Cartelera Turia

AZAFATAS Y DEPORTE PROFESIONAL

Hace aproximadamente un año aludí a este mismo asunto en estas páginas. Entonces, la organización de una prueba ciclista en Australia había decidido prescindir de las azafatas en sus metas y podios, lo que causó un cierto revuelo. Un año después la Fórmula Uno, una competición mucho más mediática que aquella, ha adoptado la misma medida de cara a la temporada que ahora comienza, mientras que el mundial de motociclismo continuará con la presencia de mujeres con parasoles junto a los pilotos en las parrillas de salida. La polémica está servida en tiempos en los que los estereotipos configurados en torno a la mujer generan cada vez más debate. Buena parte de la sociedad entiende que la presencia de azafatas, casi siempre jóvenes, guapas y sin demasiada ropa, contribuye a la cosificación femenina en una sociedad en la que ha comenzado la lucha contra el lenguaje machista con batallas casi siempre razonables, aunque en ocasiones ridículas, con las portavozas y las miembras como botón de muestra de propuestas poco afortunadas. Negar la mayor, es decir, las posiciones machistas, la violencia de género y los casos de las muertes que cada año se producen, sería una frivolidad. Negar los avances hacia la igualdad, por largo que sea el camino que quede por recorrer, sería otra. Además, hay que reconocer que el mundo del deporte es el que más progreso ofrece en este terreno. Otra cuestión es si las azafatas son una necesidad sustancial o tan solo una parte del ornato que lo rodea, sin olvidar que en esa parte ornamental, en la que aparecen más mujeres que hombres, hay chicas que viven más que dignamente de su belleza, cualidad cuya explotación es tan legítima como la de la inteligencia, la osadía, la simpatía o las habilidades innatas necesarias para practicar cualquier deporte al máximo nivel. ¿Son prescindibles las azafatas en las carreras de coches, motos o bicicletas? Por supuesto que sí. ¿Resulta imprescindible excluirlas? Por supuesto que no. ¿Hace falta que en un torneo de tenis en noches frías vayan con minifalda y los hombros al aire? Por supuesto que tampoco. La Fórmula Uno ha decidido sustituir las azafatas por niños. ¿Por qué esta idea, peregrina donde las haya, no ha generado controversia cuando bien sabido es que la Ley no permite la aparición de fotografías de menores en los medios de comunicación? En cualquier caso, los tiempos que corren son pendulares. Ha habido  momentos no muy lejanos en los que la mujer no salía de la cocina más que para pasar por la cama. El premio por su dedicación, cariño y amor maternal era una lavadora, una plancha o un perfume regalado por el macho protector. Tampoco ha desaparecido por completo la prostitución, velada o no, en el entorno de ciertas pruebas deportivas. Estos ejemplos y algunos otros han propiciado posturas más o menos radicales que olvidan, por ejemplo, que a día de hoy, la de azafata es una profesión reconocida, que las mujeres la desarrollan por propia elección y que a partir de ahora muchas de ellas van ver lastradas sus oportunidades laborales en una actividad que para unos resulta humillante y para otros completamente digna. Insisto, los derechos de la mujer todavía no están suficientemente reconocidos, pero si hay un ámbito en el que han crecido exponencialmente ese es el del deporte femenino. El auge del fútbol femenino es una prueba de ello, las medallas conseguidas por las españolas en los Juegos Olímpicos más recientes, otra. Situaciones impensables a principios de este siglo son ahora habituales y la presencia creciente de árbitras de fútbol o de rugby, así como la de mujeres que pilotan coches o motos al más alto nivel en un circuito o un rally, son buena prueba de ello. Hay un avance hacia la paridad que deja atrás los tópicos que convertían en floreros incluso a las deportistas de elite. Puesto a elegir, prefiero a las azafatas y los azafatos antes que a las sonrojantes cheerleaders (animadoras según los traductores de Google) importadas de la parte más rancia del deporte anglosajón. Mucho peor es, aunque por suerte poco tengan que ver con el deporte, lo de las majorettes, esas jóvenes que desfilan con aplomo y determinación y con un atuendo paramilitar, minifalda, botas altas y un fustigador bastón en las manos. Acepto azafatas y azafatos, pero espero que nunca haya majorettos. Alfonso Gil

