EMILI PIERA: La cocina italiana, junto a la china –Italia y China cruzan sus destinos varias veces sobre la línea de los siglos e ignoro, por completo, porque sucede así, pero sucede–, estas dos cocinas, digo, son las más extendidas y mistificadas del planeta. Sólo en un buen restaurante napolitano como La Cantinella (963 251 422), uno se reconcilia con la extraordinaria sabiduría, pulso y amor a los buenos productos que es patente en la gran cocina italiana. La responsable de tal grado de excelencia es la mamma de este local que se ocupa de todos los aspectos de la cocina, desde los aperitivos hasta los postres y los licores. Un día llegué a La Cantinella y me enseñaron unos bonitos tomates volcánicos que tenían una especie de punta o mugroncillo. Cuando llegan estos materiales de excepción, los primeros en saberlo son los clientes. Fui con la familia a La Cantinella y elegimos el menú de 40 euros que incluía varios aperitivos deliciosos: las sardinas rebozadas rellenas de pasas y piñones, las croquetas, el carpaccio ahumado de pez espada con brotes y rúcula y la burrata con tomate, funghi porcini y berenjena. Seguimos con dos bandejas de pasta: en una dominaba la salsa de tomate y llevaba sepietas y alcachofas (nada que ver con el engrudo que sirven por ahí) y la otra llevaba nata, pero qué equilibrio y sencillez en el tratamiento del producto. Platos como el pescadito frito sólo se preparan por encargo porque dependen muy estrictamente de la oferta en el mercado. Pedimos para beber un Pandolfo de San Giovese que estaba rico. Luego cada cual se pidió su postre pero creo que yo acerté más que otros con una especie de tarta de Santiago, pero más jugosa y con la almendra molida gorda y un limoncello, obra personal de la cocinera ya que además de limón, lleva lima, naranja y mandarina. Sigue la resaca de Navidad y Reyes y voy abriendo, poco a poco, los vinos que no cayeron en las celebraciones. Enzo d’Anna y María Amodeo, restaurante la Cantinella (Foto: García Poveda). Por ejemplo, un magnífico Erea da vila de Manzaneda (y otros pueblos de su entorno), un blanco gallego, muy distinto de los albariños y ribeiros, que se cría en barricas de roble durante diez meses. También he probado dos nuevos vinos de Castellón elaborados, por Castells i Montoliu, con uvas de Vilanova d’ Alcolea y Torre d’ En Doménech: Siull y L’encanteri, ambos tintos y los dos correctos, mejor el primero, a mi juicio. En la misma feria compramos un queso de oveja de Formatgeria La Planeta de Xert. Está bueno. 669 747 697. Toda la facilidad que la cocina italiana tiene para hacerse un sitio entre nosotros son complicaciones para dar con un local, próximo o lejano, que sirvan alguna especialidad portuguesa. De Portugal, les hablaré en la próxima colaboración, concretamente de Porto, Guimaraes y Braga, pero les anticipo una historieta curiosa. Buscábamos un restaurante en la zona de la Ribeira (fluvial) de Porto con la ayuda de una guía Lonely Planet (y la Michelin). Los dos restaurantes que pintaban mejor estaban cerrados y el que se llamaba Bacalhau (nombre explícito como pocos), de reformas. Empezamos a pensar que la Michelin tal vez era gafe, luego veríamos que no. Así pues, buscamos otra cosa no muy alejada de la iglesia de San Francisco que tiene el mejor barroco de Portugal (y allí, como aquí, tienen donde elegir) y dimos con un restaurante, con una terraza pequeña y coqueta (aunque nosotros comimos dentro porque hacía fresco) que se llamaba como la calle en la que está: Adega de San Nicolau. Probamos unos bolinhos (croquetas) de bacalao, un bacalao a lagareiro y, las tripas a la moda de Porto, que son una variedad de callos, bastante cercana a los callos de La Coruña, pero con judías en vez de garbanzos. Rotundos, sabrosos y servidos en las generosas porciones (una cazuela entera) habituales en Portugal. Precios muy asequibles. Teníamos a nuestro lado al típico español pelma y sobrado, de los que jamás dudan de su encanto y campechanía dando lecciones de historia no solicitadas a un auditorio (involuntario) de camareros y comensales. A los camareros se les escapaba alguna sonrisita compatible con el respeto debido al cliente. Cuando dejábamos el local, me acerqué a ellos y les dije: “Nos, tambem somos espanhois, mas nao como ele”. Solo faltaría que nos confundieran.