de ese tipo: discreta, reiterada, reconocible en su coherencia ética más que en su visibilidad mediática. No se trata de ocupar el centro del festival, sino de habitar un lugar simbólico desde el que interpelar al presente. Ese lugar no es una categoría industrial ni un género concreto, sino una forma de atención: una política de la mirada que privilegia los espacios de fricción social, los cuerpos atravesados por estructuras de poder y los territorios sometidos a procesos de desgaste material y simbólico. En esta edición, la convergencia entre Ravalear, dirigida por Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta, y la película de Ian de la Rosa, distinguida con el Teddy Award, permite leer una continuidad estética y política en el cine español contemporáneo. Esa continuidad se articula alrededor de una pregunta que atraviesa ambos trabajos: qué significa habitar un territorio cuando las condiciones materiales de la vida se encuentran sometidas a una lógica de extracción permanente. En Ravalear, el barrio del Raval en Barcelona emerge como un espacio donde la ciudad se convierte en un campo de operaciones financieras. El conflicto no se inscribe en una épica del desalojo, sino en la normalización del despojo. La compraventa de edificios, la llegada de fondos de inversión, la reconfiguración de los usos del espacio urbano producen una transformación ontológica del barrio: deja de ser un tejido de relaciones para devenir un activo. El hogar pierde su condición de espacio de arraigo y se transforma en un nodo dentro de una cadena de valor. En esa mutación, la violencia deja de ser un acontecimiento visible para operar como una administración cotidiana de la vida ajena. El personaje encarnado por Alba Aguilera, ejecutiva de un fondo buitre, condensa esa mutación en una figura que no necesita recurrir a la crueldad explícita. Su presencia dramatiza el tránsito del conflicto social hacia el terreno de la gestión. La dominación adopta la forma del procedimiento, del contrato, del plazo legal. La precarización se inscribe en el lenguaje de la eficiencia. El protagonismo de Enric Auquer introduce una dimensión generacional en esta topografía del desarraigo: sujetos que heredan un espacio urbano ya colonizado por la lógica financiera, cuerpos jóvenes que aprenden a vivir en una ciudad que ya no les pertenece en términos materiales ni simbólicos. La película de Ian de la Rosa desplaza esta misma lógica de extracción hacia el territorio agrícola industrializado del sur. El paisaje de invernaderos, ese mar artificial que sostiene una parte significativa de la economía alimentaria europea, aparece como un espacio donde el trabajo se inscribe directamente sobre los cuerpos. La historia de amor entre Iván, interpretado por Silver Chicón, y Hadoum, encarnada por Herminia Loh, se desarrolla en un entorno donde la precariedad no es un contexto, sino una condición estructural de existencia. El afecto no se sitúa al margen de esa estructura: se constituye en su interior, atravesado por relaciones de poder que articulan clase, racialización y género. La representación de Iván como hombre trans permite una reflexión particularmente fértil sobre la masculinidad como tecnología social. La película no plantea la identidad de género como núcleo dramático aislado, sino como parte de un entramado de mandatos heredados. La muerte del padre inscribe a Iván en una genealogía de expectativas: proveedor, figura de autoridad, cuerpo disponible para el trabajo físico. La masculinidad se construye aquí como un régimen de obligaciones que no emana del deseo, sino de la necesidad. El cuerpo trans no es presentado como excepción, sino como lugar de intensificación de las tensiones que atraviesan a cualquier cuerpo precarizado. La experiencia queer se articula en una dimensión material: el trabajo, la vivienda, la frontera racial, la exposición al desgaste físico. El reconocimiento con el Teddy Award no consagra únicamente una temática LGBTQIA+, sino una forma de inscribir lo queer en un marco político ampliado. La visibilidad no se reduce a la representación identitaria, sino que se despliega como crítica de las condiciones que hacen habitables —o inhabitables— ciertas vidas. En este gesto se percibe una madurez discursiva del cine español reciente: la identidad deja de operar como emblema aislado para integrarse en una reflexión estructural sobre la producción de vulnerabilidad. Ambas obras configuran una poética del territorio entendido como campo de fuerzas. El barrio y el invernadero funcionan como dispositivos de subjetivación: espacios que modelan formas de estar en el mundo, de relacionarse con los otros, de concebir el futuro. El cine actúa aquí como una tecnología de visibilización de procesos que suelen permanecer naturalizados. No se limita a narrar conflictos, sino que hace legible la lógica que los produce. El hueco que el cine español ha ido construyendo en la Berlinale no responde a una identidad nacional cerrada, sino a una coherencia ética reconocible: una insistencia en mirar allí donde la vida se encuentra sometida a procesos de desgaste sistemático. En ese gesto se cifra una política de la atención que convierte al cine en una forma de pensamiento situada. No como ilustración de tesis previas, sino como práctica que produce conocimiento sensible sobre el presente.