EN SALVAJE COMPAÑÍA – LA FOTO

  SUSANA FORTES: Hace algunos años me sumergí hasta el tuétano en los huesos de esa mujer. Había algo en ella que lo explicaba todo. Daba esperanza. Daba miedo Tenía el pelo corto, los ojos grandes, los huesos gráciles.  Era real. Durante muchos meses me dedique a seguirle el rastro. Necesitaba saberlo todo de ella: la talla de sus zapatos, su manera de depilarse las cejas, de leer los periódicos, de ponerse el abrigo antes de salir de casa… Logré entrar en el núcleo original de sus miedos infantiles, aprendí a oír el rumor de sus pensamientos, entré a saco en sus emociones más íntimas sin el menor miramiento. Sé a quién odió, sé a quién amó. Sé qué pensaba del mundo, de los hombres, de la vida. La perseguí, la psicoanalicé, la interrogué, la acosé a preguntas acerca de cuándo, de cómo, de por qué. Pasé con ella horas, meses, intentando comprender. Y comprendí. Llegué a conocerla mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, mejor que a mí misma. Al fin y al cabo, ella tenía una identidad propia, una historia, mientras yo seguía -todavía sigo- buscando la mía: nuevos libros, viajes, otros  proyectos, demasiados estímulos. Pasó el tiempo. Y, en algún momento,  supongo que sencillamente la olvidé. Cuando el mes pasado vi de sopetón su foto en los periódicos se me cayó al suelo la taza del desayuno. Era ella. De eso no tenía la menor duda. Reconocería su mandíbula, con una pequeña cicatriz, entre un millón. En la imagen se ve a un doctor zurdo, con cierto aire a Gary Cooper, limpiándole la sangre seca de la nariz. La subió a tweeter Johnn Kiszely, como homenaje a su padre médico que sirvió en España con Las Brigadas Internacionales. Al momento empezó a recibir miles de mensajes en español alertando sobre la posibilidad de que la mujer atendida por su padre fuera la fotoperiodista Gerda Taro. De ahí la foto pasó a las páginas de The Guardian y  al resto de los periódicos del mundo. Me preguntaron con que probabilidad consideraba que podía tratarse de Gerda Taro. Al 99,9%, dije. Me equivoqué por una décima. Los investigadores no lo tenían claro porque había una anotación que no encajaba con la fecha exacta de su muerte y la localización en Torrelodones se alejaba unos 30 Kms. del hospital de El Escorial, donde  murió. Pero daba igual: una rosa, es una rosa, es una rosa… Cuando los datos cuestionan una certeza íntima. Hay que indagar en los datos. Y en efecto, el delantal del Dr. Kiszely no es  propio de un quirófano sino más bien de una morgue. Gerda Taro ya estaba muerta en la foto. La localización más exacta es el depósito de la finca del Tomillar a donde probablemente llevaron cadáver para prepararlo para el velatorio en la Alianza de Escritores Antifascistas. Recordé la dedicatoria de Robert Capa: “A Gerda Taro que pasó un año en el frente de España, y se quedó”. Pensé en la Historia y en las novelas y en el viento extraño que las empuja.  

FAM DE FEM – ¡NINA, NINA, NINA!

