Cartelera Turia

ENTREVISTA CON ENRIQUE LÓPEZ LAVIGNE, PRODUCTOR:

Enrique López Lavigne (Madrid, 1967) es responsable de películas que muchos recordaremos: Lucía y el sexo, Un monstruo viene a verme, Lo imposible, Gente en sitios, Verónica, Quién te cantará… Fundador de Apaches Entertainment (junto a su entonces socia Belén Atienza) y Apache Films, a lo largo de más de 25 años ha producido más de 60 películas y series (Paquita Salas, Vergüenza y Veneno). A propósito del escenario cinematográfico actual, entrevistamos al tenaz productor de cine. En tu texto para el número Especial 2021 de la Academia de Cine empezabas haciendo recapitulación de los más de 125 años de vida del cine hasta hoy. ¿Qué piensas que recordarás de estos tiempos de cambios en un futuro? Bueno, los cambios aún están sucediendo ante nuestros ojos y ni tenemos distancia, ni creo que seamos capaces de asimilarlos aún, y de gestionar ni hablamos. Los seres humanos, en situaciones así, solo aspiramos a sobrevivir y adaptarnos. Hace exactamente un año presentaba una nueva compañía, El Estudio, con cuatro sedes (Los Ángeles, México, Buenos Aires y Madrid), y estaba en la cuarta semana de una película internacional coproducida con Sony Pictures International, AtresMedia y Les Films du Worso. A la semana siguiente se anunció el Estado de Alarma y vimos cómo teníamos que clausurar todas nuestras oficinas y un rodaje de forma indefinida. Un año después, hemos conseguido mantenernos todo el equipo desarrollando proyectos en activo y terminar la que es una de las mejores películas que ha producido Apache Films. 64 semanas después, estamos aquí, dispuestos a adaptarnos y pelear en un escenario completamente distinto al que dejamos aquel 13 de marzo. Desde toda tu trayectoria como productor, ¿cómo vives este nuevo escenario cinematográfico?  Mi trayectoria de productor es larga pero accidentada. Es muy difícil mantenerse independiente en un escenario como el nuestro y sobrevivir a ello. He vivido 10 años protegido por un grupo que creía en el cine y luego lo abandonó a su suerte. Más tarde he vivido una era dorada en la que el cine era el contenido estrella y el productor también, y ahora, con la independencia de todo, navego en un océano de grandes corporaciones. El mundo ha cambiado en 3 años, pero estos cambios nos afectan a todos, a los grandes estudios que están operando una profunda reestructuración, a las plataformas que están combatiendo por su implantación en los continentes, y más abajo, en la base de la pirámide, al resto. La paradoja es que nunca hubo tanto trabajo y tanta libertad y al tiempo tantas diferencias sociales, industriales, brechas salariales y de derechos. Un síntoma del neoliberalismo aplicado a la producción audiovisual. Decías que la supervivencia del cine como arte mayor del entretenimiento no ofrece para ti duda alguna, a pesar de todos los cambios acelerados por la pandemia. ¿Por qué esa confianza?  Aunque el paradigma cambie hacia el consumo en casa, siempre habrá sitio para aquellos que quieran disfrutar del consumo fuera de ella. El cine seguirá siendo la catedral para disfrutar de aquello que no podamos consumir en casa, bien porque la tecnología le devuelve la condición de espectáculo -esto ya sucedió con el Cinerama, 3D en la primera de las guerras contra la televisión en los 50-, o bien porque las plataformas descuidan un tipo de cine intimista y emocionante que los cines de los centros urbanos fidelizan a través de sus programadores, como sucedió con el fenómeno de los cineclubs de los 70. En un ensayo publicado recientemente en Letras Libres, Scorsese hablaba de la creación de una falsa democracia con las plataformas de streaming, debido a su funcionamiento a base de algoritmos y la primacía del «contenido». ¿Qué piensas al respecto?  Sé que parece una pataleta viniendo de alguien que ha podido realizar el sueño de rodar una película que los propios estudios no permitieron producir (El Irlandés, coproducida por Netflix), pero precisamente por eso tiene la experiencia para extraer conclusiones. Creo que nos perderíamos muchas películas “no deseadas” a priori si aplicáramos estos criterios instalados en la repetición de patrones. Por eso mismo los estudios, en los momentos de crisis, miran hacia otro lado. Con las plataformas habrá una segunda fase en la que la alianza con los estudios definirá un panorama diferente al que vivimos ahora. La evolución es lógica y hay que darle tiempo a que los cambios operen de forma plena, aún es pronto para hacer una fotografía completa de las animalias del sistema. Démosle una oportunidad primero. El cine tampoco es la prioridad en las plataformas, aquí convive con formatos que fidelizan más y mejor al abonado. Admitamos de una vez que el reinado del cine en el audiovisual y en el entretenimiento da paso a algo nuevo. Los que tenemos hijos adolescentes sabemos que «Fortnite» o los «Streamers« son quienes detentan esta primera posición ahora. Para Scorsese, todos estos cambios han provocado una devaluación del cine en nuestra cultura. En mi cultura, la de un tipo de 54 años, sí, pero no en la de mi hijo de 15. Creo que debemos intentar asimilar y estudiar en qué momento los nuevos espectadores, aquellos que estaban destinados a sostener nuestro cine, a tomar el relevo para contar nuevas historias, se pasaron al otro lado. ¿Será la brecha generacional? ¿El taponar a las nuevas generaciones impidiéndoles hacer sus películas y contar sus historias, como lo hicieron los directores del “Angry Cinema” británico de los 60 o los Easy Riders de la América de los 70? Ahora es el momento de las mujeres cineastas, que han irrumpido en un reinado masculino que ha durado más de 125 años. El siguiente paso está en Nollywood y la diversidad racial, en Nigeria llevan 13.000 películas en 7 años… Los cambios ya están encima. Decías que el 2021 es la odisea del espacio que hasta ahora llamábamos cine, y hablabas de la búsqueda de uno nuevo. ¿Qué es para ti ese nuevo cine? Por un lado, películas más grandes, producidas y distribuidas por las sedes locales de los estudios, en cines mejor diseñados para disfrutar de una experiencia fílmica diferente