BERLINALE 2026: LOS APARENTES PODERES NO-SUBVERSIVOS DEL ARTE

ANNA ENGUIX: La 76ª Berlinale ha arrancado al igual que las calles de Berlín en este invierno: un lodazal con gravilla traicionera que se cuela en los zapatos y te obliga a mirar cada paso, recordándote que ni la alfombra roja se libra del barro. No se esperaba menos de un festival que, desde hace años, navega entre elogios y críticas, acusado de ser tanto refugio de autoría cinematográfica como escaparate internacional de ostentación y espectáculo. Antes de adentrarme en las polémicas declaraciones de Wim Wenders en la rueda de prensa inaugural del 12 de febrero, consulté las Preguntas Frecuentes (FAQ’s) del festival. Entre logística y programación, surgía la siguiente cuestión: “¿Hay términos o frases relacionadas con Israel y Gaza que no se puedan decir públicamente en la Berlinale?” La respuesta oficial es, en apariencia, sencilla: la Berlinale está sujeta a las leyes alemanas, que protegen la libertad de expresión y la dignidad humana, pero imponen límites claros frente al discurso de odio, la incitación a la violencia y la discriminación. La mayoría de las intervenciones sobre Israel y Gaza se consideran, por tanto, legalmente permisibles. Sin embargo, ciertas expresiones requieren especial cautela: la frase «From the River to the Sea» (desde el río hasta el mar) ha sido objeto de procesos judiciales en Berlín y su interpretación sigue abierta en los tribunales. Más allá de lo jurídico, cada palabra adquiere un peso histórico singular en Alemania, donde la memoria del Holocausto y la cultura de reconciliación moldean la vida pública. Ese contexto es el telón de fondo de la rueda de prensa en la que un periodista recriminó al Jurado de la Berlinale su aparente solidaridad selectiva: Irán y Ucrania sí, Palestina no. La respuesta de Wim Wenders, presidente del Jurado Internacional fue tajante: “No podemos entrar realmente en el ámbito de la política. Tenemos que mantenernos al margen de la política porque, si hiciéramos películas dedicadas a la política, entraríamos en ese ámbito. Pero nosotros somos el contrapeso de la política. Somos lo contrario de la política”. Wenders intentó torpemente trazar una frontera entre la política parlamentaria y partidista —la de las decisiones, los parlamentos, los conflictos internacionales— y la aparente “política del arte”, entendida como un terreno de libertad, empatía y exploración humana, ¡lo contrario de la política! Según Wenders, claro. Pero esta separación, aunque elegante en teoría, se desdibuja al considerar sus declaraciones anteriores. En 2023, en The New Yorker ¡ups!, afirmaba: “Siento que el entretenimiento es política. Siento que contar historias es política. Siento que el arte es política, y todo aquello que expresa la libertad del espíritu y la libertad de expresión es política —especialmente hoy, en un mundo en el que todo se vuelve uniforme”. Lo político, según él, puede “residir incluso en relatos que no se presentan explícitamente como políticos”. Y aparentemente su película Land of Plenty -según él- lo ejemplifica: un gesto personal ante la Guerra de Irak, que no buscaba influir en votantes o legisladores, pero