CASTO ESCÓPICO: Como las personas mayores vivimos de los recuerdos y de conseguir recordar las pastillas que debemos tomar antes o después de cada comida, me permitirán ustedes que rinda sentido homenaje nostálgico a Marie Louise Hartman, más conocida por el nombre artístico  de Nina Hartley en el siempre turbulento mundo del porno. Nacida en 1959 en Berkeley (California), en el seno de una familia judía de ideas progresistas, la señora Hartley es actualmente la actriz más veterana  del circuito X norteamericano, no sólo porque  lleva en activo desde 1984, con más de 650 películas y 1200 escenas acreditadas, sino también porque podrá soplar sin esfuerzo las 59 velitas de su tarta de cumpleaños el próximo 11 de marzo. Protagonista, directora y productora de centenares de videos de BDSM  y de didáctica sexual; actriz de reparto en Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson, y autora del instructivo  libro “Guía del  sexo total” (Melusina, 2016), doña Nina fue pionera en  la reivindicación de los controles sanitarios obligatorios y del uso de preservativo en su oficio, pero también ha sido una de las más firmes defensoras del derecho a existir de la industria X en Estados Unidos. Asimismo, es una activa militante del sex positive feminist o movimiento feminista sexual, como lo ha demostrado en centenares de debates y entrevistas para televisión, libros, revistas y documentales de cine. En su filmografía de la última década, destaca su afilada interpretación cómica de Hillary Clinton en varias parodias X, desde Who’s Nailin’ Paylin? (2008) hasta la más reciente serie episódica sobre Donald Trump para la web porningtonpost.com. Conviene señalar que en las catastróficas elecciones norteamericanas de 2016, Hartley apoyó a la señora Clinton, pero sólo después de que su candidato preferido, el radical Bernie Sanders, fuese derrotado en las primarias demócratas. Este singular perfil ideológico y humano podría explicarse por los orígenes de la actriz. Nina nació y se crió en Berkeley, una ciudad en la bahía de San Francisco conocida fundamentalmente por su universidad, que fue campo de batalla de incendiarias protestas estudiantiles y paraíso del amor libre en los sesenta. Nina también era hija de militantes comunistas reconvertidos luego al budismo que vivieron el estallido lisérgico y orgiástico de la cultura hippie californiana. De hecho, empezó como stripper en el mítico teatro O’Farrell de los hermanos Jim y Artie Mitchell, los desnortados directores del clásico de la contracultura Detrás de la puerta verde (1972). Como detalle significativo de su vida privada,  Nina formó parte de un trío sentimental estable durante casi veinte años (1981-2000). Con el consentimiento de los otros dos lados de su triángulo amoroso, debutó en el  porno en 1984 en Educating Nina, dirigida por la también actriz Juliet Anderson. Cuando el triángulo dejó de ser equilátero para convertirse en isósceles, abandonó la relación para luego casarse con el productor y director judío Ira Levine, más conocido en el X como Ernst Green. Con su insólito y duradero ménage à trois, Nina  puede considerarse como precursora de ese fenómeno conocido ahora como “poliamor”, cuya más señalada predicadora en nuestro país parece ser la sin par Lucía Etxebarria, iluminada copista y escritora todoterreno 4×4. Como la rabiosa actualidad colapsa el funcionamiento de mis envejecidas conexiones neuronales, permítanme que retorne al pasado vaporoso y recuerde cómo conocí a la señora Hartley la noche del miércoles 15 de mayo de 1996 en la muy hortera discoteca del Hotel Royal Casino de la localidad francesa de Mandelieu, durante la celebración de los premios Hot d’Or, que organizaba la ya desaparecida revista francesa “Hot Video”, como un evento paralelo a la celebración del Festival de Cannes.  A decir verdad, en vez de mantener un diálogo sosegado sobre su fascinante trayectoria profesional y su peculiar forma de entender el feminismo, me abalancé como un joven chimpancé sobre Nina nada más verle en la pista de baile. Mi intención era pedirle que alguien nos hiciera la tradicional foto de recuerdo que solían exigir los siempre erectos fundamentalistas de Onán a las estrellas y los meteoritos del cine X, mucho antes de la invención del irritante selfie. Con alegría chispeante, Nina no sólo se dejó hacer fotos con una cámara desechable de flash cegador; también soportó con entereza cinco minutos de mis desvaríos discursivos en inglés etílico, no le importó demasiado que le derramara parte de mi cerveza sobre su traje de noche e incluso intentó seguir mis erráticos pasos de baile al son tropical de “María” de Ricky Martin. Y luego me fui a darle la tabarra a la neumática Carolyn Monroe. Ahora que ya no soy un joven chimpancé, sino un orangután viejo y desdentado que se alimenta de sopas y papillas, no puedo más que recordar los luminosos ojos azules y la sonrisa irónica de la que sigue siendo una de las grandes intérpretes del cine porno: la inteligente, combativa y siempre juvenil Nina Hartley. ¡Brindemos por ella con una taza bien caliente de caldo de pollo!  