OSCAR 2021: Películas perdurables

El próximo 25 de abril se celebrará la ceremonia de los Premios Oscar 2021. Me interesan muchas de las películas nominadas esta edición, algunas incluso me gustan mucho. Pienso en Sound of Metal, Minari, Mank, Nomadland, Una joven prometedora, Otra ronda o El agente topo. Sin embargo, también tengo la impresión de que pronto habré olvidado algunas de ellas. No se trata solamente de una impresión personal; gente cercana y compañeros que también escriben sobre cine comparten esta misma sensación de fugacidad, de inconsistencia de las películas a lo largo del tiempo. A veces salimos impresionados del cine, compartimos en redes nuestro entusiasmo por la película que acabamos de ver, ocupa nuestras conversaciones físicas y virtuales, le seguimos dando vueltas después de la proyección, y al cabo de un tiempo -no mucho, unos días, quizá unas semanas, en ocasiones unos meses- la olvidamos, ya no nos parece tan magnífica, se desinfla nuestra impresión de entonces, o simplemente pasamos a otra cosa. Otras veces salimos cabreados, compartimos nuestro enfado, o preferimos mantenernos al margen, nos callamos, pero al cabo del tiempo también terminamos olvidando muchas de esas películas que tanto llegamos a odiar. Posiblemente este hecho tenga mucho que ver con los tiempos que marcan las redes sociales, donde todo caduca y todo se sustituye demasiado pronto, un espacio más de esta rueda en la que vivimos. Sin embargo, no por haber aceptado este hecho puedo dejar de preguntarme por ello: ¿Qué ha pasado para que esto suceda? ¿Nos ha dejado de importar el futuro de las películas? ¿Ya solamente nos interesa o podemos pensar en el presente más inmediato? Con esto no quiero hacer generalizaciones. Hay películas que nos agradan pero que sencillamente no ocupan un lugar duradero en nuestro pensamiento. Que nos gusten, nos parezcan interesantes o las consideremos buenas no siempre significa que sean memorables. Para mí, esto es lo más difícil de conseguir: que una película perdure. Es natural que esto dependa de factores diversos, quizá en su mayoría personales, más allá de unas cualidades más o menos objetivas (si acaso es posible llegar a un consenso sobre éstas); de nuestras afinidades y debilidades, de nuestra mirada sobre la película en función de ellas, quizá también de las circunstancias, el momento o la etapa de la vida en que la vimos. Pero tampoco quiero eludir la responsabilidad de los cineastas -no solamente de los directores, hay mucha más gente detrás de lo que vemos en las pantallas, aunque a menudo lo ignoremos- sobre esta virtud. Como decía, recordamos las películas por razones distintas, las más de las veces subjetivas, pero entre esos motivos también están sus cualidades cinematográficas. Las recordamos porque fueron capaces de reflejar una mirada, de sugerirnos una visión sobre ciertos asuntos, de causarnos unas sensaciones y sentimientos. Recordamos secuencias concretas porque sus equipos, mediante el trabajo de cada una de sus partes, de la unión y el juego con los recursos cinematográficos -los diálogos, los espacios en que transcurren, los tiempos, el ritmo, la iluminación, la fotografía, las ópticas y los planos, los sonidos, la música, las interpretaciones de los personajes, el vestuario, el montaje, lo visible y lo invisible- fueron capaces de narrar en imágenes esas ideas y posibilidades. Sigo pensando en Otra ronda, la última película de Thomas Vinterberg (nominada a Mejor Película Internacional y Mejor Director); en su capacidad de filmar las pulsiones de vida y muerte que puede haber en toda existencia humana, en la forma extraordinaria y sin moralismos como narra y transmite el dolor y el placer por la vida. Recuerdo la secuencia de la cena, en la que están reunidos todo el grupo de amigos profesores. Para mí es una secuencia clave, una de esas en las que todo funciona. Todos sus elementos consiguen reflejar con lucidez la oscuridad de la que nace el viaje de los personajes, la búsqueda de libertad desde el vacío. Solamente han pasado unos días desde que la vi, pero entre tantas películas olvidadas u olvidables me agrada tener la sensación de que es una película que recordaré. Por el momento no me parece exagerado el modo como muchos han calificado su secuencia final: es memorable