sí alterar la percepción de la sociedad sobre América y su papel en el mundo. Sin hacerle mucho más caso a Wim Wenders, me pregunto si en estas declaraciones tenía también tan clara esa separación que ha querido establecer en la rueda de inauguración del festival. Volviendo al tema, ese matiz —arte como política íntima versus política institucional— encuentra su eco en los acontecimientos de la última semana. El otro día observaba cómo perfiles de Instagram criticaban a quienes repostábamos el halftime de la Super Bowl de Bad Bunny. Instastories convertidas en miniseminarios de Teoría Crítica: citas a Guy Debord y su Sociedad del espectáculo, la canción The Revolution Will Not Be Televised de Gil Scott-Heron sonando como advertencia moral. El espectáculo denunciando el espectáculo desde dentro del espectáculo. La ironía es evidente: lo que se presenta como crítica de la neutralidad del arte se convierte, en sí mismo, en gesto mediático dentro de la lógica del espectáculo. Aquí surge la pregunta central: ¿qué queremos realmente del arte, cómo lo queremos y en quién depositamos nuestras aspiraciones de coherencia moral y política? Porque un festival como la Berlinale, por muy bello que sea su programa, por mucha autoría que convoque, por mucha solemnidad cultural que despliegue, no se distingue radicalmente de un halftime de Super Bowl. Ambos dependen de visibilidad global, de patrocinadores corporativos (Rolex, por ejemplo, figura entre sus socios oficiales), de alfombra roja, flashes y narrativa mediática. Y quien considere una aberración considerar el halftime de Bad Bunny -por cierto, magnífico- comparable con una película indie de este festival que se meta en la cola de compra de entradas de la Berlinale para el mockumentary protagonizado Charlie XCX The moment y que experimente que las entradas se acaben en un par de minutos por el mero hecho de que la cantante estará en la premiere. La historia del cine ofrece una perspectiva instructiva. En pleno mayo del 68, mientras estudiantes y trabajadores se enfrentaban a la policía y protagonizaban huelgas masivas en París, el Festival de Cannes se vestía de gala. Un grupo de cineastas decidió que la fiesta no podía continuar como si nada ocurriera. Godard, con sus gafas oscuras, estalló ante quienes discutían encuadres y movimientos de cámara: “Nosotros hablamos de solidaridad con estudiantes y trabajadores, y vosotros de primeros planos o tiros de cámara. ¡Sois unos idiotas!”. El gesto, potente y directo, buscaba interrumpir la forma en nombre de la política. Sin embargo, como ha observado Pedro Vallín, irónicamente, fue el cine de masas el que terminó siendo más transformador que la Nouvelle Vague: modificó imaginarios colectivos, hábitos y sensibilidades a escala global. Tal vez ahí resida el verdadero dilema de esta Berlinale 2026. No se trata de si el arte debe o no “entrar en política”, sino de reconocer que el arte nunca ha estado fuera. Nuestra insistencia en esperar coherencia absoluta, gestos subversivos evidentes o declaraciones moralmente impecables revela tanto nuestras propias frustraciones como nuestra dependencia de los símbolos culturales. El mismo 12 de febrero de