BERLINALE 2018 – CÓMO SER ÓSCAR PEYROU

Los días de Berlinale llegan a su fin y la Turia ya ha vuelto a la calle Milagro, desde donde escribo estas líneas.  El cansancio no ha podido conmigo y he sido fiel a cada una de las películas de Sección Oficial que se presentaban durante los últimos días. Aunque la decepción iba in crescendo, solo nos alegraron las últimas horas en Berlín un par de producciones; diferentes al resto y diferentes entre sí. Me refiero a la española Searching for Óscar, y a la rumana Touch me not. En la Berlinale tengo la sensación de que hay días temáticos. Como comentaba en anteriores artículos, hubo sesiones de historia contemporánea gracias a algunos filmes. Tambien hubo jornadas de historias de personajes reales o biopics. Y mi penúltimo día en Alemania se cerró con dos películas decepcionantes, prometían una cosa y nos ofrecían otra. Decepcionó en general la alemana (eternamente larga) de My brother’s name is Robert and he is an idiot, y la esperada última azaña de Soderbergh, Unsane (fuera de competición). De esta última, con su aspecto de telefilme barato (fue rodada durante solo siete días con un iPhone), apenas se puede destacar el gran trabajo de la actriz protagonista, Claire Foy, pues la película deriva en una especie de psico thriller cuyo guion, que juega a la realidad y la ficción que deriva de la locura, no se sustenta hasta tal punto que provocó más de una carcajada en la sala. Incluso se ha llegado a comentar de que es un plagio de un relato de García Márquez, «Solo vine a hablar por telefono». Hilando fino. Un valenciano en la Semana de la Crítica El título de esta crónica viene al caso por la única película española que vi en Berlín, incluida en la Semana de la Crítica. Ya comenté que intentaría no perderme el documental Searching for Óscar, que dirige el canario Octavio Guerra y protagoniza el crítico-personaje Óscar Peyrou. Fuimos al pase en unos cines alternativos de la ciudad, con una sala bastante repleta y cuya proyección tuvo un coloquio posterior. Como decía, este divertido documental explora la figura del Peyrou, periodista argentino que muchos conocemos ya que reside en Valencia y es el delegado de FIPRESCI en Madrid. Searching for Óscar «destapa» con humor y mucho descaro ese ya-no-tan mito de que los críticos de cine no ven la películas que luego comentan, y que muchos van a los festivales de turismo y buffet libre. Peyrou, con su peculiar caracter y aspecto de hombre  sereno -aunque seguramente haya mucho de ficción-, es tan peculiar que no pude evitar acordarme de cuando Woody Allen rodó una película siendo un director ciego en «Un final madre in Hollywood»; y más aún cuando conocemos que Óscar tampoco ve demasiado. Una vida cómoda de viajes a festivales internacionales que tienen lugar en lugares exóticos, en los que Óscar apenas pisa las salas, pues segura que él hace la crítica solo con ver el cartel. Pone de manifiesto que eso  -en realidad- sí puede hacerse, y para muestra un botón. De alguna manera, esta desfachatez con la que el periodista reconoce no pegar palo al agua en los certámenes podría sentar mal a algunos e incluso se juega alguna futura invitación a los que aparecen, pero la película está hecha con humor, sorna y mucho cariño, así que logra que se le perdone. Del hombre al mito. Le vemos, maleta en mano, pasearse por las calles de Donosti, Chicago, Las Palmas, y también Valencia, con algunas secuencias finales como invitado en el Cinema Jove de 2016. Si bien es cierto que le discurso se agota hacia el final -la película podría haber sido perfectamente un mediometraje-, pues la comicidad del comienzo se diluye cuando si conocemos el personaje y el espectador ya sabe de antemano lo que el protagonista va a decir o cómo va a reaccionar. Además de conocer la figura de Peyrou, el documental habla también de la profesión de crítico -para bien y para mal-, de la objetividad del periodismo y tambien de la soledad de una vida que consiste en ir de un lado a otro, sin apenas parar por casa. Para los más cinéfilos y aficionados a los festivales de cine. Creo que incluso el protagonista se quedó a verla hasta el final.   Aunque parezca un documental, y no lo es, Touch me not fue una grata sorpresa en la Sección Oficial. Una rareza magnífica que dirige una joven Adina Pintilie. Nos presenta a una mujer madura en una especie de terapia personal, en la que relata a cámara sus fobias, sus complejos y sus avances en el tratamiento. Tras esa cámara estamos nosotros y su directora, quien también aparece en el film. Touch me not es desgarradora, dura y en cierto modo tierna, y está narrada sin complejos, paradójicamente. Habla -y muestra- sexo y carne sin tapujos, cuerpos desnudos -bellos y tonificados, deformes, viejos, cuerpos extraños…-. Un intenso viaje a la intimidad, a la esencia del ser humano -y a su piel-, que pone de manifiesto la fragilidad del mismo, y a su vez la fortaleza a la hora de superar nuestros miedos y aceptar nuestra sexualidad. Una apuesta compleja en la Oficial de la Berlinale, que no dejará a nadie indiferente.   Laura Pérez Gómez