LIBROS: JAVIER MARÍAS, LA VIRTUD DE SABER CONTAR EL MISTERIO

Dentro de poco se publicará la nueva novela de Javier Marías. Según el comunicado de Alfaguara (la editorial que seguirá publicando al autor), el libro se titula Tomás Nevinson, pues Marías recupera aquel personaje protagonista de su novela anterior, Berta Isla (2017). La noticia me hizo recordar el verano en que leí esta última, así que las pasadas vacaciones de Navidad quise volver a un libro que tiempo atrás me regaló momentos de felicidad lectora. De manera no muy distinta a como sucedía en Tu rostro mañana, Berta Isla es una novela parcialmente de espías, en la que la trama de espionaje solamente actúa como hilo narrativo a través del cual el autor plantea y profundiza en distintas cuestiones complejas y escurridizas inherentes a la existencia humana. La novela puede leerse como una continuación de los títulos que conforman el llamado Ciclo de Oxford o Ciclo Deza (Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana). Posiblemente, los lectores habituales del autor vean en ella una extensión de los temas y motivos que conforman su universo narrativo, una variación y actualización de la tragedia clásica y la moderna, con claras influencias (sin pretensión de ocultarlas) de otras obras y autores. El azar y no el destino constituye el motor del devenir trágico de la obra. La historia del matrimonio protagonista es la de unas vidas condicionadas por ese motivo, expuestas a los riesgos y posibilidades que implica la simple existencia, el simple hecho de haber nacido, estar en el mundo, y, en consecuencia, la posibilidad de ser divisado o captado por los demás. De este modo, a partir de esta encrucijada primera, a través de un lenguaje rico, sobrio, preciso y al tiempo oscuro, esto es, que sugiere sin terminar de desvelar lo acontecido, como el mismo autor escribió, que cuenta el misterio sin explicarlo, y de un estilo digresivo o «errabundo», mediante el que unifica acción y pensamiento en la misma narración, Marías plantea dudas y reflexiones profundas acerca de temas diversos. Ahonda en el corazón de las tinieblas del alma humana, en el lado en sombra de las cosas, en lo que sabemos y al tiempo ignoramos. Después de la irregular Así empieza lo malo, con Berta Isla Javier Marías retomó con vigor lo que años atrás él mismo se refirió como «pensamiento literario», en su artículo «Contar el misterio» (incluido en sus libros de ensayos El hombre que parecía no querer nada y en Literatura y fantasma), ese «pensar literariamente sobre cualquier asunto» y que a menudo reconocemos como verdadero, que explora lo incógnito a partir de lo conocido, que cuenta lo sabido y a la vez ignorado, capaz de llegar a las profundidades de allí donde únicamente la ficción puede ir, a los pensamientos y sentimientos de las personas, pero no solamente a los ocurridos, sino a todo cuanto podría ocurrir, a lo real y a lo figurado. El final ambiguo y perturbador de la novela responde a esa poética característica del autor, según la cual no se puede contar con la existencia de una verdad, pues lo único que cuenta es lo que ocurre y tiene su propia realidad en la literatura. A diferencia de lo que le sucedía a Berta Isla, para los que deseamos leer «la historia de qué le sucede a quien ya le había sucedido todo y a quien, aparentemente, nada más podía ocurrir» (cito textualmente la nota de Alfaguara), la espera está llegando a su fin. El próximo jueves 11 de marzo la historia de Tomás Nevinson estará a nuestro alcance en las librerías.

AGENTE TOPO, de Maite Alberdi. La virtud de saber narrar la complejidad

En una memorable secuencia de Cuentos de Tokio, de Yasujirō Ozu, la hija menor del matrimonio de ancianos, ante el egoísmo que ve en el comportamiento de sus hermanos tras el fallecimiento de su madre, le dice al personaje de Noriko (una magnífica Setsuko Hara): «La vida es decepcionante». Ésta, sin perder la sonrisa, le responde asintiendo: «Sí, con frecuencia». Tanto por su trasfondo como por su sencillez y sensibilidad en la narración de asuntos complicados y profundos inherentes a la existencia humana, como la vejez, el paso del tiempo, el alejamiento entre padres e hijos, la capacidad y necesidad de amor en cualquier edad de la vida, la soledad o la muerte, El agente topo, la última película de la cineasta Maite Alberdi, presentada en la pasada edición del Festival de San Sebastián y que ahora sigue en cartelera en los cines, puede recordar a esa extraordinaria secuencia de la película de Ozu (o a toda ella). El agente topo cuenta la historia de Sergio, un octogenario viudo y jubilado que acepta el encargo de un detective privado: infiltrarse en una residencia de ancianos con el propósito de investigar si la madre de la clienta del detective recibe allí malos tratos. A partir de este argumento, desde la mirada singular de este agente topo, la cámara de Alberdi se adentra en la vida cotidiana de las ancianas residentes en el lugar, en sus espacios de luz y en sus espacios sombríos. Su divertido y genial arranque, con este agente topo protagonista haciéndose un lío para utilizar los gadgets que le han prestado para realizar su investigación (un teléfono móvil de nueva tecnología), ya de una pista de uno de los aspectos que hacen de esta película una película extraordinaria: su inteligente aproximación al cine negro. Partiendo de los mecanismos y esquemas del género y de la sagaz mezcla con otros, también a través de la parodia de las películas de espías, Alberdi reformula el clásico carácter social del mismo. Mediante un dispositivo narrativo ambiguo, a caballo entre el documental y la ficción, o siendo ambas cosas a la vez de manera transgresiva, la directora filma una lúcida reflexión acerca de la vida en la vejez, sin juicios simplistas (o sin juicios a secas) refleja la ambigüedad moral de nuestra sociedad contemporánea con respecto a esta cuestión, el modo como nos relacionamos con nuestros mayores, con su soledad, su muerte y su necesidad de amar y ser amados. De este modo, la película consigue lo que el crítico de cine Quim Casas decía en su crítica para El Periódico: «Nos creemos cosas que no son ciertas y dudamos de otros aspectos que sí lo son». El agente topo es una película conmovedora, pero sin dejarse llevar por la sensiblería recurrente en ciertas ficciones acerca de estos temas, sin dejar de ser inteligente en su narración. A través de la premisa de la investigación detectivesca, Maite Alberdi filma y explora con ingenio, imaginación, naturalidad y delicadeza las posibles caras de la última etapa de la vida, sus tristezas y sus posibles alegrías, o más bien, los momentos y deseos de felicidad que puede haber en ésta. Con la cercanía y distancia adecuadas, sin caer en la condescendencia ni en el moralismo fácil, narra cómo la vejez puede vivirse dentro de un lugar que posiblemente desearíamos ignorar o evitar toda la vida. La película consigue una de las virtudes a mi parecer más complicadas de lograr en una ficción: narrar con sobriedad y sentido del humor asuntos dolorosos y complejos.