BALANCE CINE VALENCIANO 2025: Visibilidad y el eterno problema de NO tener acceso a los datos del IVC.

PAU VERGARA: Con el cierre de 2025 a la vista, es tiempo de hacer balance, aunque una vez más surge la misma frustración: la dificultad para acceder a datos completos y ordenados sobre la taquilla de las películas valencianas estrenadas durante el año. Al contactar con el Institut Valencià de Cultura (IVC), la respuesta vuelve a ser la misma: remitirnos al Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA). El problema no es tanto la existencia de los datos —que sí existen— como su fragmentación, dispersión y falta de lectura específica desde el territorio. Esta carencia dificulta un seguimiento real y continuo de la evolución del cine valenciano y obliga a medios, profesionales y analistas a reconstruir el mapa a posteriori, cruzando listados estatales que no distinguen por origen ni contexto. Y sin embargo, un análisis exhaustivo de la taquilla del cine valenciano debería ser una herramienta estratégica básica para entender su presente y planificar su futuro. Disponer de un informe anual que recoja de forma sistemática la recaudación, el número de espectadores, el alcance territorial de los estrenos, el número de copias y pantallas, y su posición relativa dentro del ranking estatal no es un lujo: es una necesidad estructural. La administración pública tendría aquí una oportunidad clara de respaldar al sector con información útil, transparente y continuada, permitiendo construir estrategias realistas y no basadas en intuiciones. Qué entendemos por “película valenciana” Antes de entrar en cifras conviene aclarar el marco. En este informe entendemos por película valenciana aquella que cumple al menos uno de los siguientes criterios: participación de productoras valencianas, dirección o autoría valenciana, rodaje mayoritario en la Comunitat Valenciana o vinculación cultural y lingüística directa con el territorio. No se trata de una etiqueta identitaria, sino de una categoría industrial y cultural, necesaria para poder analizar con rigor. El cine valenciano en el ranking nacional de 2025 Según el listado oficial de Cine Español Acumulado 2025 (Comscore–ICAA), que contabiliza más de 600 títulos estrenados en salas, el cine valenciano presenta un comportamiento claramente polarizado. El bloque fuerte: dos películas sostienen el año En el tramo alto del ranking nacional aparecen dos títulos valencianos con resultados claramente por encima de la media del cine independiente español: Una quinta portuguesa ocupa el puesto 29 del ranking nacional, con 704.553 euros de recaudación y 118.823 espectadores. Es la película valenciana mejor situada del año y la única que supera holgadamente la barrera de los 100.000 espectadores. Su posición la sitúa en el primer tercio del cine español de 2025, un dato nada menor. Mala influencia le sigue muy de cerca en el puesto 30, con 647.170 euros y 95.043 espectadores. Aunque se queda ligeramente por debajo en cifras absolutas, su rendimiento confirma que existe un espacio real para el cine valenciano en la clase media-alta de la taquilla española cuando cuenta con distribución suficiente. Estas dos películas no son fenómenos, pero sí casos de éxito relativo, capaces de competir con decenas de producciones estatales con mayor músculo promocional. La clase media: presencia digna, impacto limitado Un segundo bloque lo forman películas que se mueven entre los 400.000 y 130.000 euros, con resultados modestos pero significativos dentro del ecosistema español: Parecido a un asesinato (puesto 36): 438.951 euros y 68.524 espectadores. La buena letra (puesto 37): 423.539 euros y 69.030 espectadores. La invasió dels bàrbars (puesto 69): 132.661 euros y 21.230 espectadores. Estas cifras sitúan a estas películas por delante de cientos de títulos estrenados en 2025. No son fracasos, pero tampoco alcanzan la visibilidad necesaria para consolidar un recorrido amplio. Representan lo que podría llamarse la clase media del cine valenciano, hoy claramente frágil. El resto del catálogo: estrenos testimoniales A partir de aquí, el grueso del cine valenciano entra en una franja de impacto comercial muy reducido: Bodegón entre fantasmas (puesto 105): 37.928 euros, 6.404 espectadores. La terra negra (puesto 112): 30.037 euros, 5.259 espectadores. Mario (puesto 144): 15.245 euros, 2.666 espectadores. Pequeños calvarios (puesto 154): 11.356 euros, 1.965 espectadores. Balearic (puesto 172): 8.377 euros, 1.293 espectadores. Un bany propi (puesto 185): 6.688 euros, 1.221 espectadores. A la cara (puesto 576): 50 euros, 8 espectadores, un caso de estreno puramente técnico. Este bloque confirma una realidad incómoda: la mayoría de películas valencianas no fracasan en taquilla; simplemente no llegan a existir comercialmente. Se estrenan con muy pocas copias, en pocos días y con escasa o nula campaña, lo que las condena a cifras testimoniales desde el primer momento. Lectura global: concentración y visibilidad El balance numérico es claro. En 2025, el cine valenciano sí tiene presencia en la taquilla española, pero está fuertemente concentrado en dos títulos. Cuatro películas más logran una visibilidad media razonable, mientras que el resto del catálogo se diluye en cifras marginales. Este patrón no es una anomalía valenciana: es una réplica amplificada del modelo del cine español, donde un pequeño porcentaje de títulos concentra la mayor parte del impacto y el resto sobrevive en la periferia del sistema. El verdadero problema no es la taquilla Los datos desmontan un discurso habitual: el cine valenciano no es invisible porque no interese, sino porque no se le da escala. La diferencia entre una película que recauda 700.000 euros y otra que no llega a 30.000 no está solo en la calidad o el público potencial, sino en copias, tiempo en cartel, promoción y estrategia de lanzamiento. Sin un seguimiento público y sistemático de estos datos desde la administración autonómica, el debate se empobrece y se repite cada año la misma sensación de fracaso, aunque los números cuenten otra cosa. Conclusión El cine valenciano de 2025 no está muerto ni ausente del mercado. Tiene capacidad para colocar películas en posiciones relevantes del ranking nacional, pero carece de un marco estable de análisis, visibilidad y acompañamiento. Mientras no exista un informe anual propio que ordene, interprete y contextualice estos datos, el sector seguirá avanzando a ciegas. El talento existe. El público, en algunos casos, también. Lo que falta no es cine, sino herramientas para