8 DE MARZO: UNA FECHA CARGADA DE SIGNIFICADO PARA LAS MUJERES

MILA BELINCHÓN: Esta no es una fecha tomada al azar para convocar una huelga ni su celebración es algo de ayer, por mucho que todavía produzca sorpresa el alcance que ha tenido el llamamiento. Hay que remontarse a los primeros años del siglo XX para comprobar la instauración del día Internacional de la Mujer Trabajadora, en aquel momento expresado en singular, como si en el mismo término no pudieran tener cabida la diversidad de situaciones y la pluralidad de individualidades. La elección de este día y de esta fecha no es indiferente a las condiciones de vida y de trabajo impuestas a las trabajadoras por la revolución industrial. Y no sólo por los bajos salarios establecidos para todos los trabajadores, sino por la diferencia que existían con el que percibían los varones. La precariedad laboral no era un asunto menor, pero tampoco el único. La ley y el orden de los Estados Liberales establecían la riqueza como base para determinar la capacidad política de las personas. La aplicación de esta norma excluía de los derechos políticos y de ciudadanía, que disfrutaban los privilegiados, a todos los trabajadores, fueran varones o mujeres. Pero por alguna razón no escrita, las mujeres burguesas tampoco podían ejercer su derecho al voto, ni el de asociación o de reunión, que sólo estaban reservados para los burgueses. A pesar de las restricciones y de las dificultades que encontraron por el camino, las mujeres y el proletariado crearon organizaciones propias desde las que presionaron para cambiar el sistema capitalista y las reglas de juego del sistema liberal. Y es que, a pesar de lo que mantengan las diputadas de Ciudadanos, Inés Arrimada y Patricia Reyes, el capitalismo es profundamente injusto y el sistema político liberal clasista y segregador. No se rasguen las vestiduras, señoras diputadas. Es preciso situarse en 1848 para asistir al surgimiento del movimiento sufragista y del movimiento obrero, que caminaron a la vez sin que terminaran de entenderse hasta fechas posteriores. El primero tuvo lugar en Estados Unidos con la Declaración de Séneca Falls y en la misma fecha se publicó en Europa el Manifiesto Comunista de K. Marx, considerado el documento fundacional del movimiento obrero. El logro de las reivindicaciones de las mujeres fue un proceso lento y lleno de obstáculos. Las leyes sociales y el reconocimiento de derechos políticos que promulgaron algunos gobiernos a finales del siglo XIX, no alcanzaron a las mujeres trabajadoras ni a las burguesas, que fueron excluidas de nuevo del derecho al sufragio. Esta es la razón por la que Clara Zetkin, dirigente del movimiento alemán de mujeres socialistas, propuso la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague en 1910, en un contexto de gran transformación social y política en el mundo. Las crónicas señalan el año 1911 como la fecha de la primera celebración del día Internacional de la Mujer, con una participación pública de más de un millón de mujeres de diversos países para reivindicar el derecho al voto, el derecho a ocupar cargos públicos y el fin de la discriminación en el trabajo. Durante la Primera Guerra Mundial se suspendió la conmemoración de este día, hasta que en 1917 en el marco de la Revolución Rusa, se recuperó la fecha del 8 de Marzo para recordar las mejoras que la revolución había introducido en el estatus de las mujeres. Acabada la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas creó un nuevo marco institucional, que animaba a participar a las mujeres de todos los países para garantizar el reconocimiento de sus derechos en el nuevo orden internacional. En 1975, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el Año Internacional de las Mujeres, lo que permitió situar la lucha por la igualdad de las mujeres en el contexto de la amplia lucha por el desarrollo económico y social y por la paz internacional. Nadie puede negar que durante el último siglo los derechos de las mujeres se han ampliado considerablemente, gracias a las actuaciones colectivas e individuales de mujeres de cualquier latitud y diferente condición social e identitaria. Pero sería injusto no reconocer la pervivencia de múltiples situaciones de marginación y exclusión de las mujeres en diferentes campos. El trabajo doméstico es uno de ellos, a pesar de su importancia en la reproducción y los cuidados. El hecho de que sean actividades atribuidas generalmente a las mujeres, podría interpretarse como la causa de su escasa consideración y valoración social. Si estos trabajos se realizan fuera del ámbito del hogar, aparecen devaluados y, por tanto, peor remunerados o alimentando la economía sumergida. Y si las actividades se realizan dentro del mismo, se computan como gratuitas y no contabilizadas en las cuentas del PIB u otros marcadores económicos, con independencia del número de horas empleadas en su realización. La brecha salarial entre hombres y mujeres persiste todavía. Y si nos referimos a la educación, no parece presentable que en el siglo XXI se relegue hasta la invisibilidad el papel de las mujeres a lo largo de la historia. Filósofas, escritoras, pintoras o científicas, se merecen un lugar en el saber académico que se imparte actualmente en las aulas, si queremos un mundo más justo. Queda mucho camino por recorrer hasta corregir las desigualdades existentes en la sociedad. Por ello se convoca la huelga a escala mundial en una fecha cargada de significado histórico para las mujeres.

BERLINALE 2018 – PRIMERAS JORNADAS

LAURA PÉREZ: La Berlinale de este año nos recibe más soleada que de costumbre, y eso es muy de agradecer. No sufrimos ni tan siquiera las mañanas gélidas que recuerdo allá por el 2016, en las que no veíamos el sol, pero eso no quita las ganas de entrar al Berlinale Palast diariamente a disfrutar de las sesiones matinales. Como cada festival, y más de esta categoría, la agenda diaria de un periodista es como una maratón de películas, que apenas te permite pasar un rato por zona de prensa, un breve descanso o pasear por la ciudad. El ambiente de Berlín es siempre muy agradable. No se forman marabuntas de público y periodistas a la entrada de las sesiones, como he llegado a ver en Cannes, pero sí que goza de buena asistencia y localidades llenas en cada pase de prensa. Además, la Berlinale no se caracteriza precisamente por ser un festival que apuesta por un sello de glamour, ni abusa de la alfombra roja -las inmediaciones de la zona del festival carecen bastante de glamour, todo sea dicho-, ni se focaliza en traer a grandes estrellas como norma habitual. Si bien es cierto, hoy mismo hemos podido ver por aquí al cineasta americano Gus Van Sant, ya que salimos de ver la proyección de ‘Don’t Worry, He Won’t Get Far On Foot’, película protagonizada por un magnífico Joaquin Phoenix, a quien he bautizado personalmente como nuestro Bardem americano. El filme es un divertido biopic sobre el viñetista John Callahan, quien tras un accidente de coche se quedó paralítico y comenzó a dibujar  tiras cómicas en el periódico, pese a su parálisis en gran parte de su cuerpo. Comento esta producción porque es la última que he podido ver en esta jornada de martes que se presenta intensa, como es habitual. Destacaría sin embargo otras películas que me han parecido interesantes y que comentaré de manera más extensa en la crónica de esta semana, como son Mia Filglia, de la directora italiana Laura Bispuri y la impactante U – July 22, del noruego Erik Poppe. El primero es un relato sobre la maternidad, el amor a la familia y como muchas veces errores del pasado te pueden llegar a marcar de por vida. El segundo narra la historia real del atentado que tuvo lugar en Noruega durante el verano de 2011. Ocurrió una explosión en la capital del país, pero minutos más tarde se llevaba a cabo una masacre en una isla cercana donde un extremista disparó sin contemplaciones contra un grupo numeroso de jóvenes que veraneaban en un campamento. Una cruda historia muy bien contada a través de la experiencia personal de la joven protagonista, rodada en un solo plano secuencia de 90  angustiantes minutos. Pero no solo de películas vives en un festival como éste. Ayer por la tarde se presentó en el mercado europeo la nueva plataforma web de la Spanish Film Commision. Con el apoyo del ICEX, los organizadores de la presentación nos invitaron a conocer las novedades de esta nueva web titulada Shooting in Spain, que trata de favorecer los rodajes de producciones extranjeras en nuestro país, así como facilitar tramites y especialmente exponer las ventajas que España ofrece en cuanto a localizaciones diversas, buen clima, y todo tipo de paisaje de norte a sur de la península, sin olvidar Canarias y Baleares. Aquí os dejamos un enlace de la web. http://www.shootinginspain.info/ El certamen alemán continúa sin pausa y, pese a que apenas nos quedan dos días en la ciudad, aprovecharemos al máximo lo que nos ofrece la Sección Oficial a concurso y algún pase especial que no hay que perderse. Mañana no faltaremos al pase de la última de Soderbergh, Unsane, ni tampoco a la alemana My brother’s name is Robert and he is an idiot, de Philip Groning. Hoy sin embargo, se presenta el único film español que participa en la Semana de la Crítica, Searching for Oscar, con el crítico de cine afincado en Valencia, Oscar Peyrou, y dirigido por Octavio Guerra. Ya os lo contaremos todo, pues la cosa promete. Laura Pérez