ENTREVISTA CON LUNA MIGUEL, A PROPÓSITO DE «CALIENTE»: Me gustaría pensar que otra pornografía es posible

Como ya expliqué la semana pasada en esta publicación, la idea de esta nueva sección, titulada ‘Mujeres y Compañía’, me surgió a partir de un pasaje de Caliente, el nuevo libro de la escritora, periodista y editora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), publicado por la editorial Lumen. En este libro, a caballo entre el ensayo y la escritura de la intimidad y autobiográfica, la escritora propone un sugerente diálogo entre la literatura y la vida, entre la historia íntima y la colectiva de otras autoras. Desde una mirada personal, a partir de la experiencia propia y sus lecturas de otras escritoras, Miguel escribe de forma libre y sugerente acerca del deseo, el placer, el dolor, el sexo, la relación con el propio cuerpo, el amor plural, las relaciones afectivas en el mundo de hoy, la escritura. Como dice la misma autora, Caliente puede leerse como una suerte de homenaje personal a todas esas escritoras que le han influido o inspirado a lo largo del tiempo. El punto de partida de este libro es una vivencia propia, cuando tu marido te contó que «se había enamorado de alguien más». ¿Por qué decidiste utilizar esta experiencia personal como motor del libro? Siempre he creído en la literatura autobiográfica y desde muy joven la he practicado en mi poesía y en mi no ficción. Inevitablemente, la vida se introduce en el libro y viceversa. Sin embargo, también concedo espacio a la ficción. Yo ya no soy la persona de la que creemos extraer tanta intimidad en Caliente. Todo trabajo de exhibición implica un trabajo de contar mentiras. En él utilizas distintos géneros. Hay pasajes de ensayo, pero la voz autobiográfica, la escritura de la intimidad, lo recorre. Para ti, ¿qué posibilidades tiene este género? Como decía, desde siempre me ha apasionado la poesía que algunos llaman “confesional”. Yo creo que escribir, en general, es una suerte de confesión, incluso si se está narrando la mayor de las fantasías. Lo que me interesa de las escritoras que he trabajado aquí no es tanto su relación con lo autobiográfico sino cómo desde la confesión han contado el sexo. Yo quería mostrar un mapa de escrituras del cuerpo, de escrituras del sexo y de reivindicaciones del placer que se vienen haciendo desde hace siglos. Más que mi autobiografía —pues en la suma no hay tanto texto personal como parece…—, Caliente es mi hoja de ruta. Abordas las cuestiones relativas al deseo y el placer de forma atrevida, pero también las asocias con la vergüenza. ¿Piensas que sigue habiendo una visión social distinta de éstas según el género? Quiero pensar que en algunos ámbitos las cosas han cambiado muchísimo. Me gusta leer a diario a personas de la memesfera que trabajan los afectos y el sexo de manera brutal: @Fluorrazepam2, @culomala, @danelicioustm, @nena.astral… En sus cuentas siempre hay un debate muy profundo sobre el consentimiento, las relaciones, el modo en el que la cultura pop nos introduce conceptos perniciosos… También hay influencers que tratan estos temas con total naturalidad. Inés Hernand, por ejemplo, utiliza el altavoz de su red social o de GenPlayz para hablar sin miedo y con mucho humor de autoplacer. Por no hablar de figuras como Amarna Miller, que llega a muchísimo público contando experiencias poliamorosas, o como Elizabeth Duval, quien recientemente ha dado más de una lección hablando de género, pensamientos que ahora podremos leer en su ensayo Después de lo trans. Lo que quiero decir con esto es que el debate sobre el sexo, el género, lo identitario, o la reivindicación de un feminismo del goce, están más que presentes hoy, y lo que yo quiero creer es que, cuantas más capas de la cultura traspase y a cuantos más espacios llegue este debate, más permeará en la sociedad. Sólo así reventaremos el tabú. También asocias la vergüenza a la mirada sobre el propio cuerpo. Escribes sobre él como un lugar de deseo y placer, pero también de opresión. ¿La relación conflictiva con él es un asunto personal o una consecuencia de la cultura y los valores sociales dominantes? Todo en nosotras está mediado por la cultura y los valores sociales. Tanto es así que esa relación conflictiva termina por calarnos hasta convertirse en miedos y fobias personales hacia nuestros propios cuerpos. Como dice mi amiga, la filósofa Alicia Valdés, cuando se refiere a estos asuntos: hay que aprender a convivir con esa falta. Escribes acerca de las contradicciones y los conflictos que plantea el porno en la sociedad actual. ¿Por qué piensas que es una cuestión problemática? Es conflictivo porque está mal hecho. Porque está absolutamente mediado por la mirada masculina y porque nos lleva a un relato único a menudo impregnado de escenas de simulación del abuso y de pedofilia. Me gustaría pensar que otra pornografía es posible. Y te lo dice alguien que es, en realidad, adicta al consumo de la misma. Has recomendado en distintas ocasiones El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI, de Tamara Tenenbaum, recién publicado en España. En tu libro también escribes acerca del amor plural o las relaciones abiertas. ¿Qué te interesaba contar o hacer reflexionar a la hora de plantear esta cuestión? En realidad, el libro de Tamara Tenenbaum es mucho más útil si la lectora está interesada en un análisis profundo de las relaciones no monógamas. En esa línea, yo propongo también leer a Brigitte Vasallo, Luciana Peker, Gabriela Wiener, las antologías de (h)amor en Continta me tienes o los libros que publica Melusina a este respecto. Yo no he escrito un ensayo sobre el poliamor, en ningún caso, sólo me refugio en historias de escritoras que muchos años o siglos antes que yo ya se plantearon la necesidad de huir de historias de amor abusivas, de modelos que nos cortaban las alas, ya sea a nivel creativo o vital. Si mi libro era un estudio sobre el placer y la escritura feminista, narrado en primera persona, yo no podía dejar de introducir este tema, que no deja de