Editorial | CINE ESPAÑOL 2025: RESISTIR NO ES AVANZAR

REDACCIÓN: El cine español cierra 2025 en una posición incómoda: no está en ruinas, pero tampoco en movimiento. Resiste. Y resistir, aunque suene épico, no debería ser el objetivo de una industria cultural madura. Las cifras no son catastróficas. Tampoco buenas. Son, sobre todo, reveladoras. La taquilla nacional aguanta gracias a un puñado de títulos muy concretos, casi siempre comedias familiares o productos claramente identificables, mientras el resto del cine español —más diverso, más arriesgado, más representativo— sobrevive en una franja de visibilidad mínima. No fracasa: desaparece rápido. Durante años se nos dijo que el problema era el público. Luego, que eran los jóvenes. Después, que eran las plataformas. En 2025 ya no se sostiene ninguna de esas coartadas. Los jóvenes siguen yendo al cine más que ningún otro grupo de edad. Las plataformas no han matado al cine español: lo están viendo millones de personas allí. El problema no está fuera. Está dentro del sistema. Seguimos midiendo el cine con una cinta métrica vieja. Miramos la taquilla del primer fin de semana como si fuera una sentencia judicial, ignorando que muchas películas encuentran su público semanas o meses después, en otras ventanas. Seguimos comparando el presente con un 2019 que ya no existe, como si el mundo no hubiera cambiado. Y seguimos confundiendo “no arrasar” con “no funcionar”. El cine español de 2025 es profundamente desigual. Conviven películas que superan con holgura los dos millones de espectadores con decenas de títulos que apenas pisan salas durante unos días. Entre ambos extremos hay una clase media cada vez más frágil, sostenida por distribuidoras independientes, festivales y un público fiel, pero limitada por la falta de tiempo, copias y promoción. Y, sin embargo, hay algo que no falla: el cine se sigue haciendo. Con talento. Con riesgo. Con diversidad de miradas, lenguas y territorios. El problema no es creativo. Es industrial, estructural y político. Porque no se puede fortalecer un sector sin datos claros. No se puede exigir resultados sin ofrecer herramientas. No se puede hablar de “marca país” mientras se deja a las películas solas frente al mercado. Y no se puede pedir ambición cuando el mensaje implícito es conformarse con resistir. 2025 no es un año perdido para el cine español. Es un año que deja una advertencia muy clara: si no cambiamos la forma de medir, acompañar y comunicar el cine, seguiremos contando siempre la misma historia. La del aguante. La del “no ha ido tan mal”. La del consuelo. Resistir está bien. Pero el cine no se hace para resistir. Se hace para ocupar espacio, generar conversación y permanecer. El reto ya no es salvar el cine español. El reto es dejar de administrarlo a la defensiva y empezar a pensarlo a largo plazo. Y ese debate, en 2025, ya no se puede seguir aplazando.