EDITORIAL: CARROÑEROS DE LA POLÍTICA

TURIA: La rivalidad que en los últimos tiempos está viviendo la derecha española, con la pugna entre PP y Cs por ocupar ese espectro electoral, está teniendo manifestaciones preocupantes. Si primero fue la promoción del ultranacionalismo españolista del “a por ellos” como respuesta al soberanismo catalán, ahora le toca el turno a la defensa de la cadena perpetua que vienen haciendo los populares como reacción a la supuesta alarma social desatada por la existencia de determinados crímenes execrables. La demagogia y el oportunismo más burdo resultan en este caso tan evidentes que el PP, en su resistencia a ceder posiciones al partido de Rivera, ni siquiera se molesta en disimularlo. Que este partido anunciara a bombo y platillo su propuesta de ampliar los casos para la aplicación de la prisión permanente revisable (como eufemísticamente denominan a la cadena perpetua), mientras el presidente de la Xunta de Galicia se rodeaba con los padres de Marí Luz Cortés y Diana Quer y el mismísimo Mariano Rajoy se parapetase tras los familiares de Marta del Castillo y Sandra Palo, deja bien a las claras la catadura ética de una formación política que no duda en aprovechar el dolor de las víctimas para buscar réditos electorales.Esta figura fue incluida por primera vez en el Código Penal en 2015 y pretendía castigar crímenes especialmente graves como los terroristas, las agresiones sexuales que desembocaban en el asesinato o aquellos cometidos contra víctimas especialmente indefensas, como los menores de edad. Ahora el PP pretende ampliar su aplicación para aquellos casos en que el asesino oculte el cadáver de su víctima, el crimen sea fruto de un secuestro o en los hechos que hayan utilizado fuego o productos químicos o nucleares. Lo hace sabiendo que la inmensa mayoría de juristas consideran injustificada la medida con los niveles de criminalidad españoles, inferiores a países donde está vigente la cadena perpetua, además de cuestionar la constitucionalidad de la medida al chocar con el principio de reinserción fijado por la Constitución. Lo hace a pesar de que el resto de partidos está en contra. Lo hace, sobre todo, consciente de la inutilidad de la cadena perpetua encubierta para los fines que dice perseguir: en tres años de vigencia la prisión permanente se ha aplicado solo a un único caso y su supuesto carácter preventivo ha sido incapaz de evitar crímenes como el de Diana Quer, a cuyo calor mediático el PP rescató su iniciativa. O los atentados de Barcelona, pese a que la prisión permanente se aprobó al calor del pacto anti yihadista. Por ello la ampliación propuesta ahora por el gobierno solo puede interpretarse como una desesperada deriva conservadora para contrarrestar el auge del Cs. Populismo al servicio de una concepción carroñera de la política. Nauseabundo.