A LAS SALAS DE CINE, A PROPÓSITO DEL REESTRENO DE CRASH DE DAVID CRONENBERG

Celebro con especial ilusión el reestreno de películas en las salas de cine. Por varias razones, me alegra que películas que se estrenaron años atrás vuelvan ahora a los cines, más en unos tiempos especialmente complicados y decisivos para éstos. No se trata de un sentimiento de nostalgia por unos tiempos que han quedado atrás, cuando uno solamente tenía la opción de ver una película en las salas. Sería absurdo y cansino, y, sobre todo, una pérdida de tiempo y energías aferrarse a un mundo que simplemente ya no es el nuestro. Ahora, si uno quiere ver una película tiene más opciones, lo cual, en sí mismo me parece positivo, un buen avance. Pero también, como suele pasar con las novedades, este hecho tiene ventajas e inconvenientes. Evidentemente, en el lado de las ventajas, está la comodidad. ¿Quién no ha agradecido y disfrutado una tarde o noche de manta y peli en casa? También está la extensión en la oferta, aunque la posibilidad de escoger entre una inmensidad de películas o series también pueda convertirse a menudo en una pesadilla (o por lo menos, así me sucede a mí). Me gusta tener la opción de ver cine en casa (de hecho, este plan me ha salvado más de un día horrible), ya sea sola o con gente querida. Pero, a su vez, esta opción también me genera más de un conflicto. En primer lugar, la posibilidad de detener la película cuando a uno le viene en gana. Este hecho lo vivo como una maldición (además, lo hago con frecuencia), es un incordio. Al final, uno ya no sabe ni que está viendo, o pierde el interés por ello si trocea o alarga demasiado en el tiempo el visionado de la película. Para mí, uno de los mayores placeres de ir a una sala de cine, más en estos tiempos distraídos, llenos de incertidumbre, ansiedad y nervio, es desentenderse de todo lo que queda fuera de la sala, durante el tiempo que dura la proyección uno solamente está para lo que está viendo en la pantalla, ni móvil, ni más pantallas ni otras historias. Es una sensación maravillosa, que, por el momento, solo concibo en una sala de cine. Por otro lado, está el componente emocional, los recuerdos que uno tiene asociados a éstas; el cine concreto en el que vimos una película, las emociones que nos suscitó verla por primera vez allí, quizá el día o momento vital en que la vimos, la soledad o la compañía, las conversaciones de después, quizá el recuerdo de algún viaje, anécdotas divertidas, quizá una ciudad en la que ya no vivimos, quizá salas y personas que ya no están, buenos y malos recuerdos. Personalmente, debo gran parte de mi afición al cine a mis padres. Hace unos años, empecé a tomar la costumbre de acompañarlos cada fin de semana al cine (ellos van casi desde que se conocieron, mi afición es tardía). Entonces descubrí que me gustaba ese acto, ver una película en su compañía y con la de gente desconocida, en la oscuridad de la sala, abrazar el misterio que suscita. También lo que venía después de la proyección. Compartir nuestras impresiones sobre lo que habíamos visto, el enfado o la fascinación por una película, en muchas ocasiones terminar discutiendo, seguir haciéndolo incluso horas y días después. Ahora que vivo en otra ciudad, recuerdo con especial estima esos fines de semana. Pero desde la distancia, el acto de ir al cine sigue siendo un punto de conexión importante en nuestra relación. Nos contamos lo que vamos a ver, nos recomendamos o nos advertimos sobre ciertas películas. Leen y me envían mis textos y críticas, seguimos discutiendo, no me amagan lo que piensan. Sé que son los críticos más fiables que tendré. Los estrenos en salas también me han brindado gratos descubrimientos acerca de ellos. Sin ir más lejos, estas Navidades pasadas fuimos a ver Deseando amar, de Wong Kar-wai, y me gustó ver la emoción que le causó a mi padre, aunque también tratara de disimularla al salir de la sala. Hace unos días, durante una conversación telefónica, a propósito del texto que supuestamente debería estar escribiendo ahora, hablamos sobre Crash, de Cronenberg. En un primer momento, me dejó descolocada descubrir su admiración por el cine de este director y, especialmente, por esta película, que además recordaba bien. Pensé en la sensación siniestra y perturbadora que la recorre, en ciertas escenas eróticas o de sexo explícito. Me desconcertó. Luego me gustó saberlo, pues también es una de mis películas favoritas, de las que considero que me han marcado profundamente. Como ya dijo la crítica Desirée de Fez en su libro Reina del grito, a esta película también le debo gran parte de mi devoción por lo inquietante, lo extraño, lo perverso y lo enfermo. Crash se reestrena este fin de semana en versión restaurada y remasterizada en 4K. Ojalá suceda una de las cosas que más me gustan de los reestrenos en salas: que se convierta en todo un acontecimiento, que la gente vuelva a verla a los cines, que vuelva a generar debate. Por mi parte, quedé con mi padre en verla juntos cuando vuelva a Valencia.