EL MUR: UNA PELI DE TERROR

CARLOS LÓPEZ-OLANO: Rosalía se viste de monja en los vídeos promocionales de Lux, su último disco. La película Los domingos (Ruiz de Azúa, 2025) convierte en protagonista a una adolescente con vocación de clausura. Y Amaia Montero vuelve a la Oreja de Van Gogh con una canción en la que declara “creo en Dios, a mi manera…”. Es un no parar. Algunos expertos hablan de una tendencia postreligiosa: parece una moda orientada al narcisismo espiritual, o a una mercantilización de lo sagrado que tiene que ver más con la estética que con la ética. Pero cuidado, porque esto hay que enmarcarlo en una situación generalizada que puede tener una evolución muy negativa en el futuro. Hablemos de cine: a la película de Alauda Ruiz de Azúa, triunfadora en el festival de San Sebastián y en los premios Forqué, hay que reconocerle su capacidad para generar polémica. La historia de esa niña que rehúsa a su familia tradicionalista –que no tiene nada de modélica– para entrar en un convento, provoca reacciones dispares y casi siempre viscerales. Hay quien alaba su interpretación, su respeto, su sensibilidad. A mí, francamente, no me gustó. La madre superiora que se convierte en modelo vital de la niña, el cura joven que la alecciona, la monja veterana en la que la protagonista puede atisbar lo que será su futuro a largo plazo, me dan pavor. El porvenir de esa joven que cree oír la voz de Dios en su interior, que la llama cuando le reza con el corazón, es aterrador. Aunque la directora se haya declarado no creyente, en la película se pierde la oportunidad de tomar partido. Y en esta ocasión, creo que valía la pena mojarse. Desde luego a la Iglesia le ha parecido bien, y ha recomendado a los fieles que la vean. Por ejemplo, Monseñor Munilla, el arzobispo de Orihuela-Alicante, ha dicho en su canal de YouTube: “En un mundo donde entrar a un monasterio de clausura es contracultural, Los Domingos presta un gran servicio al mostrarlo como una opción positiva”. Contracultural, dice. Qué más puedo añadir? a mí me pareció más una peli de miedo, que una espiritual. Además cuando fui al cine a verla, a mi lado había una pareja que asentía cuando las monjas lanzaban sus argumentos, y se irritaba y gesticulaba cuando otro personaje exponía críticas a la decisión de la adolescente. Y puestos a mostrar el papel de la religión y los religiosos en el cine, yo soy más de La noche del cazador (Laughton, 1955), donde el predicador interpretado por Robert Mitchum es un psicópata asesino con las palabras love/hate tatuadas en sus puños, recurso que utiliza en sus homilías para contraponer el bien y el mal. La religión es el opio del pueblo, seguro que conocen la frase de Karl Marx, que acuñó en 1844, nada menos. En España, la connivencia de la Iglesia con el dictador que desfilaba bajo palio fue un hecho notorio. Sin ir más lejos, el convento de Santa Clara en la avenida Pérez Galdós de València fue una terrible prisión de mujeres en la postguerra, donde se cometieron infinidad de abusos sobre las reclusas. Hoy en la puerta del edificio se recuerda ese hecho dramático, en un cartel que por cierto alguien destruye periódicamente una y otra vez: sin duda el conocimiento de la historia referida a la religión aún escuece. Pero no crean que el poder de los curas es cosa tan sólo del pasado. La difusión del credo actualmente se hace también a través de influencers, como en el acto que se celebró en el Movistar Arena de Madrid hace unos días: seis mil personas participaron en un evento con música y speakers, con un rezo masivo como principal atracción. El movimiento Hakuna, vinculado al Opus Dei, se ha convertido en todo un reclamo para miles de jóvenes que llegan a la fe desde la música, con unos contenidos simplificados, que intentan dejar atrás el olor a cera y a rancio que sale de las sacristías. Seguro que recuerdan también a Charlie Kirk, el influencer asesinado en septiembre y enterrado como un mártir de las armas, del negacionismo, del racismo y, en resumen, de Trump, que llegó a decir que la Virgen María era la respuesta al feminismo tóxico de la era moderna. Y eso que era protestante. El activista ultracatólico fue el creador de la influyente asociación de estudiantes conservadora Turning Point, de la que formaba parte la sección Faith, para movilizar a las comunidades religiosas en torno a temas conservadores. Mientras, las últimas encuestas no dan tregua. En la de Sigma Dos para El Mundo, se advierte una tendencia clarísima a la derechización en la sociedad española: el bloque PP-Vox ha subido en 10 meses casi 14 puntos, reuniendo ya el apoyo del 51,5 % entre los jóvenes entre 18 y 29 años. Y la del CIS que afirma que un 26,8% de los hombres españoles cree que los años de la Dictadura fueron buenos o muy buenos, y que uno de cada tres de los que no tenían aún edad para votar en las últimas elecciones generales piensa que con Franco se vivía mejor. En este contexto, díganme si no es preocupante la tendencia a la popularización de la retórica religiosa y católica entre los más jóvenes. Con Rosalía, con Amaia, o con Los domingos. Con Hakuna, Faith y los que borran la historia a la puerta del convento de Santa Clara. Y de fondo, los que creen que Franco era un abuelito entrañable. Y si en su conjunto, no componen una película de terror. Y de las malas.