LOS RESQUICIOS DE VALENCIA

Rescatamos un interesante artículo de Alfonso Gil en su sección El miedo del guardameta ante el penalti, publicado en Turia hace alguna semanas. El fútbol se puede vivir de muchas formas, por ejemplo a partir de la memoria. Así, tendríamos por un lado el fútbol que hemos visto y vivido y, por otro, el anterior, el que hemos leído o nos han contado. Otro modo de impregnarnos de lo que supone un club o un partido concreto pasa por la televisión. Por eso también hay un fútbol que podemos repasar si contamos  con imágenes para ello y otro que nos llega tan solo a través del texto y como mucho las fotos. Creo que Paco Lloret (Valencia, 1960), experimentado periodista de prensa, radio y televisión, ha tenido claro lo que nos aporta la memoria, lo que nos deja el relato y lo que nos llega gracias a la imagen para agrupar los artículos semanales publicados en los tres últimos años en su último libro, Bronco y copero, editado por Àrbena. Los artículos se han publicado en Las Provincias y son todos los que están, aunque no están todos los que son. Sin interpretar intencionalidades ajenas, el libro es un repaso por los resquicios del Valencia. Contada está la historia del club, analizados sus principales personajes y dejada la oportuna constancia de los títulos y momentos mágicos, Paco ha tratado, cual extremo veloz y habilidoso, de internarse cada sábado por los pequeños resquicios de la historia del Valencia para contarnos pequeños detalles de un partido, un jugador, un gol o un técnico. El encuentro del domingo o el hecho más destacable del momento se convierten en la excusa perfecta para rescatar el detalle, la anécdota, lo que no se sabía o estaba mal contado y hacer pasar el lector por un túnel del tiempo (nombre de la sección periodística en la que agrupa sus textos) que ha devenido en bronco y copero por idea de otro gran escritor del valencianismo, Rafa Lahuerta, que le sugirió el título. Para Lloret, tal y como indica en la introducción de su libro, el Valencia “ha generado un relato más poderoso y relevante de lo que muchos piensan”, por lo que el texto pretende que el lector descubra “algunas historias que el paso del tiempo y la imparable voracidad informativa consumieron hasta apenas dejar rastro”.Todas estas historias fueron presentadas por el primer presidente de la Fundación Valencia CF, Juan Martín Queralt, y los periodistas Pablo Salazar y Héctor Esteban en el marco del Aula Las Provincias con un debate sobre el pasado y el presente, sobre un modelo de club que ya no volverá y sobre la necesidad de mantener la llama del valencianismo con textos como los que nos ofrece el autor. En el prólogo, Salazar une el humor al describir la gran memoria de Lloret, clave a la hora de dar detalles en cada uno de los artículos, con el matiz de la razón de ser última de este tipo de textos. Por eso habla de “un viaje sentimental por la historia del Valencia, una sucesión de vivencias, acontecimientos, anécdotas, personajes, momentos épicos, recuerdos a veces dramáticos, éxitos y fracasos”. Se trata de una prueba, tal y como afirma el prologuista, de que “el mundo del fútbol no debe estar reñido con la inteligencia y la cultura”. Sin ser un libro gráfico, las fotos que presenta ofrecen una aportación interesante con especial mención a la de la portada en la que se ve una imagen de la primera visita de Alfredo di Stéfano a Mestalla. Era el 19 de marzo de 1952. El entonces jugador del Millonarios de Bogotá está acompañado por un histórico del Valencia, Paco Sendra, que aquel día debutaba en el equipo. La publicación supone una nueva aportación a la literatura sobre el Valencia. Sería injusto decir que a este club le faltan libros. No es cierto, los tiene y, además, con enfoques múltiples que van desde las historias convencionales y cronológicas hasta los textos de carácter intimista después de pasar por los que analizan aspectos monográficos, la incursión por los resquicios que ha encontrado ahora Paco o los análisis específicos de determinadas etapas. Jaime Hernández Perpiñá, Enrique Miquel, José Ricardo March, Rafa Lahuerta, Miquel Nadal, Paco Gisbert, Luis Furió o Conrado Valle son algunos, no todos, de los que han encontrado un hueco para escribir del Valencia. Al club siempre le faltará literatura porque su historia da para lo publicado y para mucho más, pero con aportaciones como las ya realizadas, con internadas como la de Paco por el túnel del tiempo de un equipo bronco y copero se da un paso más para mantener la esencia del club en la memoria colectiva de los que lo quieren. Alfonso Gil