SAINT MAUD, de Rose Glass. Un viaje tenebroso y perdurable

La protagonista de la película se retuerce de dolor y delira en el suelo. Lo sabemos por su expresión, sus gestos, sus movimientos, sus contorsiones. Se trata de una poderosa secuencia de Saint Maud, la ópera prima de Rose Glass, estrenada la pasada semana en salas de España, después de su estreno en la pasada edición del festival de Toronto y pasar por el de Londres y el de Sitges de este año. La película está ambientada en un pueblo de la costa del Reino Unido, húmedo y gris, y narra la historia de Maud, una joven enfermera que, tras un trauma oscuro se convierte en devota de la fe cristiana. Los conflictos ya presentes en su vida estallan cuando empieza a trabajar para Amanda, una bailarina retirada que se está muriendo de cáncer, pues su fe le inspira la obsesiva convicción de que debe salvar el alma de su paciente por encima de todo, a costa de lo que sea, incluso de sí misma. A mi parecer, se trata de una ópera primera sugestiva y perturbadora por diversas razones. En una interesante entrevista a propósito de su estreno, la propia directora decía que le interesaba «la idea de plantear una película cuya relación central tuviera lugar dentro de la cabeza de alguien» (cito textualmente). Desde este planteamiento, uno de sus aciertos es la elección del punto de vista y el modo como lo expresa a través de las posibilidades del lenguaje cinematográfico. La película está narrada desde la propia voz y visión de la protagonista (una magnífica Morfydd Clark en un papel difícil de sostener), desde su mirada torcida y obcecada, desde la manera como ella percibe la realidad. A través de la filmación de sus comportamientos y expresiones y de los espacios en los que transcurre la acción -sórdidos y también de una siniestra y turbadora elegancia-, Glass consigue adentrarnos en la atmósfera de pesadilla en la que esta se encuentra atrapada, llevarnos allí donde únicamente la ficción puede ir, a su consciencia e intimidad, a las profundidades de su corazón desgarrado y su mente trastornada, a sus figuraciones, delirios, obsesiones, sueños, tormentos y miedos, a sus pulsiones de vida y muerte. Como suele suceder en ciertas películas, en ocasiones las imágenes dicen más que las mismas palabras, pues a través de ellas, de la oscuridad que reflejan, Glass conforma ese monólogo interior de la protagonista llevado al límite que mueve todo el relato y así provoca emociones que van más allá del miedo y del horror explícito (sin renunciar a él), que tienen que ver con las sensaciones de peligro acechante, de desconcierto, incertidumbre, violencia -física y emocional- y tensión latente a cada secuencia. Los diálogos son escasos pero precisos, pues además de reforzar esas sensaciones de desasosiego y angustia que recorren la película, en ciertos momentos aciertan insinuando todo su trasfondo, la soledad y la perturbación insondables que sufre la protagonista. A través de las imágenes, la iluminación, los tonos, los espacios, los sonidos y silencios, del juego con el terror explícito y el implícito, Glass cuenta el misterio sin explicarlo, pues es una película que trata más de lo que no sabemos que de lo que sabemos, del lado en sombras de las personas y del mundo. Una de sus grandes virtudes es el modo potente y visceral como consigue expresar lo psicológico a través de lo físico, del lenguaje gestual y corporal de los personajes, y así sugiere más que dice, deja que el espectador llene sus lagunas. Al principio, durante un tiempo, la cámara filma la imagen que Maud transmite a los demás, lo que nosotros veríamos de ella si la conociésemos, un chica aparentemente dulce, inocente y agradable, pero que a su vez transmite una sensación de amenaza desconocida, de esconder ciertos secretos, para luego adentrarnos en su cabeza, y así mostrar la ambigüedad y las contrariedades que hay en las personas, la inquietante división entre el mundo interior -confuso y turbio- y el exterior, lo que mostramos a los otros. Sin esconder sus influencias (Saint Maud puede recordar a referentes diversos -no solamente del cine de terror-, desde Polanski o Nicolas Roeg a Bergman), Rose Glass conforma una película vigorosa y de una sensibilidad turbadora, tanto en su apuesta formal como conceptual, un viaje tenebroso y perdurable desde el cuerpo a la mente. Pues además de dejarnos imágenes difíciles de olvidar, deja enigmas y posibilidades abiertas, nos lleva a reflexionar acerca de asuntos complejos y sombríos como el dolor, el deseo, la locura, las relaciones de poder o la conexión entre la vida y la muerte, o por lo menos así me ocurre mí.

Películas sin tiempo. Volver al cine de Wong Kar-wai

Hay películas y autores que siempre provocan en uno cierto vértigo a la hora de escribir acerca de ellos. Me sucede con el cine de muchos directores y directoras a los que admiro: Yasujirō Ozu, Claire Denis, Park Chan-wook, Polanski, Jess Franco, David Lynch, Yasuzo Masumura, Buñuel, Carlos Saura, Almodóvar… ¿Cómo enfrentarse a cineastas y películas que a uno le han marcado profundamente? ¿Por dónde empezar a escribir? ¿Qué decir y qué no? ¿Cómo estar a la altura de tal reto? Sin duda, para mí, Wong Kar-wai es uno de esos directores. Recibí con especial entusiasmo la noticia de las proyecciones que ha organizado la productora y distribuidora Avalon para celebrar el aniversario de su mítica In the mood for love: su reestreno en salas (en versión remasterizada y restaurada en 4K) y la programación de un ciclo con otras de sus películas, que podrán verse en los cines de varias ciudades de toda España a lo largo de este enero. Sin embargo, el acontecimiento también me hizo ser consciente de la dificultad de escribir sobre ellas. Por diversas razones, en su caso, el reto me parece especialmente complicado. En primer lugar, por la complejidad y profundidad que, a mi parecer, tienen. Como ya escribió hace unos días la crítica de cine Beatriz Martínez en un emotivo artículo acerca de Deseando amar, el director apuesta por la forma para llegar al fondo. Sus películas están compuestas con una precisión, elegancia, delicadeza y sensibilidad extraordinarias, todos los aspectos que conforman una película están perfectamente cuidados, desde el guion a la puesta en escena, y son muchos los detalles, motivos e imágenes que las componen. ¿Cómo hablar de ellas sin pensar que uno se está dejando fuera la mayor parte de aspectos, ideas, pensamientos e impresiones que le suscitaron? Por otro lado, está el componente emocional. Son películas que forman parte de mi educación sentimental y cinematográfica, como lo serán de la de muchos espectadores, de su memoria íntima y colectiva. Cada uno las habrá integrado en ella de un modo distinto, según la mirada y circunstancias de los tiempos en que las haya visto, y eso es algo sobre lo que siempre es difícil escribir, o por lo menos así me ocurre a mí. No todas las películas tienen la capacidad de crear imaginarios vigorosos, universos figurados únicos. Son muchas las imágenes y los elementos de ellas que habrán quedado grabados en los recuerdos de los espectadores: el precioso vals de Shigeru Umebayashi o el Quizás, Quizás, Quizás de Nat King Cole que recorren In the mood for love, los travellings por el pasillo rojo que llevan a la habitación 2046, el templo de Angkor Wat y el agujero de los secretos, los coloridos vestidos del personaje de Maggie Cheung (la protagonista de esa película), la azotea del Hotel Oriental de 2046… Y, cada uno, tendrá debilidad por unas distintas. En mi caso, me obsesionan ciertos aspectos de In the mood for love y 2046 (que además pueden verse como partes de una misma película): su forma de narrar alejada de los esquemas tradicionales (en diversos aspectos influida por la Nouvelle vague), el uso y el peso del fuera de campo en ella, la expresión del mundo interior de los personajes mediante la contención, a menudo solamente con la mirada, la creación de metáforas acerca de ellos a través de las ópticas y la composición de la imagen, mediante los tonos de los colores, los espacios, objetos y la música que aparecen en ellas, su carga simbólica a fuerza de minuciosidad en el detalle, y, a través de la variación del punto de vista, la construcción de un tiempo ficticio distinto al real. A mi modo de ver, Wong Kar-wai es uno de los directores que han expresado de una forma más excepcional, sugestiva, imaginativa y al tiempo honesta, la mezcla de sensaciones y sentimientos ambivalentes que puede haber en un enamoramiento, desde su lado más visceral hasta su represión, la mezcla de placer y dolor que provoca, las distintas etapas o momentos por los que suele pasarse en él, desde su descubrimiento hasta su pérdida, y el tormento causado por la imposibilidad de olvidar. Su filmación del tiempo de forma desordenada y la repetición de motivos concretos nos hacen ver las vivencias de los personajes del mismo modo como las viven ellos, como instantes confusos en la mente, y, con ello, sus películas como un continuo cruce entre el campo de lo real, lo recordado, lo soñado, lo imaginado y lo posible, lo que pudo ser y no fue. En ocasión de la efeméride, he vuelto a ver recientemente In the mood for love y 2046. Ya han pasado bastantes años desde que las vi por primera vez, por lo que, como es natural, mi visión sobre ellas no es la misma de entonces. Sin embargo, aunque por razones distintas, me siguen emocionando con intensidad. Me siguen inoculando una infinidad de ideas y posibilidades que luego me provocan ese vértigo a la hora de enfrentarme a ellas sobre el papel. Ojalá ustedes también se reencuentren (o se encuentren) con ellas ahora en las salas. No todas las películas tienen la gran virtud de sobrevivir al paso del tiempo.