ADEU REMIGI PALMERO, EL SOL DISCRET DEL POP VALENCIÀ

PAU VERGARA: S’ha apagat a Alginet Remigi Palmero (1950–2026), i amb ell se’n va una de les veus més lliures, radicals i essencials de la música valenciana contemporània. No només un músic, no només un compositor: una manera d’entendre el pop, la llengua i el país sense consignes, sense uniformes i sense demanar permís. Remigi Palmero va ser pioner quan encara no hi havia mapa. Quan cantar en valencià no era ni moda ni etiqueta cultural, sinó una decisió intuïtiva, corporal, gairebé natural. Va demostrar abans que ningú que el valencià podia sonar modern, sensual, mestís i popular, lluny de la solemnitat i del didactisme que havien marcat bona part de la Nova Cançó. Ell no volia alliçonar: volia fer cançons. Des d’Els 5 Xics, a finals dels seixanta, Palmero ja caminava davant. Aquell grup, nascut de les verbenes, de les sales de ball i del directe constant, va ser una escola de carrer i d’ofici. Allí Remigi va aprendre que la música havia de moure el cos abans que el discurs, i eixa idea no l’abandonaria mai. Ell mateix ho explicava anys després amb una lucidesa desarmant: volia fer un pop en valencià “normal”. I en aquell “normal” hi havia tota una revolució. La seua obra mestra, Humitat relativa (1979), continua sent un miracle irrepetible del nostre patrimoni musical. Un disc que va nàixer gairebé en silenci i que amb els anys s’ha convertit en pedra angular del rock mediterrani fet des de València, al costat de Brossa d’ahir de Pep Laguarda i Cambrers de Julio Bustamante. Tres discos que expliquen un país sencer millor que molts assajos. Humitat relativa era llum, calor i risc. Folk, rock, funk, jazz, flamenc i Àfrica convivint amb naturalitat, sense exotismes ni quotes. Palmero va ser el primer a incorporar músics africans en un disc de pop estatal, unint València amb Guinea Equatorial, el Mediterrani amb el món. Tot això cantat en valencià, sense banderes ni proclames, com qui respira. Una aposta estètica i vital que el temps ha convertit en referència per a generacions senceres: d’Òscar Briz a Antònia Font, de Manel a Sénior i el Cor Brutal. Remigi mai va ser un artista còmode. Ni per a la indústria, ni per a les institucions, ni tan sols per a ell mateix. Sempre va arrossegar una relació ambivalent amb el seu disc més celebrat, convençut que havia quedat inacabat, que es podia anar més lluny. Eixa insatisfacció també formava part del personatge: un creador que no es conformava amb el mite, que preferia el procés a l’estàtua. Després vindrien Provisions, Sense comentaris i el projecte In Fraganti, sempre des de la perifèria, sempre explorant. I després, el silenci progressiu. El retorn a Alginet. La pintura, el ioga, la cura, la reflexió. Una retirada sense estridències, coherent amb algú que mai va voler ocupar el centre de res. La seua mort deixa un buit profund. Però també deixa una certesa: sense Remigi Palmero no s’entén la música valenciana moderna. No s’entén el mestissatge, ni la normalització real de la llengua en el pop, ni eixa manera tan nostra de fer les coses sense fer-ne soroll. Remigi va obrir camins perquè altres els transitaren. Va cantar com qui mira el sol de cara. I encara hui, escoltar-lo continua sent això: llum directa, sense filtres. Gràcies, Remigi. La humitat relativa del país ja no és la mateixa sense tu.