BABYLON BERLIN

JAVIER VALENZUELA: Hay ciudades que son un perfecto escenario noir en un determinado momento de su historia, ese momento que las desnuda de su ropaje oficial y nos las muestra desnudas. Horribles y hermosas. Duras y libertinas. Corruptas y salvadoras. Tiernas y violentas. Refugios y cárceles. Muy suyas y muy de todos. La Habana en los últimos días de Batista, Tánger durante la Segunda Guerra Mundial, Berlín bajo la República de Weimar… Nunca me cansaré de visitar el Berlín de finales de los años 1920 y comienzos de los años 1930. Una ciudad rica, hermosa y vanguardista repleta de pobres, desesperados y extremistas. Un lugar donde son posibles algunas virtudes y, aún más, todos los vicios. Un puchero en ebullición a punto de reventar por los cuatro costados. La visité en mi juventud en Cabaret, un musical dirigida por Bob Fosse e interpretado por Liza Minnelli, y volví a ella, más tarde y de modo mucho más noir, con las novelas de Philip Kerr protagonizadas por el detective Bernie Gunther. Vuelvo a hacerlo ahora con la serie televisiva alemana Babylon Berlin. Basada en una trilogía novelesca de Volker Kutscher, esta serie televisiva transcurre en el año 1929, cuando Alemania tiene aún muy abiertas las heridas de su derrota en la Primera Guerra Mundial y ya está a punto de sufrir las puñaladas de la crisis económica mundial y la ascensión al poder de Adolf Hitler. Un tiempo en que su juventud –la que puede, la que no está en la miseriaintenta desfogarse bailando, drogándose y practicando todos los modos posibles -lícitos o ilícitos- de sexualidad. Un período en que los obesos gobernantes del régimen de Weimar se ven gangrenados por su propia corrupción. Una época en que los revolucionarios de izquierda y los contrarrevolucionarios de ultraderecha se pelean encarnizadamente por el control de la calle. Un momento absolutamente negro. Los protagonistas de Babylon Berlin están muy bien pintados. Gereon Rath es un joven inspector de Policía llegado a Berlín desde Colonia para intentar resolver un caso de chantaje sexual, un católico atormentado que viola no pocos de los Diez Mandamientos. Charlotte Ritter -soberbiamente interpretada por Lisa Liv Fries– es una muchacha proletaria y bohemia, tan egoísta como buena samaritana, que se busca la vida como puta, mecanógrafa y auxiliar de la Policía. Los dos husmean la ciudad rodeados de un variado elenco de comisarios sinvergüenzas, soñadores trotskistas, matones estalinistas, conspiradore nazis y artistas iconoclastas. Berlín era una fiesta en 1929. También un pozo de mierda como aquel en el que cae el violista ruso en uno de los primeros capítulos de esta serie. La metrópolis más palpitante de una Europa en efervescencia, una Europa que pronto se cubrirá de sangre. Con algunas inquietantes semejanzas con nuestro presente.

ME QUITO EL SOMBRERO: EDGAR ALLAN POE

JUSTO SERNA: Me leyeron por primera vez a Edgar Allan Poe cuando tenía catorce años. Y digo bien: me leyeron. Estaba en una casa de montaña sin electricidad, un chamizo abandonado en las faldas del Montcabrer. Y estaba con unos amigos y con un adulto. A falta de televisión, éste nos propuso leer en voz alta algunos relatos traducidos por Julio Cortázar. Había sombras. Reunidos en torno a una chimenea humilde, asistíamos sin saberlo a una experiencia iniciática: la lectura de los cuentos de Poe. Junto a la luz espectral del hogar y atento a todos los ruidos y murmullos de la montaña, me recuerdo sobrecogido, con pánico. Enterramientos prematuros; corazones delatores de catalépticos; casas malditas que se hunden y con ellas linajes milenarios; mesmerismo y tratos inconscientes; muertas bellísimas que hechizan y espantan; tintineo de huesos que son algo más que fantasmas; cadáveres que parecen vivos; gatos negros que son augurio; tempestades sublimes; dobles que espían y vigilan en la oscuridad; cámaras de tortura de la Inquisición con péndulos que siegan la vida. “Desde muy niño”, confiesa Julio Cortázar en una de sus páginas, “tuve que aceptar mi soledad en ese terreno ambiguo donde el miedo y la atracción morbosa componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: la lectura clandestina, a los ocho o nueve años, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Allí lo real y lo fantástico”, añade, “se fundieron en un horror, unívoco, que literalmente me enfermó durante meses y del que no me he curado jamás del todo”. Envidio a Cortázar: me leyeron a Poe a una edad muy avanzada, esos catorce años. En cambio, él pudo estremecerse personalmente cuando todavía era muy impresionable, cuando los temores infantiles podían derribarlo: el miedo al abandono, a la hostilidad y al hostigamiento, a la soledad. Pero, si lo pienso bien, envidio a quien aún no lo haya leído. Conjeturemos con el improbable caso de un joven actual que todavía no haya disfrutado del mundo mórbido de Poe. Es improbable, porque las ensoñaciones del escritor americano forman parte del aire que respiramos desde hace décadas, de las fantasías que han servido para imaginar los horrores de H. P. Lovecraft o Stephen King. De todos modos, quizá aún pueda haber un joven así, expectante, deseoso de leer los cuentos de Poe, de leerlos en la admirable traducción de Julio Cortázar, deseoso de averiguar cómo funciona lo fantástico, lo extraño o lo maravilloso. Digámoslo con Tzvetan Todorov: “En un mundo que es el nuestro”, señala, “se produce un acontecimiento imposible de explicar“. Sólo hay dos opciones: “o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos”. ¿Entonces?