Cine en plataformas para disfrutar estas Navidades.

Como suele pasar en estas fechas, ya han empezado a salir las listas de «lo mejor del año» u otras con títulos similares. Al margen de no compartir el gusto por hablar de «lo mejor», «lo imprescindible» o expresiones por el estilo, me gustan este tipo de listas. Nos hacen recapitular, recordar las películas que uno ha visto durante el año, volver a pensarlas, ver otras que teníamos pendientes o cuya existencia desconocíamos, hablar más de ellas y quizá (y ojalá) de propuestas interesantes que han pasado desapercibidas, hacer balance, también son un testimonio para el futuro. Además, en este año raro y complicado aún las veo más útiles por varios motivos. En mi caso, me ayudan a hacer revisión y rememorar momentos de un año en el que, por distintas razones, el cine ha sido una parte importante de mi vida. Por supuesto, esta lista es una selección personal, asociada a los recuerdos que tengo de cuando vi estas películas (y serie), en ella están parte de las que me han acompañado este año y que ahora pueden verse en plataformas, parte de mis favoritas (su ordenación no tiene necesariamente un significado), algunas a las que me gustaría que se les dedicará más atención. Ojalá ustedes también las disfruten estas vacaciones, o más adelante. La reina de los lagartos, de Burnin’ Percebes (Filmin) Es una comedia romántica rompedora (tanto en el fondo como en la forma), mezcla de drama, ciencia ficción, humor «absurdo» y costumbrismo. La adoro por muchas razones: su libertad, su imaginación, su sensibilidad, su atrevimiento, su capacidad de desconcierto y sorpresa, su sentido del humor. Sin duda, una de mis favoritas del año. Under the skin, de Jonathan Glazer (Filmin) Para mí, una de las películas más extraordinarias del cine fantástico y de terror contemporáneo (del que he visto). Es lúcida, sugestiva, abierta a múltiples posibilidades y lecturas (me interesa sobre todo la filmación y exploración de ciertas experiencias femeninas desde el género), llena de secuencias e imágenes vigorosas, misteriosas y de una vivencia emocional insólita. She dies tomorrow, de Amy Seimetz (Filmin) Desde que la vi por primera vez en el cine no dejo de recordar parte de sus imágenes. Me atrae su exploración de la oscuridad a través de los recursos cinematográficos (el uso de la música, el sonido, la imagen, el fuera de campo), la forma como refleja y consigue adentrarnos en los estados de ánimos y sensaciones que viven los personajes. Hereditary, de Ari Aster (Filmin y Movistar Plus) Una de las razones por las que me gusta e interesa el cine de Ari Aster es su visión ambigua del género, su forma de narrar las posibilidades de terror en la vida de cualquier persona y en cualquier situación, desde en las más trágicas o extrañas hasta en las más cotidianas o aparentemente amables. Sus películas (esta y Midsommar) van más allá del horror explícito sin renunciar a él, por eso me parecen perturbadoras. Border, de Ali Abbasi (Filmin) Recuerdo cómo me conmovió cuando la vi. Es una película emocionante, profunda y sorprendente, tan dura y turbadora como tierna, que habla de las distintas caras de lo monstruoso y lo supuestamente anómalo de forma imaginativa y honesta, sin caer en el sentimentalismo fácil, esperable y autocomplaciente. Los buenos modales, de Juliana Rojas y Marco Dutra (Filmin) Me gusta cuando las películas se atreven a salirse de los esquemas (de cualquier índole) y me sorprenden. Por eso recuerdo con estima esta película, tan bella como terrorífica, pues aborda el motivo de la licantropía de una forma inesperada y sugerente. La virgen de agosto, de Jonás Trueba (Filmin y Movistar Plus) También me gusta cuando las películas me acompañan tiempo después de la proyección, cuando me hacen pensar acerca de ellas y me llevan a otras. A modo de los cuentos filosóficos de Éric Rohmer, de forma profunda y hermosa, esta película plantea preguntas y reflexiones acerca de ese complejo asunto inherente a la existencia que es la identidad, al tiempo que mantiene vivo el recuerdo de sus referentes o influencias. Los europeos, de Víctor García León (Orange TV) Utilizando las palabras del mismo Azcona (se trata de una adaptación libre de su novela homónima), Los europeos es una película divertida sobre cosas tristes. Refleja con gracia, delicadeza y elegancia los sentimientos ambivalentes de sus personajes, su carácter iluso y a su vez conforme. Una película disfrutable, que ya es mucho.   Estoy pensando en dejarlo, de Charlie Kaufman (Netflix) Sin duda, soy de la parte del público al que le cautivó. Desde las primeras secuencias en que la pareja protagonista recorre en coche las carreteras solitarias llenas de nieve conecté con su forma aguda, desgarradora y misteriosa de reflejar la oscuridad de la vida y del mundo de hoy. Vergüenza, de Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero (Movistar Plus) Esta serie es una extensión de lo que tan bien consigue siempre Cavestany en su cine: el humor de la incomodidad. Tiene la gran virtud de hacernos reír de nosotros mismos, de situaciones que nos resultan cercanas, de nuestras tristezas y alegrías. Lejos de la pretensión de «lo serio» (qué pesadez), siempre es de agradecer el sentido del humor.7