¿DÓNDE VER LAS PELÍCULAS NOMINADAS EN LOS PREMIOS OSCAR 2026

Con las nominaciones ya anunciadas y la gala de los Oscar 2026 fijada para el 15 de marzo, llega el ritual habitual para cinéfilos y espectadores aplicados: ponerse al día con las películas clave del año. Entre estrenos aún en salas y títulos ya disponibles en plataformas, esta guía resume dónde puede verse cada una de las principales candidatas sin perderse en el laberinto del streaming. Los pecadores La película más nominada de la historia de los Oscar, con 16 candidaturas, es ya imprescindible. Dónde verla: disponible en Movistar Plus+ y HBO Max, también en alquiler digital. Favorita clara en múltiples categorías, incluida mejor película. Una batalla tras otra Una de las grandes apuestas de la temporada y posible vencedora final. Dónde verla: aún en cines seleccionados y disponible en Movistar Plus+, HBO Max y Rakuten TV. Combina peso autoral y respaldo industrial. Hamnet Uno de los títulos más emocionales del año, que apuesta por la experiencia en sala. Dónde verla: exclusivamente en cines por ahora. Todavía sin fecha confirmada en plataformas. Sirât La gran representante española en los Oscar, con nominaciones a película internacional y sonido. Dónde verla: sigue en salas y también disponible en Movistar Plus+. Una de las opciones más accesibles para combinar cine y streaming. Marty Supreme Una de las interpretaciones más comentadas del año. Dónde verla: estreno en cines a partir del 30 de enero. Su llegada a plataformas se espera más adelante. Bugonia La nueva colaboración entre Yorgos Lanthimos y Emma Stone. Dónde verla: todavía en cartelera y disponible en alquiler digital. Pendiente de confirmar plataforma de suscripción. Frankenstein La reinterpretación de Guillermo del Toro, con fuerte presencia técnica en las nominaciones. Dónde verla: Netflix. Una de las opciones más cómodas para ponerse al día desde casa. Valor sentimental Una de las grandes sorpresas del año, con fuerte respaldo crítico. Dónde verla: actualmente en cines; llegará a Filmin el 27 de marzo. Ideal para quienes combinan sala y streaming de autor.   F1 El blockbuster que ha dado la sorpresa colándose entre las nominadas a mejor película. Dónde verla: Apple TV+. Perfecta para quienes buscan espectáculo con sello Oscar. El agente secreto La película que más tardará en llegar al público español. Dónde verla: estreno en cines el 20 de febrero; llegará a Filmin el 12 de junio. Una de las apuestas fuertes del cine político internacional. Cómo organizar el visionado Streaming inmediato: Los pecadores, Frankenstein, F1, Sueños de trenes. Sala obligatoria (de momento): Hamnet, Marty Supreme, El agente secreto. Estrategia mixta: Sirât, Una batalla tras otra, Valor sentimental. Con esta hoja de ruta, llegar preparado a la noche de los Oscar 2026 es solo cuestión de agenda.

ADOLESCÈNCIA INFINITA, DE PONT FLOTANT

ADOLESCÈNCIA INFINITA, DE PONT FLOTANT 23 i 24 de gener · 20.00 h · 80 min Tres adults tornen a l’adolescència per remenar records, silencis i ferides. Pont Flotant fa el que millor sap fer: convertir l’experiència personal en reflexió col·lectiva. Una peça honesta i emocionant sobre allò que vam ser, allò que vam callar i allò que encara ens defineix. Teatre íntim que colpeja sense alçar la veu.

HOMO ARGENTUM

Homo Argentum 25 de diciembre de 2025 | Drama Dirigida por Gastón Duprat, Mariano Cohn La película reúne 16 historias cortas que, con humor y sátira, retratan las costumbres y contradicciones de la cultura argentina. A través de la risa, invita a reflexionar sobre la identidad nacional.