MY MEXICAN BRETZEL, de Nuria Giménez Lorang. La construcción de «un pensamiento cinemático»

«La mentira es solo otra forma de contar la verdad». Con esta sugerente y reveladora frase comienza My Mexican Bretzel, la ópera primera de la directora Nuria Giménez Lorang, estrenada el pasado viernes en salas, después de su estreno online (en pleno confinamiento no le quedó más remedio) y su paso por varios festivales, en los que ganó distintos premios (entre ellos, el Premio del Público en el D’A Film Festival, los premios a Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Guion en el de Gijón o el Premio Found Footage en el de Rotterdam). Esa frase inicial, además de la posibilidad de sugerir significados distintos para cada espectador, revela la esencia o la idea en la que se basa la película. Pues a partir de la utilización de imágenes de archivo pertenecientes a su propio abuelo suizo y la escritura de sus pensamientos y figuraciones, a modo de «falso documental», melodrama y diario íntimo, tomando rasgos de cada una de estas formas o siendo todas ellas a la vez de manera transgresiva, Lorang construye un relato ficticio en el que crea un  sugestivo juego y reflexión sobre la ambigüedad entre lo imaginado, lo posible (lo que podría haber sido y no ha sido), lo onírico y lo real, y, en el que se mezclan y dialogan el lenguaje cinematográfico y el literario. A través de la proyección de esas imágenes ya filmadas años atrás y la traslación a la pantalla a modo de subtítulos de lo que se nos presenta como pasajes de un diario personal, la película narra una parte de la vida de Vivian Barrett, una mujer de clase acomodada entre los años 40 y 60 del siglo XX, su mundo exterior e interior, los fragmentos de vida con su marido León, sus viajes juntos y también su intimidad, sus propios pensamientos, reflexiones, sentimientos, sueños y secretos. En el caso de esta película, me interesa tanto lo que cuenta como su forma de hacerlo. Durante todo el metraje no escuchamos los diálogos entre los personajes, sabemos lo que ocurre por lo que vemos y lo que aparece escrito en los subtítulos. De ese modo, los silencios, además de darle fuerza y peso a los fragmentos de sonido que aparecen en ciertas secuencias, abren un espacio para la imaginación del espectador, permiten la fusión de sensaciones distintas que pueden provocar el cine y la literatura, el efecto de intensidad, placer estético o la emoción que puede provocar la visión de imágenes en la pantalla y el libre curso a la figuración que posibilita la soledad con los textos. En algunas secuencias, en las imágenes observamos a una Vivian en apariencia feliz, sonríe a cámara cuando su marido la filma, viajan y parecen pasárselo bien, disfrutan de la vida de placer que pueden permitirse, pero, en cambio, sus palabras no dicen lo mismo, quizá al mismo tiempo, en sus confesiones nos está revelando sus miedos, arrepentimientos, desilusiones, tormentos, pesadillas o angustias, o quizá no, y nos dice que se siente libre, sin ataduras, que no se arrepiente de lo que supuestamente debería de hacerlo, o todo a la vez, sus pulsiones de vida y muerte, y, así, a través de ese diálogo entre las posibilidades de la imagen y la escritura la película nos habla con sutileza y elegancia de las contrariedades humanas, de ese conflicto inherente a la existencia entre lo exterior y lo interior, lo revelado y lo oculto, lo que percibimos y el lado en sombras de las cosas. Desconozco si habrán sido una influencia (las referencias o inspiraciones personales a veces son todo un misterio), pero la sensibilidad y la belleza de My Mexican Bretzel, la forma emocionante, lucida, sentida, viva y al tiempo sobria de narrar de Nuria Giménez Lorang me recuerda a la literatura de Lucia Berlin y al cine de Mia Hansen-Løve, cada una a su manera. Pues, a mi modo de ver, Giménez Lorang consigue crear algo no muy distinto a lo que Hansen-Løve se refirió como «un pensamiento cinemático» (o mi interpretación de este). Desde la libertad creativa, a través de distintos lenguajes crear un idioma propio para la narración de su película, en la que logra expresar con viveza emocional la conciencia e intimidad de un personaje y sus vínculos con su entorno, y, con ello, la construcción de un diálogo acerca del mismo cine y la escritura, sus dimensiones, posibilidades y relaciones con la vida.